Autor: Castro Zafra, Antonio. 
   El regreso de los curas     
 
 Arriba.    19/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

EL REGRESO DE LOS CURAS

Por Antonio CASTRO ZAFRA

A fuerza de privilegios y exenciones, Los curas abandonaron el pueblo llano hace

mucho tiempo, y comenzaron a ser diferentes. La separación se remonta a la época

del imperio romano, y todavía sigue.

Desde Constantino I para acá, los gobernantes han cuidado mucho que la sociedad

clerical

y su jerarquía —«¡la Iglesia!»— gozase en todo momento de autonomía absoluta.

Ahora, cuando la sociedad clerical se plantea con rigor la renuncia a su casta

social y a sus privilegios, tal vez convendría recordar qué esperamos de estos

«emigrantes» que regresan aL pueblo.

1. QUE NOS ENSEÑEN UN MUNDO MAS NUESTRO

Los descubrimientos de la antropología y las investigaciones en el campo

sociológico y sicológico, ¡incluso las nuevas teorías teológicas y pastorales!,

presentan un mundo muy diferente al que nos obliga a contemplar la óptica

religioso-jerárquica, a propósito del control de • natalidad y del aborto, del

matrimonio, del divorcio, del celibato. El mundo que presenta la Iglesia al

cristiano ha permanecido inmóvil desde hace varios siglos, como si nada hubiese

avanzado la ciencia; es por lo mismo una visión en la que el creyente es incapaz

de reconocer algo que le sea familiar.

2. UNA MAYOR INTEGRACIÓN EN LA SOCIEDAD

La imagen tradicional del sacerdote tridentino que enseña ya ha cumplido su

misión y debe ser sustituida por la del sacerdote que vive nuestras realidades

terrestres en una sociedad cuya cultura ha sido secularizada, como es la

nuestra. El sacerdote no debería ser superior ni diferente, si es que quiere

comunicar o esta sociedad el mensaje evangélico. Y para transmitir ese mensaje,

con una nitidez de diez sobre diez, la integración del sacerdote en lo sociedad,

tiene que ser también de diez sobre diez.

3. UNA VISION CRISTIANA DE LA VIDA

En el sacerdote buscamos respuestas religiosas a nuestros problemas: no buscamos

en él otra cosa que la palabra evangélica. ¡No ha sido -el pueblo Mano quien

separó al sacerdote, elevándolo a una categoría social privilegiada. De modo que

si el sacerdote ha producido gestos de poder o influencia, no era porque el

pueblo le hubiese dado lo uno o lo otro: lo obtuvo de quien podía concederlo, de

la autoridad civil. Evidentemente, estas actitudes no encajan en un contexto

cristiano, y es el propio sacerdote quien debe renunciar a ellas. El pueblo. ni

le dio poderes civiles o privilegios, ni se los quita: simplemente desea ver

cómo se despoja de ellos.

Porque parece que entonces — y sólo cuando renuncie a semejantes liderazgos— la

palabra del sacerdote será evangélica.

4. UNA FORMACIÓN SECULARIZADA

Ya no es válida —si es que lo fue alguna vez— la división absoluta del mundo en

sacro y en profano, porque nada es radicalmente malo o bueno. Así. el cristiano

de hoy espera que sus sacerdotes reciban una formación secularizada y abierta,

pluriforme y muy distinta por lo mismo de la uniformidad promulgada en Trento.

Según esos moldes uniformes han sido moldeados todos los sacerdotes hasta ahora

y es preciso también que los cristianos comprendan el trauma que puede

significar para cualquier cura remontarse sobre semejante maniqueismo de

«sacroprofano». Esto quiere decir que no debería haber «ghettos» en nuestra

sociedad, y que en cualquier zona de ella puede caber el mensaie del sacerdote.

5. QUE SEA UN PROFESIONAL

El pueblo cristiano espera un hombre competente, en pie de igualdad profesional

con la sociedad que va a evangelizar: porque la evangelizacíón comienza desde

abajo, no desde arriba. Un hombre, pues, maduro, que haya superado la

inquietante incertidumbre de esos sacerdotes jóvenes, sobre la función que les

corresponde. (Estas vacilaciones denuncian la escasa calidad de la formación que

se dio a esos sacerdotes, y la falta de madurez, incluso emocional, que han

conseguido.) El tipo de autoridad con que suele manejarse la formación de los

sacerdotes, en el actual sistema organizativo de la Iglesia, reduce

pavorosamente las posibilidades de desarrollo profesional. El género de vida que

se impone en el período de formación exige adaptarse a un cúmulo de tradiciones

sociales y religiosas, a normas v disciplinas sencillamente agotadoras. De ahí

que la puesta en práctica en la archidiócesis de Madrid de sistemas

experimentales de formación para el sacerdocio fuera del seminario, para

personas de edad y estudios a un nivel determinado, constituye una

interpretación muy atinada de los nuevos rumbos que quiere darse o la

preparación del sacerdote. ´Cuando el concilio último establecía en uno de sus

decretos la necesidad actual de «múltiples funciones y nuevas adaptaciones» para

la integridad del sacerdoie, se limitaba a exponer un «desiderátum». El cardenal

arzobispo de Madrid, al aceptar el desafio de una preparación al sacerdocio sin

seminario, actúa como un profesional.

 

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