Autor: Aguirre Bellver, Joaquín. 
 20-N. 
 Con esperanza y sin rencor     
 
 El Alcázar.    20/11/1978.  Página: 16. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

SEÑOR presidente, señores senadores, señores diputados:

CADA vez son más. No me atrevo a asegurar otra cosa que eso, pero de eso no cabe la menor

duda. Tanta es mi in-certidumbre y mi sorpresa que no arriesgo ni el sujeto de la oración. Sus

señorías añadan el nombre, el género, el caso, la especie y los atributos. ¿Se trata quizá de

esos restos, residuos, vestigios del franquismo que aparecen continuamente en los discursos

parlamentarios? Puede ser, pero no acaba de entrarme en la cabeza que unos restos no hagan

sino sumar. Si la cosa sigue así, los españoles van a poder clasificarse en vestigios y en

parlamentarios, una de dos. Y, aparte lo de ser más, cada vez los veo más firmes, más seguros

de sí, más entusiastas. Todo más.

REDACTO este parte para sus señorías porque he observado que en la tribuna de Prensa no

había Prensa. Al menos. Prensa española, un puñadito de periodistas; los extranjeros nos

podían sin esforzarse mucho. Ojos que no ven. Tampoco a esto le busco explicación, aunque

estoy seguro de que es muy facilita.

NI nostalgia ni miedo. No van por ahí las cosas. Tampoco, según suele decirse desde la tribuna

de oradores, en el Parlamento, pueden ser los intereses creados por la corrupción en cuarenta

largos años. Para corromper a tantos no habría llegado un presupuesto nacional tan ajustadito.

Además, pasa algo muy curioso y es que, puestos sus señorías a liquidar residuos, dieron de

lado cuidadosamente a los leales, sin reparar en que la corrupción y la lealtad van

raramente unidas; con lo que se ha realizado la más estupenda selección de gente de poco

fiar. Ya sé que todo esto es yerba de la primera etapa, que se siega luego. Pero ándense con

presteza porque, si no, será de ver quién siega a quién. Desleales y corrompidos selectos

pecarán de cualquier cosa, menos de inadvertidos.

PERO, si de todo esto no hallé señal, más me sorprendió otra cosa: no había en la Plaza de

Oriente rastro siquiera de rencor. Sé que saberlo les serviría a sus señorías de gran consuelo,

lo mismo que a todos los españoles, sean de izquierdas, de derechas o de Centro

Democrático. Mira que lo busqué; pues no pude hallar la menor huella de rencor en aquella

muchedumbre. Y razones, si llegan a quererlas, ¡válgame Dios! Bueno, alguna coplilla contra el

presidente del Gobierno, alguna chufla dedicada a sus señorías, pero, ¿qué menos? Con la

mano en el corazón digan qué menos se podía esperar, cuando sus señorías no pierden la

ocasión, que todo hay que decirlo.

ME extrañó mucho esta ausencia de rencores. Va para dos siglos que la política se instaló

sobre el odio y fue como sembrar en mala tierra: poca flor y dañina. Y me pasó algo notable.

Puede que tuviera la responsabilidad el sol de otoño que alegraba el corazón de promesas, un

sol dorado tibio que abrigaba la Plaza de Oriente, puede que fuera el sol, pero hubo en la

mañana un momento en que presentí una política de esperanza. Me dije: «¿Por qué no?» Y

luego me puse a imaginar que a lo mejor era posible todavía una España en la que nadie se

sintiera enemigo.

¿Y si sus señorías se han equivocado? ¿Y si sus señorías no tu vieran nada que temer, nada?

¿Y si fuese verdad que estas gentes les abrieron los brazos llenos de buena voluntad, y con los

brazos, el corazón y hasta los escaños del Parlamento? ¿Eh, qué pasaría entonces? Pues

pasaría que todo había sido, todo, un tremendo error. Y sigue siéndolo. ¿No les preocupa esta

posibilidad, sus señorías venga a perseguir, venga a condenar, y los demás no sabiendo, no

comprendiendo nada absolutamente, preguntándose «qué les hemos hecho»? Sería una

situación muy curiosa, pero, también, muy llena de peligro. Y es que nunca se sabe hasta

dónde llegará la paciencia del que nos abre la puerta de su casa y se ve maltratado por los

huéspedes.

CADA vez más. Sus señorías tienen la palabra para explicar un hecho semejante. No, ya no

valen tópicos parlamentarios. Después de una mañana entera observando los gestos y los

rostros, está claro que esta gente no tiene nada de que arrepentirse. Más aún, es posible que

tenga mucho de que enorgullecerse. ¿Y entonces, señorías?

ACONSEJO que vean sin pasión, sin prejuicio, sin consenso, esta mañana de una

muchedumbre cara al sol en la Plaza de Oriente. Acababa de morir Francisco Franco y le

dediqué mis primeras palabras de elogio. Dije entonces que si un día las cosas en España iban

mal, si un día la política se volvía contra España y por ninguna parte surgía el hombre de esa

hora, la Plaza de Oriente sería escasa otra vez. Ayer no daba de sí lo suficiente y rebosaba los

entusiasmos. ¿Qué está pasando? Porque en el Parlamento todo es espléndido, las cosas

marchan por el mejor camino, si bien se mira no existen problemas. Me gustaría que fuera así,

también, en este otro hemiciclo sin techado, pero yo no puedo mentir a nadie, y menos a

vuestras señorías. Tengo para mí que nuestra gente necesita respirar, otra vez, esperanza.

Joaquín AGUIRRE BELLVER

CON ESPERANZA Y SIN RENCOR

 

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