Autor: Javierre, José María. 
   La semana clave     
 
 Ya.    01/05/1977.  Páginas: 2. Párrafos: 16. 

SIETE DÍAS

LA SEMANA CLAVE

En el aeropuerto los altavoces reclaman- al viajero remolón: "Ultimo j/

definitivo aviso para los señores viajeros con destino..." Los ciudadanos ,de

nuestro país´ entramos hoy ´en la semana clave de presentación de candidaturas.

Si las ejecutivas de los partidos políticos no aceleran el ritmo, escucharán el

altavoz intranquilizante: "Este es el último y definitivo aviso para los señores

pasajeros del vuelo electoral con destino al Parlamento."

Hay que elegir los nombres de candidatos para el Congreso de diputados. Ponerlos

en la lista por el orden conveniente, llevando a la cabecera las personas

atractivas. Y presentar la lista al refrendo oficial. Hay que elegir ios

candidatos para el Senado, y presentar la lista. Sólo queda esta semana. Ultimo

y definitivo aviso...

—¡Y los curas, qué?

Si algún sacerdote ha de /orinar en las candidaturas para el Congreso o para el

Senado habrá de solicitar el oportuno permiso de los superiores. Se darán

algunas circunstancias que aconsejarán el trámite. Pero creo que la inmensa´

mayoría de los curas de España pensamos que .es muy razonable mantener a los

clérigos alejados de la contienda electoral. Esta vez. ¿Sólo esta .ves? fY por

qué?

Esta vez

Antes de entrar en análisis de hondura teológica, dos circunatandas concretas

reclaman atención. Una mira al tiempo pasado; la otra, al futuro.

En el pasado inmediato, a todo lo largo del régimen franquista, la Iglesia

católica mantuvo tinas relaciones estrechas con el Estado y sus órganos hasta

límites hoy inaceptables. Bueno, entonces también eran inaceptables. Pero vamos

a no perdernos en requisitorias históricas cuando Ja tarea urge. El signo más

llamativo de la mixtura religioso-política estuvo en Ja presencia de religiosos,

sacerdotes-y obispos en la patrulla detectadora del poder. Amplias nonas del

pueblo español se preguntaron cómo los obispos aceptaban un puesto en Cortes no

representativas de la voluntad ciudadana. Pero estaban ahí: las cámaras de

televisión «os lo recordaron tercamente.

Sería como muy bueno, sería ejemplar, que por un tiempo ningún clérigo

apareciera en las Cortes. Simplemente, porque se notara él cambio. Ya sé que

entonces fueron designados a dedo y hoy tendrían que ganar el puesto en votación

democrática. Pero al boirrar una imagen quisa las ausencias resulten mucho más

eficaces que la presencia legítima.

De -cara al futuro, la Iglesia va a mantener en serio la nítida- distinción de

esferas. Y, por tanto, acepta al pluralismo político sin más limitaciones que

las expresadas con suma prudencia en los últimos documentos episcopales. Si, los

clérigos, bajos y altos, renuncian a los escaños de tos Cortes, esta

imparcialidad cobra relieve. Y colabora en el clima sereno de respeto amistoso

que los partidos políticos deben ofrecer a la Iglesia^

Siete veces o setenta veces siete.

Si corren excepciones y en ciertos casos resultaran inevitables, el personal

debe tener, conocimiento claro de tres puntos: primero, las rosones de la

excepción, siempre motivadas por. un servicio leal a la colectividad ciudadana.

Segundo, los permisos requeridos, que en esta materia sirven de garantía, a la

rectitud de intenciones. Tercero, la responsabilidad personal del candidato en

sin actuaciones que jamás han de complicar ni de lejos a la jerarquía

eclesiástica.

Por esta ves, de acuerdo, los clérigos no aspiran a escaños en las Cámaras. ¿Y

luegof ¿Han de renunciar siete veces o setenta veces siete?

Todos confiamos que la vida pública nacional entrará en pocos años en un clima

normal, razonable, donde la política sea nada más la política y no una palestra

en´ que nos jugamos cada mes la supervivencia del país. Los clérigos son

ciudadanos, y a veces ciudadanos cualificados, entre los cuales pueden surgir

algunos especialmente dotados para contribuir con éxito a la marcha provechosa

de los asuntos públicos. Si la comunidad los requiere, no´ parece razonable que

nieguen a rajatabla una participación personal.

Lo? motivos teológicos paramizar con recelo la presencia ¿política de los

sacerdotes arrancan de bases tan serias como la libertad en la´ predicación del

evangelio. El signo de unidad expresado en las celebraciones eucaristicas, y la

reconciliación característica del perdón sacramental. Las tomas de posición

propias de un´ partido amenazan esas tres funciones. Mucho más mientras un

horizonte nuevo no reste virulencia, al enfrentamiento clásico de capitalismo y

marxismo. Vendrán, ojalá pronto, tiempos mejores.

Entre tanto pienso, hasta que lleguen tiempos mejores, si no resultaría benéfico

que los sacerdotes ni siquiera votáramos. En estas primeras elecciones tenemos

que votar, desde luego: el pueblo español debe acostumbrarse a cumplir los

derechos cívicos, y l¿ daremos un ejemplo de ciudadanía también los sacerdotes.

Pero en elecciones sucesivas , pienso por ustedes, qué bien si un párroco

predica a todos que cumplan el deber electoral y él qued´a por encima de las

discrepancias de partido .renunciando a su voto.

En la parroquia todos saben, si el cura vota, qué vota, por qué partido vota. O

al menos saben con certesa por qué partido no vota. Sus feligreses pertenecen o

todos los colores del arco iris político. Si el cura no vota, es más que todos.

No sé, quizá.

¿Y las monjas?

Ninguno de los inconvenientes que aconsejan la distancia de los clérigos con

respecto a las candidaturas alcanza a las religiosas. Ellas podrían aportar,

yendo en las´ formaciones de varios partidos corno candidatos independientes, un

conocimiento directo de los proble^ mas del pueblo y unas experiencias

personales enriquecedoras. Muchos españoles no saben que la estampa romántica de

la monja" bondadosa y bobalicona ha sido sustituida por la estampa real de la

monja bondadosa, inteligente y despierta. Están ya en las barriadas de las

grandes ciudades, . en los pueblos, en las comunidades de periferia, al servicio

de los marginados. Las que siguen ocupando puestos en la enseñansa ofrecen una

mentalidad abierta, comprensiva, que ya la quisiera yo en muchos profetas de

partidos políticos atados todavía a viejas, monsergas. Me gustaría que los

responsables] portel costado religioso y por el costado político, reflexionaran

en serio sobre este asunto. A estas elecciones llegamos tarde, pero, si la

política se compromete en serio´ a tomarle el pulso a España, diagnosticar sus

males y aplicarle remedios, la presencia de monjas en las Cámaras: significaría

una aportación extraordinariamente interesante. Y ellas han cogido la manía de

no negarse a rendir un servicio a la comunidad donde estén integradas.

José María JAVIERRE

 

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