Autor: Rigalt, Carmen. 
   La gente bien     
 
 Arriba.    06/02/1977.  Páginas: 2. Párrafos: 59. 

LA GENTE BIEN

LOS EPISODIOS NACIONALES DE CARMEN RIGALT -42

La Naturaleza, que es muy sabia, creó Un buen día a la gente y acta seguido Creó a la gente bien para

que no hubiera lugar a equívocos. Cada cual en su sitio. La gente bien fue perfeccionándose poco a poco

y hasta hoy, que sigue igual que prepotente y encopetada, aunque procure disimularIo por la cuenta que le

trae.

LA FAMILIA QUE CRECE UNIDA

Total: crecieron y se multiplicaron. Eran pocos, pero bien avenidos, y estaban en todas partes con el ojo

avizor. Se hicieron un sitio en la sociedad, un sitio de honor a todo riesgo, y siempre decían «de aquí no

me muevo», salida de tono que les valió el sobrenombre de inmovilistas. Luego murieron, volvieron a

nacer cuando les tocó el turno, y así sucesivamente. Y es que la gente bien gusta de dejar huella. Cree en

ja familia numerosa y la práctica para tener asegurada la raza y la descendencia por los siglos de los

siglos.

—Donde estén doce hijos que se quite todo lo demás.

—Depende de Ja -economía, hija. Porque Pepín y yo sacamos cuentas- y nos daba para veintitrés crios,

pero allá por el séptimo se me puso la cadera feísima y me planté.

—Es que con ta cadera no se juega.

—Ya me lo dijo ta masajista: o se baja usted ese kilo o no hay más familia.

—Claro, el mejor control de natalidad es la masajista. A mí me dejó´ tener diez, pero luego me puso a

dieta de aguacates. No veas.

—Mujer, mientras sean aguacates...

—Pues a mí me repiten muchísimo.

-¿Y?

—Nada, que como los embarazos no me repiten y además, la moda premamá de ahora es una gozada, he

decidido ir a por Ja niña.

Quien habla así es la señora bien. La señora bien, como no tiene otra ocupación que la de vivir, se interesa

por sus kilos, sus embarazos y sus púnelas. En otro orden de cosas, pero también robando buena parte de

su preocupación, esta al servicio. El dichoso servicio. Que anda muy mal, por cierto. Cada día peor. La

señora bien, hablando del servicio, saca su letanía de muletillas y se pone las botas. El servicio puede ser

uno o múltiple, según el poder adquisitivo y el rango jerárquico del dueño de la casa. En el peor de ios

casos, la señora bien tendré una empleada del hogar por horas a la que llamará cariñosamente «tata». La

señora bien, todo hay que decirlo, trata a su empleada como a una criada, pero Id llama «tata» para

disimular. Es una forma muy distinguida de sacudirse de encima los problemas de conciencia. Por lo que

pudiera suceder. Cuando la señora no sólo es «bien», sino rica, además de «tata» tiene señorita para niños.

Ese es un viejo truco muy empleado por la gente fardona en general y por las señoras cursis en particular.

Cogen a una «tata», o sea, a un acriada, la visten de época y, hale, al parque con los chavales. Hay señoras

que, en un alarde de sacrificio, se quedan en casa limpiando los dorados con tal de sacar á la «tata» de

paseo y presumir de señorita para niños. Luego resulta que de vuelta a casa, la «tata» tendrá que repasar

nuevamente los dorados, preparar la comida, atender al teléfono y hacerte los recados al señorito, con lo

cual vuelve a su estado natural, o sea, el de chica para todo. En las mejores familias, sin embargo, el

servicio está muy especializado y racionado. Así, amén de la «tata», señorita paro niños y asistenta por

horas, tienen también a la doncella —esa señorita que no hace otra cosa que estar de punta en blanco y

aguantar las cúr silerias de sus amos—, la cocinera, costurera y planchadora a domicilio. A la señora bien

le gusta coser. Ese es un hábito que ha heredado de sus antepasados y que mima con exquisito recelo.

