Autor: Martín Descalzo, P.. 
   Grave llamada de atención de los obispos de Andalucía: el que emigra voluntariamente ejerce un derecho; el que se ve obligado a emigrar sufre la violación de un derecho anterior  :   
 "Para el capital andaluz es un deber inexcusable poner en plena explotación sus recursos y dar sentido social a sus inversiones". 
 ABC.    07/03/1973.  Página: 39-40. Páginas: 2. Párrafos: 30. 

ABC. MIÉRCOLES 7 DE MARZO DE 1973.

LA IGLESIA EN EL MUNDO DE HOY

GRAVE LLAMADA DE ATENCIÓN DE LOS OBISPOS DE ANDALUCÍA: EL QUE EMIGRA

VOLUNTARIAMENTE EJERCE UN DERECHO; EL QUE SE VE OBLIGADO A EMIGRAR SUFRE LA

VIOLACIÓN DE UN DERECHO ANTERIOR

Los catorce obispos del Sur firman un importante documento colectivo sobre los

problemas migratorios en su región

"PARA EL CAPITAL ANDALUZ ES UN DEBER ÍNEXCUSABLE PONER EN PLENA EXPLOTACIÓN SUS

RECURSOS Y DAR SENTÍDO SOCÍAL A SUS INVERSIONES"

Uno de los fenómenos más significativos para quien siga en profundidad la vida

de "la Iglesia en España es lo que podíamos llamar «el nacimiento de la

provincia eclesiástica". Los obispos han roto en los últimos años el

individualismo pastoral diocesano que era típico del preconcilio y crece por

momentos la importancia del trabajo en común: en las diócesis, obispos

residenciales y auxiliares firman juntos muchas de sus pastorales; la

Conferencia Episcopal ha tomado una importancia como jamás tuvieron las antiguas

conferencias de metropolitanos; y surge en los últimos años el trabajo común de

los obispos de una misma provincia eclesiástica. Hace un par de años los obispos

catalanes publicaron una significativa toma de posición sobre problemas

sindicales; hace meses las obispos miembros dé la provincia eclesiástica de

Oviedo firmaron juntos un importante texto sobre los problemas de la educación

en España. Ahora son los catorce obispos y los dos vicarios capitulares de las

diócesis del sur de España Quienes firman, unidos, uno de los textos sociales

más importantes publicados por prelados españoles en los últimos decenios.

El Episcopado de Andalucía —con los añadidos de Badajoz, Canarias y Murcia, que

pertenecen también a las provincias eclesiásticas de Sevilla y Granada— forma

tal vez el bloque más homogéneo dentro del Episcopado español y viene trabajando

y reuniéndose con más frecuencia que los de las restantes provincias

eclesiásticas españolas. Fruto de estos contactos fue la decisión —tomada en

mayo de 1970— de "profundizar en el estudio de la realidad social de sus

diócesis» para llevar a cabo una acción pastoral más responsable. Este documento

—que afronta eí problema de la emigración, tal vez el más grave para Andalucía—

es la primera conclusión de aquel compromiso. De su amplio texto recogemos las

ideas y párrafos más significativos.

UN MILLÓN DE ANDALUCES EMIGRADOS

La pastoral se abre con la comprobación del grave problema migratorio en

Andalucia: mientras en la última década la, población española crecía en un 11,1

por 100, la población andaluza, crecía sólo en 1,3 por 106 Dato que resulta más

llamativo si se piensa que en este mismo período de tiempo Cataluña crecía en un

30 por 100 y el País Vasco en un 32 por 1OO.

En cifras absolutas ,Andalucía tenia en estos diez años un crecimiento

vegetativo de 920.000 personas, pero al tiempo veía salir por emigración 843.000

personas. Como si hubieran emigrado en bloque las enteras provincias de Sevilla

y Almería. Si se piensa que además de emigrar, sobre todo la población, activa y

joven, se comprende lo que esto supone para una región.

¿Por qué emigran esos hombres? Los obispos responden taxativamente:

Aunque cada sector de este población desplazada presenta sus rasgos propíos, se

da un común denominador de todos ellos: salen casi siempre en busca de un puesto

de trabajo que no encuentran en su tierra de origen. Se trata, pues, de una

emigración forzada por factores que no dependen del propio emigrante.

