Cardenal Tarancón: "Los profetas de calamidades no merecen que se les tenga en cuenta"  :   
 La postura del derrotismo sistemático no es ni cristiana, ni constructiva, ni patriótica. 
 ABC.    19/02/1977.  Página: 27. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

ABC. SÁBADO 19 DE FEBRERO DE 1977.

la Iglesia en el mundo de hoy

CARDENAL TARANCON: «LOS PROFETAS DE CALAMIDADES NO MERECEN QUE SE

LES TENGA EN CUENTA»

La postura del derrotismo sistemático no es ni cristiana, ni constructiva, ni

patriótica

«Los profetas de calamidades» titula esta semana su habitual carta de los

domingos el cardenal Tarancón. Analiza en ella la necesidad de mantener la

esperanza, tanto en la vida de la. Iglesia como de la patria, y critica la

postura de cuantos sistemáticamente se dedican a difundir visiones de amargura y

derrotismo.

Dice el arzobispo de Madrid en su carta:

Han existido siempre personas pesimistas que todo lo ven negro y pasan su vida

anunciando calamidades.

En momentos de evolución, particularmente, cuando las estructuras y las formas

de vida inician cambios - importantes, proliferan de manera prodigiosa esos

«profetas de calamidades» que llaman la atención sobre los peligros inminentes y

graves de los cambios.

Cuando Juan XXIII anunció la celebración del Concilio-Vaticano, ante el asombro

del mundo, empezaron muchos a anunciar infaustos sucesos para la Iglesia. Los

conflictos que se han producido después, en el seno de la Iglesia, como

consecuencia ineludible de la renovación, les están sirviendo ahora a esos

mismos profetas para pronosticar mayores males que no podrían evitarse más que

manteniendo a rajatabla las estructuras y las formas de vida anteriores al

Concilio.

El Papa se vio obligado a aludir a ellos en el discurso de apertura del

Concilio. Son tquienes en los tiempos modernos no ven otra cosa que

prevaricación y ruina». Y añadía Juan XXIII a continuación :Nos parece necesario

decir que disentimos de esos profetas de calamidades.»

El tiempo va dando la razón a aquel Pontífice. La Igesia no sólo no se ha

hundido, como ellos pronosticaban, sino que va purificándose, por la misma

fuerza de las tensiones —es ésta una prueba permitida por Dios—, y va presentado

cada día una faz más pura y evangélica ante el mundo moderno.

También en España, y en cuanto al desarrollo y destino de nuestro pueblo, nunca

han faltado las voces agoreras. Y algunos hechos antiguos o recientes, en los

que sin duda se ha desbordado la pasión radicalizando actitudes y posturas,, les

hace sentar tesis catastróficas: «España es un país Ingobernable», dicen con

énfasis. «El reconocimiento de la libertad en el campo político y social nos

llevará a la .ruina», afirman particularmente los que gozan de cierto poder.

En estos momentos de transición que estamos viviendo es lógico que vuelvan a

aparecer esos profetas conminándonos con todos los males si se abre un proceso

democrático o se cambian de alguna manera las estructuras económicas, políticas

o sociales.

Creo sinceramente que esa postura pesimista, quizá mantenida de buena fe .por

algunos, manifiesta una falta de fe y de confiama en las virtudes de nuestro

pueblo, que si no se han podido manifestar abiertamente en todas las ocasiones,

ha sido por falta de cauces adecuados o por falta de una maduración humana, que

la poca cultura.de las masas o el radicalismo de los dirigentes han propiciado.

Creo, además, que esta postura no es cristiana. La esperanza —virtud básica del

cristiano .peregrinante— no se refiere exclusivamente al más allá. El reino de

Dios se inicia en este mundo.

El pesimismo es enervante. La falta de confianza engendra fácilmente la

depresión que, aunque parezca paradoja, induce a los radicalismos. Lo que se

afirmó del Cid: ¡Qué buen vasallo si tuviese buen señor, se puede aplicar —se

debe aplicar— a nuestro pueblo. Durante el último año ha dado unas pruebas de

serenidad y de madurez realmente extraordinarias.

La responsabilidad mayor en estos momentos pesa sobre los dirigentes, no sobre

el pueblo. Tanto los dirigentes políticos como los económicos —y también los

dirigentes religiosos—• tenemos el deber de encauzar esta potencialidad de

nuestro pueblo capaz de construir un futuro mucho mejor —más humano, más

fraterno y más cristiano— para nuestra Patria.

No prestemos oídos a los profetas de calamidades. Podemos evolucionar para

adaptarnos a las necesidades y exigencias del momento actual —el momento de

España y de Europa—, sin traumas excesivos, si los que tenemos responsabilidad

social sabemos confiar en el pueblo, orientando sus deseos de paz, de bienestar,

de convivencia fraterna.

Los «profetos de calamidades» no merecen que se les tenga en cuenta. Por

patriotismo y por fe.

 

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