Iglesia libre, Estado libre     
 
 Diario 16.    11/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Iglesia libre, Estado libre

Se discute estos días la neutralidad política de la Iglesia que muchos no acaban

de creerse después ,del largo periodo de apoyo activo al "Régimen salido de la

Cruzada". Según ciertas informaciones el Episcopado español estaría dividido en

dos sectores bien definidos y que discreparían abiertamente en este tema. Uno de

ellos, encabezado por el cardenal Tarancón, aspiraría a la efectiva neutralidad´

del aparato eclesiástico en la lucha política que ya está abierta. Por el

contrario, el otro sector, que disfrutaría de ciertas connivencias de la Curia,

vaticana, desearía repetir aquí el esquema italiano de un amplio partido

confesional a través del cual la Iglesia conservaría el enorme poder que

secularmente ha ejercido en este país.

Las relaciones entre la Iglesia y el Estado español han ido mejorando a ojos

vista desde la muerte de Franco, y la meciente visita de los Reyes al Papa ha

sido la culminación del proceso. Pero conviene señalar que esa nueva concordia

presentaría serios peligros si se confirmara que los sectores más conservadores

de la Iglesia —que están lejos de ser minoritarios— tratan de articular una

versión actualizada de la añeja fórmula "del Trono y el Altar", Algo parecido

también a lo que han sido en Italia durante los últimos treinta años las

relaciones Iglesia-Estado: pocos compromisos formales y una recíproca

independencia teórica, pero un impresionante poder de hecho del Vaticano, que

convierte en pura monserga las proclamas oficiales y las prescripciones

constitucionales de separación de ambas potestades. También; en nuestro país

pueden algunos tener la tentación de renunciar a las solemnes afirmaciones

concordatarias a cambio de consolidar en la realidad presencias c intereses.

Ya no basta insistir en ciertos principios básicos como la separación de la

Iglesia y el Estado y la no confesionalidad de éste. Se trata de algo tan obvio

que hasta ciertos eclesiásticos no tienen inconveniente en asumirlo. No será

suficiente que la futura Constitución española establezca la neutralidad

religiosa del Estado y su absoluta soberanía e independencia, ni que

desaparezcan ciertas normas vigentes sino que acaben determinadas presiones.

La España política, y la propia Iglesia católica, tienen todavía pendiente,

entre otras muchas cosas, el proceso de adaptarse a una sociedad secularizada en

la que la religión ocupa, de hecho, un lugar muy distinto al de antes. A una

sociedad secularizada corresponde un Estado ´secularizado, un Estado laico en el

más estricto sentido de la expresión. La libertad religiosa exige no sólo la

asepsia de todo el aparato estatal, sino acabar con todas esas discriminaciones

por razón de creencia o no creencia. Y de eso estamos muy lejos todavía. Hay dos

sectores clave, el matrimonio y la educación, donde ya se ha empezado a

comprobar cómo algunos sectores eclesiásticos, que en la última fase de la

dictadura hasta lograron dar una cierta imagen "progre", muestran ahora su

verdadera naturaleza conservadora en cuanto se discuten abiertamente estos

problemas. Ciertos bizantinos argumentos antidivorcistas, que ya se están

produciendo, y algunas tomas de posición sobre la "libertad" de enseñanza, no

son más que indicios precursores de futuras batallas.

No se trata, por supuesto, de incidir en ningún tipo de anticlericalismo , sino

de evitar los clericalismos disfrazados. Los demócratas auténticos están ya muy

lejos de aquel anticlericalismo que, en algún momento, pudo ser el signo

distintivo de la izquierda europea y que, paradójicamente, parece ahora

patrimonio de cierta derecha reaccionaria- Se trata, simplemente, de constatar

que nos acecha la tentación italiana que supone mantener una agobiante presencia

de la Iglesia por intermedio de un determinado partido político que, además, da

la casualidad que es el que allí gobierna. Los intentos clericales de conseguir

aquí un gran partido confesional más o menos disfrazado están en la misma línea

y podrían llegar a suponer una confesionalidad de hecho mucho más eficaz que la

consagrada por las normas constitucionales y que, en todo caso, sería

incompatible con un Estado realmente democrático. La vieja fórmula de Cavour que

postulaba una "Iglesia libre en un Estado libre" exigiría aquí una.amplísima

revisión de muchas normas, no sólo de las concordatarias. Pero también un juego

escrupulosamente limpio por parte de esos eclesiásticos que parecen no haber

comprendido que ha pasado el tiempo de las intrigas de sacristía.

 

< Volver