La emigración obrera extranjera, que se presentó hacia 1955 como provisional, se

ha ido institucionalizando hasta constituir en nuestros días una de las

estructuras fundamentales para el desarrollo económico de la nueva Europa. Entre

nosotros, el III Plan de Desarrollo, que se propone el pleno empleo como

objetivo fundamental, prevé en este cuadrienio un incremento de la población

activa muy superior al de la creación de puestos de trabajo.

De todo lo dicho cabe deducir que, por ahora, no lleva visos de cerrarse el

flujo migratorio que veníamos padeciendo. Y aunque sabemos que el crecimiento

industrial ha llevada históricamente aparejado un «cambio de trabajo», con el

desplazamiento, inevitable muchas veces, del campo a la ciudad, tampoco se nos

ocultan las amenazas del urbanismo desmesurado, del nacinamiento industrial, del

deterioro del medio ambiente, de la despersonalización colectiva, que acarrea un

desarrollo sin premisas morales profundas, no siempre atento al precio humano

del bienestar.

La Iglesia reconoce y predica el derecho humano a emigrar en busca de horizontes

más amplios para el desarrollo personal y familiar. Negar ese derecho o impedir

su realización sin motivos superiores es a todas luces recusable e injusto. Pero

hacer o permitir —cuando caben otras soluciones— que ese derecho se convierta

para muchos en una necesidad equivale a violar un derecho anterior: el de vivir

donde se ha nacido. Cuando para sobrevivir no queda otra alternativa que

emigrar, la tan aireada libertad de emigración, afirman los obispos italianos,

se convierte en tapadera de la injusticia.

Entre las situaciones recusables que originan la emigración pueden señalarse una

desigual distribución de las riquezas materiales dentro de la comunidad social,

una inadecuada explotación de los recursos existentes un difícil acceso a los

bienes de la cultura. Y con carácter general, un desequilibrio entre el

crecimiento de la población y el de los recursos de una. región a la que la

Administración Central del Estado y otras fuerzas concurrentes no dieron a

tiempo y con ímpetu el impulso del desarrollo.

Por lo general, las migraciones no obedecen hoy a causas cósmicas, inevitables,

que los hombres no puedan conjurar con su voluntad y con su esfuerzo. Nada menos

cristiano que un fatalismo resignado & resentida. Las migraciones son no pocas

veces resultado, por acción u omisión, de determinados planteamientos de una

política económica. Se impone, por tanto, un juicio humano y cristiano de cada

situación para evitar que los intereses de unas personas, empresas, grupos e

incluso comunidades nacionales puedan medrar indebidamente a costa de otros.

En lo que atañe a nuestra región, nos cuesta aceptar que la emigración haya de

ser solución forzosa de nuestros problemas en una zona que si por algo

sobresale, desde las primeras culturas mediterráneas basta la presente Invasión

turística, es por ser foco de atracción y de asentamíento de sucesivas oleadas

migratorias. Por sus terrenos, su subsuelo, sus condiciones climáticas, su

emplazamiento geográfico, su litoral marítimo. su patrimonio histórico, sus

recursos humanos, el Sur de España parece ofrecer base para soluciones

verdaderamente humanas de su postración laboral y social.

Quienes tienen la responsabilidad de tomar las últimas decisiones de la política

económica que prevé como, cierta y convierta para muchos en necesaria la

emigración de grandes masas de trabajadores, no deben dejarse llevar por la

llamada «mentalidad economista», que establece como meta primordial los

resultados globales de un programado de un plan, aun a costa de alguna dé las

partes. Ni fijar, sin sopesarlo mucho en conciencia, unos ritmos de

transformación que acarreen graves distorsiones, evitables quizás con otros

enfoques.

Sin asumir competencias técnicas y ateniéndonos al sentir más común sobre el

particular, consideramos obligada y urgente la creación de puestos de trabajo en

la España meridional.