Coser y cantar. Pero la señora bien anda mal de tiempo, pues no se puede estar a todo, a coser, cantar,

jugar a la canasta y dar Instrucciones a la doncella, así que alquila tres veces por semana a una costurera y

le transfiere sus aficiones mientras ella se contempla en un bordado para no perder el «tic». Por fin, la

planchadora. En realidad, lo que hace la planchadora es planchar, ni más ni menos. Pero planchar a

conciencia, que es una cosa que hoy en día no se lleva nada. La señora bien no plancha porque le dan

calores y, además, se te hinchan los tobillos de tanto estar de pie, pero su planchadora es un mirlo blanco;

lleva trabajando para la casa má$ de cuarenta años y su madre planchó a toda la familia, en el buen

sentido, y ella, por la cosa de la genética, ha heredado la tradición y el servilismo. A decir verdad, el

único secreto de todo esto es que la señora bien odia el tergal.

—Oye, que según se están poniendo las cosas parece que sólo nos dedicamos a las labores propias de

nuestro sexo.

Naturalmente, la señora bien no acaba ahí. Determinados días al año cumple con sus obras sociales, y

cuando toca Cruz Roja, pues Cruz Roja, y si no, Rastrillo, tarjetas de la Unícef, cuestaciones para el

cáncer, festivales benéficos e inauguración de guarderías. En esas pequeñas ocupaciones la señora bien se

sacude otros tantos problemas de conciencia. Todo lo que le roba a la criada en sueldo lo invierte en

Cáncer, y así, fuera remordimientos. Para esas ocasiones excepcionales, la señora bien se pone de un

elegante superior, porque lo más seguro es que le toque posar con una folklórica, y puesta a salir en una

revista, por ´o menos salir decentemente y con dignidad, o sea, con visan.

—Ahora estamos con lo del hambre de los chinitos y los negritos. Es una obra muy importante. Y se

necesita pedir mucho.

--Antes lo que pedíamos era sellos.

—Sí, pero los sellos ya se los comieron.

—Y cuando no hay hambre, pues hay un terremoto, el caso es estar ocupadas.

—Lo que yo digo: la Cruz Roja es muy bonita pero lo más bonito es dar de comer a un hambriento.

—¿Y sacar almas del purgatorio?

—Eso lo puede hacer cualquiera. Ustedes mismos, los pobres, quiero decir. A las almas se les echa

padrenuestros y a los niños hambrientos jamón y pollo.

" La gente bien cree en la familia numerosa y la practica por aquello de tener asegurada la raza y la

descendencia "

" La señora, todo hay que decirlo, trata a su empleada de hogar como a una criada, pero la llama «tata»

para disimular. Es una forma muy distinguida de sacudirse los problemas de conciencia "

" Todo lo que le roba a la empleada en sueldo lo invierte en «cáncer», y así, fuera remordimientos "

" En la Universidad se han perdido muchas niñas bien. O se han ganado, según se mire "

" Hoy señoras que, en un alarde de sacrificio, se quedan en casa limpiando los dorados con tal de sacar a

la tata de paseo y presumir de señorita para niños "

" La niña bien pasa modelos en algún desfile, y un año es fallera mayor, al otro, dama de la vendimia y al

otro, dama de compañía de un play-boy Todo gratis, es decir, en plan benéfico, como su mamá "

" Las cosas como son, a la gente bien hay que tocarla. Tiene una dureza especial La dureza del solomillo

diario "

—¿Y cómo se siente uno después de redimir a un niño de Ia miseria?

—Mire, antes de redimirle le mandamos a un misionero, que lo primero es lo primara. Y después se le da

de comer.

—Haga balance de esta temporada, «please».

