Autor: Paris Eguilaz, Higinio. 
   Monopolios y nacionalizaciones     
 
 Ya.    12/05/1977.  Página: 40. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

12-V-77

Monopolios y nacionalizaciones

EN los programas de los partidos políticos marxistas, socialistas y comunistas en sus diversas variantes,

uno de sus objetivos fundamentales en el plano económico son las nacionalizaciones, queriendo hacer

creer a la población que éstas le van a proporcionar grandes beneficios, porque se terminará con los

efectos desfavorables de los monopolios explotadores.

Por ello debemos examinar si esa posición está o no justificada en la España actual; el error que se comete

habitualmente es confundir la concentración de empresas con los monopolios, cuando son muy diferentes,

pues la concentración es un hecho estructural, mientras que el poder monopolice es un hecho funcional,

por lo cual este problema no debe ser tratado en términos generales, sino en términos concretos,

refiriéndose a los sectores económicos determinados. Como es bien conocido, el poder monopolista

consiste en influir sobre el mercado, limitando la oferta y la producción hasta el punto en que el precio

que impone el monopolista le produce el máximo beneficio, condición que se cumple cuando los ingresos

marginales son iguales a los costes marginales, ya que en ese momento todo aumento de ingresos que

pretenda conseguir por alza de precios irá acompañado de una baja de las cantidades vendidas y, por

tanto, del importe percibido, todo ello en función de la elasticidad entre precios y cantidades.

LAS características de los monopolios restrictivos son dos: el escaso aumento de la producción y el alto

nivel de beneficios por unidad de capital utilizado. Examinemos las situaciones concretas en los sectores

productivos, que, segun los programas de los partidos marxistas, deben ser nacionalizados.

ELECTRICIDAD.—La producción de energía eléctrica pasó de 4.236 millones de kilovatios/ hora en

1945 a 90.424 millones en 1976, lo que representa un aumento de producción de veintiún veces en el

citado período. Por el lado de la expansión de la producción no puede hablarse de monopolios, e incluso

se han exportado 800 millones de kilovatios en el citado año. En cuanto a los beneficios y a la cotización

de las acciones en la Bolsa, el importe del dividendo, aun teniendo en cuenta él aumento adicional por el

importe del derecho por ampliación de capital, resulta ser para las acciones a su valor nominal alrededor

del 11 por 100 y menor por su valor en la Bolsa, y sí se considera la pérdida del valor del dinero por la

inflación, ésta ha sido una media anual en los tres últimos años de un 17 por 100, lo que representa una

fuerte pérdida real para los ahorradores como propietarios de acciones, que se cotizan a un tipo

ligeramente superior a la par. Por consiguiente, resulta del todo evidente que en esas condiciones no

existe un monopolio en la industria eléctrica, ni justificación alguna para su nacionalización.

En Francia, nación en que después de la guerra se nacionalizó la industria eléctrica, su producción pasó de

22.176 millones de kilovatios/ hora en 1946 a 177.480 millones en 1975, con aumento de ocho veces,

diferencia muy considerable en cuanto al porcentaje de aumento, que ha sido mucho menor que el de

España en el mismo período.

HA llamado mucho la atención a expertos extranjeros el hecho de que en España, en un sistema de

empresas privadas, exista el repartidor central de cargas instalado por Unidad Eléctrica Española

(UNESA), que actúa cumpliendo las normas establecidas por el Ministerio de Industria para coordinar y

regular la distribución de energía eléctrica, y como, además, se regulan los precios por tarifas oficiales, se

consiguen los mismos fines que si este sector estuviera nacionalizado, con la ventaja que supone la

financiación y la gestión privada.

SIDERURGIA. — En este sector ocurre algo análogo. En 1945, la producción de acero en España fue de

576.000 toneladas, y en 1975, de 1.1,1 millones, con un aumento de diecinueve veces en ese período.

