Autor: Greciet, Esteban. 
   Iglesia y Política     
 
 Arriba.    08/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

IGLESIA Y POLÍTICA

UANDQ la Iglesia .española | trata de definirse ante los acontecimientos

políticos que ye viven hoy y, sobre todo, que se avecinan, no hace más que

desarrollar un criterio de prudencia que fia debido ser corriente profunda en su

doctrina desde los tiempos evangélicos. Todos sabemos que la actuación eclesial

no ha sido siempre conforme con la actitud de sano alejamiento o superación de

las opciones políticas que se predicen, pero démonos cuenta de que la Iglesia

militante, aunque asistida por el Espíritu Santo para los creyentes, es, como

algunos -coñacs, cosa de hombres. Hombres que, por fortuna, no son angeles V

consecuentemente "manchan de barro aquello que manejan.

No es de ahora el estímulo de la Iglesia Católica para que los cristianos

participen en la política. Dom Sturzo no era un abstencionista. Como tampoco lo

fueron, y acaso se mojaron demasiado, personajes que, vistiendo el hábito

clerical (o sin vestirlo, que los religiosos parecen atravesar una etapa de

desconcierto textil), tomaron partido por ideas políticas de muy distinto signo:

Goma, Segura, Dom Franzoni, Guerra, Xirináchs, Camilo Torres y tantísimos más de

antes y de ahora. En el campo seglar, el abanico es inmenso, total.

Lo .sacrilego es capitalizar el nombre o la doctrina de Cristo a favor.de grupos

ideológicos y, por tanto, en contra de otros, de otros seres humanos tan dignos

de atención, de interés, de respetó, de amor en fin. El balazo como supremo

argumento para entronizar a Jesucristo es -absurdo y ridículo, además de trágico

y criminal, obviamente. Pero éste es un caso extremo y minoritario.

La nota de la Comisión Episcopal —los prelados lo dicen— recuerda enseñanzas y

normas publicadas en ocasiones anteriores: La Iglesia no desea el poder político

ni apoyar en él su acción pastoral; los cristianos tienen obligación de

participar en política, son libres en ésto y no deben pretender que su opción

sea la única válida, con la salvedad de que sus adhesiones no han de ser

incompatibles con su fe. Esto no es nuevo, como no lo es lo que no se quiere oír

y que tan claramente se leía en la «Populorum Progressio»; que entre las

opciones no compatibles están aquellas en las que «el lucro, sea el motor

esencial del progreso económico; la concurrencia, la ley suprema de la

.economía, y la propiedad privado de los medios de producción un derecho

absoluto. Promover y defender la paz, la justicia,-los derechos humanos, el

apoyo a (os débiles, y el desarrollo, y el ser conciencia crítica de la sociedad

y de los partidos sí son misiones de la Iglesia.

Desde que Pío IX —quien antes de ser Papa fue una personalidad progresiva—

escogió el camino de oponerse a irreversibles corrientes sociales de la historia

contemporánea, la Iglesia Católica ha debido efectuar serias correcciones de

órbita, la primera de las cuales se debe a León XIII con su «Rerum Novarum». La

Iglesia-ha demostrado así ser humilde y atenta a los signos de los tiempos, pero

no oportunista como dicen algunos; el Vaticano II ha sido un gigantesco examen

de conciencia con luz y

taquígrafos; ninguna autocrítica semejante se conoce a tales niveles entre los

colectivos humanos. En ella está su gran capacidad de rejuvenecimiento.

Deben archivarse los tiempos de los constantinismos, de los cesaropapismos, del

conformismo y la luna de miel con los poderes políticos. Tanto como los

pintoresquismos de la hora, que no están solamente en las visiones apocalípticas

dé un Lefebvre o de un Michel de Saint-Pierre.Aas Iglesias diocesanas deberían

preocuparse ya de evitar extravagancias en la base, experimentos y posturas

hoscas. Con esa; manía de algunos sectores que quieren romper «on todo se corre

el peligro del vale todo, del desenraizamiento de que habla Julián Marías y, por

tanto, del desamparo doctrinal, del revisionismo a ultranza, de la marginación.

Cristo sería un revolucionario, pero no algo raro, insolente y desharrapado.

La Iglesia no puede respaldar actitudes disparatadas a las que se pretende dar

apariencias de seriedad. Por ejemplo: que en los locales de una parroquia se

permita lo que algún chusco ha llamado una «juerga de hambre», con cama redonda

mixta durante varios días, entre manifiestos pacifistas y un mal olor a tigre,

No queremos una Iglesia lujo, sa ni privilegiada, pero sí digna . y rigurosa,

prudente, integradora y no «partidaria». Sus ámbitos deben ser limpiados no sólo

de connivencias con el poder, sino de equívocos y aspavientos por libre.

Esteban GRECIET

 

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