—Pues verá, yo creo que por mi parte, con unas vinte tarjetas de Unicef, dos mañanas enteras de mesas

petitorias, dos tardes de festivales, una semana de Rastrillo y tal habré salvado a cero coma cero uno

cancerosos y por Jo menos a dos o tres chinitos.

—Perdone usted, pero me parece que los chinitos ya están salvados.

—No había caído. ¿Los chinitos son los de la China?

—Mayormente.

—¿De China de Mao?

—Más o menos.

—Entonces me borro. No se hable, más.

Y otra vez el lío. La señora bien vuelve al hogar, compungida y tristísima.

—Felipe, estoy derrotada. He dado de comer a un comunista.

—Pero mujer, si los comunistas comen solos. Te habrás equivocado.

Sin embargo, ella, erre que erre, se mantiene en sus trece. Una buena salida para olvidar el trauma es

dedicarse a la plata y a las compras. Por ese orden, primero la plata y luego las compras. La señora bien

es una aficionada a la plata. Yo creo que su afición le viene, más que nada, por el deseo subconsciente de

mantener ocupada a la servidumbre, fcn casa de una señora bien siempre hay una «tata» limpiando plata.

Lina cosa va con la otra. Como la pescadilla que se muerde la cola. Para tener plata hay que tener

servidumbre, y para tener servidumbre hay que tener plata, sí no, ya me dirán qué cono harían las criadas

todo el día en casa.

Finalmente está el capítulo de las compras. A nuestra señora le gusta ir de escaparates y, lo que es más

importante, de rebajas. Se conoce todos los chanchullos, los almacenes y las liquidaciones de memoria.

Como señoras bien hay pocas —entendámonos, hay pocas en comparación con la cantidad de señoras

menos bien —digo—, pues que como hay pocas, se co rren la voz de unas a otras, y en un par de días

cepillan las rebajas y las cuestas de enero.

—Oye, que he descubierto unos tapices fenomenales.

—¿Y para qué quieres tú unos tapices?

—Para nada. Pero mira, ¿a que son fenomenales?

—Divinos. Me tienes que dar la dirección.

Y cuando no son tapices son bolsos, alfombras, colonias, etcétera. A la señora bien le gusta comprar,

regatear y practicar la elegancia social del regalo. Hoy por ti mañana por mí. La señora bien no ha hecho

el bachillerato, a lo más que ha llegado es a dama de la Cruz Roja, y sin cobrar, pero maneja los números

que da gusto, y es la primera en pedir descuento cuando se presenta la ocasión. Sabe más que la industria.

Vive constantemente rodeada de letras y facturas, de rególos y pedidos, de ilusiones y esplendores. Por

eso sus hijos, los hijos de la señora bien, han salido así de cohsumis tas —¡ojo!, que consumistas viene de

consumo— y así de marimando-nes. Son los ya conocidos hijos de papá,

UNA JUVENTUD IMPECABLE

Ella, la nena de la casa, la esbelta, todopoderosa, rubicunda e impertinente nena de la casa, nació con los

anillos puestos, y ahora se le caen por menos de nada. Ha heredado de su madre la pasión por los

anticuarios, el culto a la plata, a los masajes y a la familia numerosa. Es una extraña mezcla de hembra

rancia y mujer universal. En su adolescencia practica la moda y el amor, pero sabe emprender la retirada

cuando la vida la depara un marido con futuro resuelto. A partir de entonces, una de dos: o se convierte en

la dama que siempre soñó ser o engaña a la concurrencia, y entre Unicef y Unicef, entre festival y

festival, se pone morada de experiencias y tentaciones.

