Autor: Molina, Antonio G.. 
   Una Iglesia que se busca     
 
 Informaciones.    17/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

UAN IGLESIA QUE SE BUSCA

LA clausura de una época es siempre pródiga en balances y tentadora en "

prospectivas. La coyuntura actual de España, a caballo de lo que ha sido y de lo

que quiere, ser, incita a este balanceo dialéctico entre la historia y la

futurología. Como" en otras dimensiones de «lo español», un grupo de

historiadores y teólogos acaba de aplicar el microscopio al período franquista

para detectar la imagen o «forma tle presencia» eclesial y otear después el

horizonte, en un modesto alarde de ciencia-ficción, de la Iglesia del porvenir.

Iglesia y sociedad en España 1939-1975, publicada por la Editorial Popular, es,

pues, un análisis´ socio-religioso de la presencia eclesial o eclesiástica en

los principales sectores de la vida española: política, económico, sindical,

educativo y concordatario.

Los autores presentan el devenir del catolicismo español a partir de 1939,

etiquetado como «una búsqueda de restauración de las formas más tradicionales»

en los primeros años y enmarcado en un universo semiológica de miedo,

compunción, pecado e infierno. Imagen del Nacional catolicismo. en´ que el altar

y el •trono» se hacen teología y política Indistintamente para Imponerla a un

pueblo creyente, pero para quien «la asistencia de autoridades y jerarquías a

los actos de culto» garantizaba que «Aquello era Verdad». Esta fe de «carbonero»

castrense, plasmada en la Cruzada, se resquebraja por el trauma de !a derrota

del Eje fascista, y deja a España y a su Iglesia frente a un Europa que sólo

ofrece la «esperanza del desorden».

i Política y religiosamente, el Estado-Iglesia de España «prieta sus filas» para

oponerse al nuevo modernismo que de hecho amenaza más a Aristóteles que a Jesús.

En esa primera posguerra son pocos «oficialmente» los que dudan de que el

Nacionalcatolicismo es el .nuevo «resto» privilegiado de Israel, custodio de

las´ esencias políticas y religiosas más puras. Los análisis presentados en esta

obra son ocres y no por ya sabidos nos dejan de impresionar de nuevo. Es ese

paralelismo de aconteceres políticos y espirituales —imposible de diseccionar—

e! que -sufre un shock en el Vaticano II, y parece dispersarse encontradamente

durante la larga agonía política del franquismo. El mérito de estos análisis

~rudos de nuestro pasado —no exentos de cierto masoquismo— está en esa "libertad

de decir evangélica" que tanto escandalizó a los contemporáneos de Jesús,

incluidos sus discípulos. Pero -al mismo tiempo —como gatos escaldados—

condiciona ,las lecturas de este grupo de historiadores y teólogos.

Nos atrevemos a decir que el enfoque concentracional español de la obra, sin una

perspectiva internacional en sus-hipótesis —por otra parte imprescindible en

cualquier estudio de fenómenos de época— infunde a no pocas conclusiones un

substrato de ingenuidad.

Ciertamente la confesionalidad del Estado ha marcado la "presencia de te

Iglesia" durante las últimas décadas. Pero sería simplista concluir que

secularizada la vida del país y sus instituciones la "nueva presencia" o

Identidad eclesial va a devenir espontáneamente más auténtica y evangélica. Sin

negar [os condicionamientos socio-políticos y económicos a que está sometida la

institución eclesiástica, es necesario afirmar al mismo tiempo la capacidad de

autorrealizarse y de superarse que lleva inherente esa misma Institución. Si la

Iglesia se reclama heredera del profetismo bíblico, es precisamente .en

situaciones de acoso y cautiverio cuando la acción liberadora de Oíos trabaja

más enérgicamente en sus profetas. Los autores resumen el pasado religioso

español a partir del 39 como «una Insatisfacción por el modo de presencia en la

sociedad». Conclusión que, sin un Estado confesional, podrían subscribir los

cristianos de países muy democráticos y secularizados.

De ahí que el último capitulo de Iglesia y sociedad en España, dedicado al

futuro —quizá lo más vaporoso de todo el estudio—, predice posibles derroteros

eclesiales, apoyándose en análisis a medio camino." Comprendo lo arriesgado de

la profecía a largo plazo, cuando cada día nos trae nuevas variantes de

sorpresa, pero puestos a jugar el pape! de augur es necesario coger hasta

mancharse de sangre las visceras de la víctima. Asi, toda prospectiva nacida hoy

del cuerpo doctrinal del Vaticano II está condenada irremisiblemente al

despiste, porque los años del posconcilio han planteado rumbos y problemas que

en los años 60 o no existían o se percibían confusamente. El mismo «slogan»

conciliar, aggiornamento —paso -gigante de Juan XXIII—, está desfasado

actualmente, porque sitúa a la Iglesia en el rol de .atrapar el «día de hoy»

cuando es el «mañana» o mejor el «pasado mañana»..el que lanza su desafío a cada

creyente y a la Institución eclesiástica en cuanto tal. Problemas como el

divorcio, control de natalidad, aborto, feminismo, militancia política,

comunismo, etcétera, han de pensarse con categorías del año 2000, si los

creyentes no quieren que la "presencia de la Iglesia" en esa sociedad futura se

convierta sucesivamente en Indefinidos mea culpa retrasados, como hasta ahora.

Por último, es lástima que el tema de la participación política —protagonismo

que se dice ahora— de la Iglesia y su contrapartida, el neutralismo, no hayan

sido descifrados más aguda y ampliamente. Su urgencia en la situación actual e

inmediata española exigiría de los «doctores» un esfuerzo de imaginación para

superar clisés inútiles por su ambigüedad y teoricismo. Antes de imaginar la

"Imagen política" de la Iglesia :—que la lleva pegada como su sombra al cuerpo—

es necesario constatar sus realidad política ontológica, como grupo social. En

política, como en los demás sectores vitales de la sociedad, los grupos y los

individuos, más que por su actuar pesan e Influyen por el mero hecho de existir.

Desenredar el sofisma del neutralismo oficial eclesiástico es el primer paso no

sólo para "destapar" las militancias subterráneas, sino para tomar conciencia al

aire libre de un derecho y de un deber ciudadano.

Por Antonio G. MOLINA

 

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