Era Inglaterra, que nacionalizó la casi totalidad de industrias siderúrgicas, en 1946 la producción de acero

fue de 12,8 millones de toneladas, es decir, veintidós veces más que la de España en el mismo año; y en

1975, de 22,4 millones, es decir, no llegó ni a duplicarse, y resulta sólo el doble de la española en ese año.

EN cuanto a los beneficios, en el sector siderúrgico español han sido muy bajos y la cotización de sus

acciones está aproximadamente a la par y en determinadas etapas ha sido inferior al valor nominal. Por

tanto, tampoco se percibe indicio alguno de poder monopólico.

TELEFONOS—El crecimiento del número de teléfonos ha sido espectacular, aumentando desde 406.513

en 1946 a cerca de nueve millones a finales de 1976, y ese enorme crecimiento se debe en parte a los

bajos precios relativos de este servicio, aunque al usuario le parezcan altos, comparados con los aumentos

generales del nivel de ingresos de la población, cuyos salarios por hora de trabajo se elevaron en el 60 por

100 en el conjunto de los años 1975 y 1976 y los dividendos actuales, incluidos los derechos de

ampliación, han alcanzado en el último año poco más de la mitad de las pérdidas inflacionistas del valor

del dinero. En el pasado año, los dividendos han aumentado ligeramente, lo que en nuestra opinión os una

decisión poco afortunada de los dirigentes de la empresa, porque su verdadera situación financiera no lo

permite y la única justificación sería el contener la baja de cotización de las acciones, pues lo que en

realidad procede es ajustar anualmente las tarifas oficiales de precios en la medida suficiente para

conseguir un funcionamiento normal de la empresa.

SI, por los datos expuestos, vemos que no existe monopolio alguno de los sectores indicados y, por tanto,

no hay razones válidas para pedir nacionalizaciones de los miembros, ¿por qué figuran éstas en los

programas del social-comunismo y grupos análogos? ¿Sería ingenuo pensar que ello se debe a que los

dirigentes de esos grupos políticos desconocen la realidad, pues la conocen muy bien y las razones son

muy sencillas. De un lado, si abandonan su exigencia de nacionalizaciones, se quedan en gran parte sin

programa, y, de otro, si sus seguidores más destacados no tienen en perspectiva algo sustancioso que

disfrutar, sus actuales entusiasmos desaparecerán y el socialcomunimo se quedará sin futuro, y éste es el

motivo de que en sus propagandas no puedan exponer cifras concretas, porque, al no existir verdaderos

monopolios en los sectores aludidos, no están justificadas las nacionalizaciones, ya que significarían un

freno al desarrollo, pero no es fácil engañar, ni siquiera a los trabajadores.

De ahí la conciencia muy extendida que se ha creado en ellos de que el Patrón-Estado es mucho más

autoritario que los empresarios, y ello ha promovido la tendencia a sustituir las nacionalizaciones por la

entrega de las empresas a consejos de trabajadores en régimen de autogestión, organizando así un sistema

de empresas sin empresarios capitalistas y sin la dependencia directa del Estado; pero esa vía es todavía

peor que aquélla, pues si una provoca el despotismo, la otra lleva a la ineficacia, porque la organización y

el mantenimiento de una empresa moderna, teniendo en cuenta el actual desarrollo tecnológico y los

grandes recursos financieros que se necesitan, plantean problemas tan complejos que no pueden ser

resueltos sin la responsabilidad del empresariado.

EL rechazar la nacionalización de los sectores expuestos, porque sus resultados serian negativos en las

condiciones actuales de la economía española, no prejuzga lo que pueda ocurrir en sectores distintos o en

otros países cuyas condiciones pueden ser muy diferentes, y nuestra oposición al social-comunismo se

deriva de que del análisis del sistema económico español se llega a la conclusión de que el programa de

estos grupos, en nuestra opinión, no es una opción válida para España.

Higinio PARÍS EGUILAZ

 

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