La niña bien, por regla general es mala estudiante. Salvo raras excepciones, no puede ni con las ciencias

ni con las letras. En caso de que pueda con alguna, al hacer frente a la Universidad, su vida sufre un duro

golpe. En la Universidad se han perdido muchas niñas bien, o se han ganado, según se mire. Porque a la

Universidad no se va hablando de niñeras y masajistas, que queda muy feo y desentona lo suyo. La niña

bien por excelencia, sin embargo, cuelga los hábitos al llegar al COU —antes los colgaba en cuarto y

reválida, pero es que antes eran otros tiempos— y se dedica a pacer, ora en Londres, ora en Arguelles. En

la cosa de la paciencia se gasta los cuartos y la juventud, más lo primero que lo segundo, pues ella,

honradamente, cree que la juventud es una cosa para hacer tiempo, mientras llega y no llega la familia

numerosa.

La niña bien tiene un tipito acorde, o sea, bien. Un talle fino y unas piernas ideales para andar en pantalón

ceñido. Por culpa de sus atributos físicos, la niña bien pasa modelos en algún desfile, y un año es fallera

mayor; al otro, dama de la vendimia, y al otro, dama de compañía de un «play boy» pasado por agua.

Todo gratis, es decir, en plan benéfico, como su mamá.

—Ahora sólo me falta ser guapa con gafas, que lo demás lo tengo todo.

Vive para eso: para desfilar en las pasarelas y retratarse. De su belleza dan constancia la cantidad de fotos

que anualmente deja en las páginas de la «Hola», Claro que en ella, la belleza no tiene nin gún mérito.

Las hijas de la gente bien son guapas por definición. Por definición y por alimentación, pues no vamos a

descubrir ahora la magia del solomillo. La niña bien, cuando se casa, cambia las pasarelas por las mesas

petitorios y entra a formar parte del gran mundo, ese mundo que su mamá le ha servido en bandeja. Y asi

hasta que se muera. A poca distancia de la niña bien, pisándole prácticamente los talones, está el niño

bien, es decir, el reluís, el no va más de los luises, la quintaesencia del hijo de papá. El reluis es relamido

y juguetón, aséptico, de ducha diaria —en realidad, de ducha diaria hay mucha gente, pero al reluis se le

nota, se le huele y además lleva el pelo permanentemente mojado—. El reluis ha salido a su abuelo de

puro bien que es. Usa gabardina, peinado a lo fin de siglo —con una ligera concesión a la melena—,

jerseys de lana inglesa y sello en el anular con el escudo de la familia. El reluis mete a la familia en un

anillo porque no puede llevarla puesta todo el santo día, que abulta mucho. Habla como Marcelino Oreja,

hinchando la o y con eco por dentro. Antes hablaba con la ese, pero la gente se lo tomaba a cachondeo y

tuvo que cambiar de táctica. A veces tira a «play-boy», a veces a director de orquesta, aunque la verdad es

que no sirve ni para una cosa ni para lo otro. Casi siempre acaba siendo un don nadie en manos de los

poderosos. Al reluis generalmente le toca en suerte —o lo que es más probable, en herencia— una

empresa o un trocito de banco, dominios que él maneja de carrerilla guiado por una especie de sentido de

imitación. Es monárquico, eu ropeo, conservador y un poco bobo. Se apunta a todas las puestas de largo y

queda bonito allí donde le pongan.

—¿Y usted es de verdad, es de los auténticos?

—Señora, por favor...

—Que yo miro mucho por la compañía de mis hijas y últimamente me he llevado unos chascos terribles.

No se imagina.

—Me llamo Alvarez del Torrema-yor, para servirle.

—¿Hijo de los Torremayor? —En efecto.

—Su madre es muy amiga mía, por cierto. Todas las mañanas coincidimos en la peluquería. ¿Y dice usted

que es compañero de mi hija Marita?

—Sí, señora.

—Pues el otro día vino a casa un chico muy fino, muy educado, y yo tan creída, no le pregunté nada. Y

luego resultó que era hijo de un bombero.

—Horror. Un rojo camuflado.

—¿Así que usted es de verdad?

—Sí; toque, toque.

Porque, las cosas como son, a !a gente bien hay que, tocarla. Tiene una dureza especial. La dureza del

solomillo, que se llama.

C. R.

 

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