Para lograrlos en medida suficiente deben concurrir, creemos, estos factores:

a) Ante todo, las inversiones masivas de la Administración Pública que

transformen efectivamente la infraestructura económica de la región y la doten

de medios de comunicación, de instituciones educativas y de industrias básicas,

aunque no sean inicialmente rentables, que aseguren el despegue económico y la

transformación de estructuras de la sociedad.

b) Los recursos de las instituciones bancarias y de ahorro, ubicadas en nuestra

región, aplicados a la creación de riqueza y de trabajo entre nosotros,

superando los incentivos de mayor seguridad o rentabilidad que ofrezcan otras

zonas más industrializadas y, por lo mismo, no tan necesitadas. Esta orientación

tendría que ser facilitada y potenciada por el propio Estado.

c) El capital privado de la misma región para el que constituye un debate

inexcusable de su posición privilegiada poner en plena explotación sus recursos

patrimoniales y financieros con verdadero sentado social en las inversiones. Es

lo que enseña el Concilio en estas palabras: «En los países o regiones menos

desarrolladas, donde se impone el empleo urgente de todos los recursos, ponen

en grave peligro el bien común los que retienen sus riquezas improductivamente

o los que privan a su comunidad de los medios materiales y espirituales que

ésta necesita.» (8).

d) Sabré todo, no puede ni debe faltar una participación popular bien organizada

en la que los propios trabajadores, con tos ahorros de su trabajo aquí o

conseguidos en la emigración, se constituyan en artífices de la propia

promoción, creando solidariamente fuentes de riqueza o puestos de trabajo. Todas

las otras ayudas deben tender a potenciar esta, última, con gran respeto a la

dignidad de nuestros hombres y con confianza en su capacidad de resurgimiento.

No cabe duda que, dentro de los planes de desarrollo y de otros programas

oficiales, se han hecho valiosos intentos y conseguido notables logros parciales

en la línea que propugmamos.

También hay que consignar, dentro de la escasez de hombres de empresa que acusa

esta región, la existencia de empeños beneméritos en el campo de la iniciativa

privada. Sin embargo, las estadísticas migratorias siguen ahí, y mientras

nuestras gentes continúen su éxodo forzoso hacia otras regiones o países, no

pueden quedar satisfechas nuestras aspiraciones ni tranquilas nuestras

conciencias.

LA FUNCIÓN DE LA IGLESIA

La segunda parte del documento se dedica al estudio de las tareas que debe

asumir la Iglesia ante el problema migratorio y señala las siguientes:

a) Dar doctrina y crear conciencia. Misión de los cristianos es difundir

cuanto los Papas y el Concilio han dicho sobre este problema e intranquilizar

las conciencias dormidas.

b) Colaborar en la ayuda al emigrante fortaleciendo o fundando oficinas

diocesanas o parroquiales que orienten y ayuden a quienes buscan trabajo fuera.

c) Aumentar la atención pastoral con sacerdotes misioneros que asistan a los

emigrantes en sus propios ambientes, pues hasta hoy «esto ayuda religiosa y

moral no es proporcionada a la magnitud del fenómeno», por lo.que habrá incluso

que plantearse «el posible traslado de los sacerdotes a ¡as zonas de

inmigración».

d) La preparación de los emigrantes ayudándoles en la iniciación del idioma y

costumbres del país al que acudan.

e) Fomentar grupos de seglares que se planteen el problema y se comprometan

en una acción de Iglesia en este campo.

f) Ayuda al emigrante que regresa, especialmente cuando regresa fracasado sin

haber logrado al ahorro que buscaba al emigrar. En estos casos la búsqueda de

nuevo empleo se les hace difícil y el emigrante tiene derecho a encontrar una

madre en la Iglesia.

El documento concluye señalando que la toma de conciencia sobre este importante

problema será un buen modo de servir la Cuaresma que hoy comienza; Cuaresma que

«debe ayudarnos a todos a descubrir el plan de Dios en esta situación concreta y

ajusfar a él nuestras conductas».

Estas frases finales merecen una reflexión: si antiguamente los obispos

inicitaban en Cuaresma al cilicio y el ayuno, ahora parece que señalan que el

mejor cilicio y el mejor ayuno será plantearse con seriedad los ayunos y cuidos

que padecen obligadamente quienes nos rodean.

Padre MARTIN DESCALZO.

 

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