"Los privilegios de la Iglesia han sido un tema fácil para la demagogia"  :   
 El cardenal Tarancón, en su carta semanal, señala la necesidad de revisar las relaciones de la Iglesia con el poder político y económico. 
 ABC.    06/04/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

«LOS PRIVILEGIOS DE LA IGLESIA HAN SIDO UN TEMA FÁCIL PARA LA DEMAGOGIA»

El cardenal Tarancón, en su carta semanal, señala la necesidad de revisar las

relaciones de la Iglesia con e| poder político y económico

En la carta cristiana QUC esta semana publica el cardenal Tarancón, inicia el

arzobispo de Madrid un nuevo tema al que se propone dedicar varias cartas

consecutivas. Esia ´vez es el tema de las relaciones entre el poder político o

económico y´la evangelización.

Los párrafos fundamentales de esta primera carta —en la que se limita a

presentar un problema a.cuya solución dedicará las cartas siKUíentes— son los

que siguen:

Muchos atacan a la Iglesia porque está aliada con el poder. Con el poder,

económico y con el poder político. Incluso, dicen lúe ella misma se ha

convertido en una plataforma de poder. Y que se ha valido de su influencia para

imponer políticamente su doctrina y hasta "sus privilegios.

: El régimen de cristiandad —siguen diciendo— que la Iglesia aceptaba como ideal

consistía precisamente en que el régimen político era el instrumento y como el

brazo seqular de la Iglesia para imponer su concepción del hombre, de la vida,

e, incluso, para procurarse ventajas de todo orden,. -, .

Los ^privilegios* de la,Iglesia han sido durante mucho tiempo, un tema fácü para

la demagogia. Su deseo:de imponer a. iodos su verdad ha sido .considerada como

una manifestación de Urania:

„ El, tema tiene mucha .importancia —a mi juicio, una importancia capital en

los. momentos actuales de nuestra Patria— porque muchas de las afirmaciones

exasperadas y hasta injustas que se hacen contra -la Iglesia, y na pocas de las

«ventajas*- democráticas^ que••algunos proponen y que tienden a limitar la

actividad de la Iglesia, se explicim tan solo como una reacción —no pocas veces

agresiva y francamente injusta—* contra aquéllas convicciones.

No cabe duda de qué por las circunstancias económicas, sociales y políticas del

mundo en tiempos pasados, et poder —económico, social o político— estaba rodeado

de una aureola casi mítica y ejercía un influjo que yo me atrevería a llamar

irresistible. Se daba incluso al poder-como un carácter «sagrado», profundamente

religioso, no sólo porque, según el principio cristiano, toda autoridad

radicalmente viene de Dios —iodos Zos hombres somos esencialmente iguales y

nadie tiene poder sobre otros hombres «si no le ha sido dado de arriba», como

fijo Jesús a Pilatos—, sino porgue-se consideraba la riqueza, la influencia

social o el poder político como un derecho superior al- que los demás hombres se

debían sujetar.

No es-extraño que con esa .mentalidad el poder ¡—económico, político, social—

fuese considerado como un medio maravilloso para defender la verdad que tenia,

según decíamos, todos los derechos, e incluso para conseguir que los hombres la

aceptasen. Y que se considerase, por consiguiente, el poder —especialmente el

poder • político cuando éste, va afianzándose cada vez más en los pueblos-— como

un instrumento de evangelización.

Si de hecho se ha caído a lo largo de los tiempos en esa tentación, lo ^cierto

es que la Iglesia ha dicho pública y solemnemente—en un Concilio— que seno

pone... su esperanza en privilegios dados por el poder civü» —no quiere apoyarse

en el poder vara realisar .su-misión^-, e ´incluso que está dispuesta a

renunciar a «derechos legítimamente adquiridos tan pronto como conste que su uso

puede empañar lo pureza de su testimonio o las nuevas- condiciones de la pida

exijan otra disposicion.

•• Es lógico, pues, que en los momentos actuales de España tengamos en cuenta, a

más. de los principios evangélicos que han de orientar siempre la actuación de

la faléíia, si existen privilegios o aun derechos • legítimamente adquiridos que

puedan empañar ante los hombres dé hoy la pureza del testimonio que la Iglesia

tiene el deber sacratísimo de dar, o si en las nuevas condiciones de vida Ae

nuestra sociedad están exigiendo una postura «especial» de la Iglesia.

 

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