20-N. 
 No están todos los que son...     
 
 El Alcázar.    20/11/1978.  Página: 14-15. Páginas: 2. Párrafos: 3. 

LA verdad es que Madrid, en la mañana soleada y clara de otoño, tenía aire de romería, de

alegre romería, cuyos romeros caminaban todos en la misma dirección, y casi todos con alguna

muestra romera a la vista. También parecía que habían entrado los nacionales, y la gente

acudía a recibirlos, alborozada. La verdad es que, por mucho que digan ciertos interesados

definidores, de nostalgia, nada. De esperanza, todo. Fue como si, después del primer

aniversario de fidelidad, después del segundo de perseverancia —y de demostración de que la

pasión de España no se doblega ante los elementos en contra—, este tercer aniversario

resultara una clamorosa esperanza, una afirmación terminante: Aquí estamos los españoles de

la fidelidad, de la memoria, del agradecimiento, del aguantoformo, pero también los de la

alegría, los del clamor, los de la bandera en pie, romeros de una España que no quiere que la

maten y que no se va a dejar matar. Era la España del futuro, que no miraba a los balcones,

sino a las banderas; la España que saludaba desde las aceras a las banderas de los coches, la

España clara.

Madrid fue una romería de claridad, de luz y de esperanza. Madrid era ef pueblo llano que

quiere ser soberano, pero sin riületas interpuestas. Madrid era España, la España humilde, la

España trabajadora, la España indómita, la España clara. A la clara luz otoñal, que no tenía el

más mínimo deje de melancolía, España se quitaba el luto riguroso, recuperaba las viejas

canciones romeras, se llenaba de gente joven alborozadora y alborozada, y salía a decir que

aquí está para quien quiera algo de ella, incluso con un toque de gallarda fanfarronería, tan de

agradecer en estos tiempos en que todo se vuelven cabezas bajas, agachadas y serviles.

Era, ya digo, como si hubieran entrado los nacionales y todos fuésemos a recibirlos, después

de tros años de melancólica tristeza. Como si fuésemos en romería al encuentro con la

esperanza, a la lucha por el futuro, previamente acorazados contra el desánimo, los olvidos

interesados, el compadreo y la incomodidad. Madrid, ya digo, fue una romería, una fiesta, una

esperanza, una respuesta, un clamor. La nostalgia quedaba atrás, porque los tiempos no están

para modelar estatuas de sal. Ya digo: nadie miraba para los balcones de piedra, sino para las

banderas en marcha. Romeros con memoria, pero romeros hacia adelante. Romeros contra el

crimen, contra la atmósfera turbia de consensos y/o contubernios, contra la miseria de la Patria

clara.

Uno mismo, que es por temperamento bastante reacio a las multitudes, quedó ganado por la

alegría de la jornada. Los resabios críticos se los llevó aquella luminosa romería, igual que

venció las incomodidades del trayecto hacia la Plaza de Oriente, que tuve que hacer por

etapas. Debí ser el ciudadano 170.120, que llegó a la Plaza de Oriente una hora antes de que

se iniciase un acto indudablemente digno de llamarse de afirmación nacional, a juzgar por el

poco sitio de que dispuse para participar en él (y si el aforo está calculado tan seriamente, no

voy a ser yo quien lo discuta). Participé en él sacrificando a la alegría general del

descubrimiento de que con los agradecidos también se puede llenar el mundo, algunos de esos

resabios críticos que se obstinaban en repuntar. Habíamos encontrado la esperanza en el

pueblo y con el pueblo, es decir, con nosotros. Detrás de mí, un muchacho ronco llegado de

Bilbao. A mi lado, una señora llegada de un pueblo andaluz. Delante, un obrero madrileño.

Todos fundidos en la alegría, que borra los nubarrones de esta noche negra que le ha caído

encima a España. Todos con la unidad de España, con la unidad de sus hombres y de sus

tierras. Todos con la esperanza argumentada del amanecer, porque todos sabíamos que los

españoles somos capaces de superar momentos todavía peores. Todos con todos, cantando,

invocando, en una romería de júbilo.

Ya nos pueden echar computadoras, espotes y horteradas. Como si no. Las fuerzas nacionales

hemos hecho acto de presencia en el presente de España, para que no haya confusiones;

hemos hecho acto de presencia en el futuro de España, aunque lo quieran ahogar bájalos

artilugios electrónicos de la ITT.

Con el dolorido sentir llegamos todavía a la Plaza de Oriente. Pero salimos en romería camino

de los esfuerzos sobrehumanos para que España sea.

Es posible que muchos vayamos hacia el paro, hacía la muerte, hacia la cochina vida de la

traición y la noche. No importa. Quedó claro que no importa. Porque, además de que hoy es

siempre, todavía arden las luminarias de la esperanza en el aire de la romería.

Marcelo ARROITA JAUREGUl

2O-N

 

< Volver