España - Santa sede: respeto y cordialidad     
 
 ABC.    06/02/1973.  Página: 31. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

ESPAÑA-SANTA SEDE: RESPETO Y CORDIALIDAD

La presentación de credenciales del nuevo embajador de España ante la Santa Sede

ha dado ocasión para que el tema Iglesia-Estado, que, aquí y allá, salta a veces

con agrios tonos de polémica, encuentre el remansado tono del respeto y la

cordialidad. Respeto cordial en las nobles palabras de don Juan Pablo de

Lojendio. Cordialidad respetuosa en las cálidas expresiones de Pablo VI.

El diálogo entre España y la Santa Sede no puede ser difícil, ha subrayado el

embajador. Es ya un diálogo de dos mil años de historia «entrelazada». Y si los

cambios a que obliga la Historia piden hoy que ese «entrelazarse» se realice en

el «respeto a los respectivos campos de acción de la Iglesia y el Estado», esto

no será difícil, puesto que se cuenta con «la generosa comprensión que España

siempre espera del Santo Padre» y puesto que el Estado se muestra «abierto a

toda clase de colaboraciones», incluso a «la orientación de toda crítica

autorizada, experta y bien intencionada», como sin duda será la que pueda venir

de Roma o de la jerarquía eclesiástica nacional.

A esta inteligente apertura del discurso del embajador no podía responder el

Papa sino con «benévola acogida y atención», pues es sabido que «España es

acreedora del particular interés de la Santa Sede».

Pablo VI y la Santa Sede toda —frente a lo que a veces dibujan ingenuas y

precipitadas caricaturas— conocen bien la «generosidad de espíritus, la

«reciedumbre de la honradez», el «universalismo y dedicación al servicio de la

Iglesia», la «fidelidad a la Sede Apostólica» del pueblo español. El Papa no

hace retóricas en la enumeración de estas virtudes: en ellas basa la «confianza

y el optimismo» con que mira la acción de la Iglesia en nuestro país. Esta

acción ha de realizarse «en la libertad y en la independencia», en un «servicio

desinteresado» a todos los valores que nuestra Patria busca y necesita:

«el orden espiritual y moral, el amor fraterno, la justicia, la libertad cívica

y religiosa». La Iglesia no podrá ser ni será nunca un enemigo cuando trate de

aportar «su vocación renovadora en medio del mundo».

Dos discursos ejemplares. Porque desde el respeto cordial y la cordialidad

respetuosa todo problema puede ser resuelto.

 

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