Autor: Sáenz de Heredia, José Luis. 
   Un solo 20     
 
 El Alcázar.    20/11/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

UN SOLO 2O

FRANQUEO concertado

Querido José María:

Nuestro «franqueo» llega por la primera vez a u ñas fechas que bien pudiéramos decir que son

las suyas. O que es en ellas cuando se encuentra más justificado.

En la tuya anterior haces una muy oportuna exhumación de aquel «Franco, para "extranjeros"»,

que te pidió de encargo Robles Piquer en 1965, porque hoy los extranjeros ya está visto que

los tenemos dentro como el enemigo en aquel anonadante cuartel de Simancas, y que hay que

volver hacia aquí las andanadas. Y mejor que nunca en estas fechas que son tan «de ellos»,

tan de esas dos figuras que absorben por entero la mejor conciencia española de hoy y que

están llamados (cada dia con más hondo clamor) a llenar de ejempla-ridad este largo y

transcendental capítulo de nuestra historia. Cada día más juntos, más «soldados», más unidos

en todo; hasta en sus tumbas y en sus aniversarios. Es escalofriante ese coincidir con la

muerte el mismo día del año llegando cada uno por tan diferente acceso. No puede ser sólo

azar. Y si lo fue, es lo mismo, porque de todas las maneras tenemos que dar gracias a Dios por

dejar que se marque como providencial, ¿no llevamos siglos entendiendo así «el camino de

Santiago»?

Desde el 20 de noviembre del setenta y cinco son cada vez menos los que se plantean como

oráculo trascendental, el tan incontestado desde aquel otro 20 de noviembre del 36: ¿Cómo se

hubieran llevado o entendido Franco y José Antonio? Desde el encontronazo de la

«Unificación», que dio lugar a tan duros enfrentaraientos, se han debatido muchas tesis que

resonaron mucho y que aún resuenan. Pero cada vez menos. Resuenan y seguirán resonando

con la misma vibración que mueve el apetito de conocer completo un trozo de la historia al que

le falta un pedazo. Pero para mí no pasa de «puzzle». Si me autorizas a usar de este ejemplo,

te presentaré que hoy tenemos a San Pedro y a San Pablo coronando como padres fundadores

la misma Iglesia de Cristo y unidos para los cristianos en la misma devota gratitud de pastoreo

y de enseñanza. Pero, ¿qué coincidencias personales tenían Pedro y Pablo? Pocas.

Sabemos que muy pocas. Quizá sólo una y existente en estos dos seres diversos por el mismo

mandato iluminado, pero era la importante. Algo muy similar entiendo que se da y se hubiera

dado en lo importante de nuestros dos grandes recordados de hoy, y que cada día se

representará en ellos como más entroncado.

Tuve la inmensa suerte de tratar a los dos personalmente aunque no pueda hacer valer este

feliz privilegio en apoyo «técnico» de mi argumentación porque a los dos los traté

personalmente poco. A Franco poco, porque aunque hice, digamos «con él», dos películas y

aunque el libro de una de ellas, «Raza», era suyo, y aunque los boletines de las cloacas lo

señalaron siempre como un absorbente dictador para todo, la verdad es que en ninguna de

ellas tuvo otras intervenciones que la de salir a ver la primera copia de «Raza» en su sala de El

Pardo (primer día en que le vi personalmente y tuve el honor de darle la mano), y la de la

entrevista que en esa misma histórica sala y accediendo a mi petición, me concedió para

«Franco, ese hombre». Entre esas dos ocasiones y después de la segunda tuve otros

contactos, todos cordiales y dos de ellos en audiencia privada, pero insuficientes para poder

argüir o basar en ellos conocimiento hondo por razones de intimidad. Pero estoy seguro, sin

embargo, y a pesar de eso de haberle conocido «francamente bien ».

Con José Antonio el trato personal tampoco fue muy denso. Eramos primos hermanos, sí; pero

él me llevaba ocho años (que es mucho en esas edades) y me Nevaba algo que aún

distanciaba más: él era un estudioso fenomenal, inteligente, serio y organizado, y yo era una de

esas calamidades que extienden su mala fama por toda la familia y que tratan, por evasión de

las filípicas, de contactar con los demás lo menos posible. Una vez (debió ser el año 29 o el 30)

fui invitado a comer con los primos en su casa del Paseo de la Habana (donde algunos años

más tarde le «rodó» la Fox los únicos metros de película que existen de él) y José Antonio me

bajó después en su coche. Mi pobre madre y tía Má se habían conchavado previamente para

presionar al que ya era la mitad, por lo menos, del gran José Antonio, y que «viera de

encontrarme algo»: una colocación en algún sitio puesto que estaba visto que no iba a rematar

carrera.

Sabía yo, porque lo había oído comentar cientos de veces en casa, que si algo le encrespaba

indignadamente a José Antonio eran las recomendaciones, y bien sabe Dios que de no haber

andado por medio el muy justificado deseo de mi madre de resolver algo, hubiese hecho lo

posible por bajar andando. Y sabía José Antonio que mi madre, a la que ciertamente trató

siempre con entrañable ternura, porque sabía de su necesidad, precisaba auxilio de sus hijos y

que para buscar el mío había formado coalición irrefutable con tía Má. Es la verdad que

ninguno de los dos íbamos en el coche muy a gusto.

Empezó con tono de hermano mayor; de riña. Además de autoridad, tenia razón. Y razones.

Yo lo aceptaba, claro está, sometido y balbuceando. Ya, mediado el camino, tajó en directo:

«Bueno, vamos a ver, ¿dónde has pensado colocarte?» Y tuve el desacierto de contestar:

«Donde sea.» Y entonces sí que el réspice fue bueno: «¿Ah, dónde sea?» «¿Es que sirves

para todo?» «No, no... que me conformo con lo que sea.» «Con lo que sea. Ya. Pero ese "lo

que sea" soy yo, por lo visto, quien tiene que decidirlo y encontrarlo.» Me turbé. El apuró:

«¿Quésabes hacer mejor?» «Bien, bien, no sé hacer nada importante... pero de aprendiz... si

buenamente...»

Hablamos muy poco más y le pedí que me parara donde el antiguo Hipódromo, Dulcificó en la

parada mucho más el tono y, para despedirme, me dijo: «Hay una cosa que estoy seguro que

sabes hacer.» «¿Cuál?» «Rezar», rió él. «Eso sí», reí yo. «Pues reza y pide algo que yo

también lo haré.» Volvió a reír, nos separamos y yo respiré aliviado. Eché a andar Castellana

abajo, reviviendo la difícil escena y por obedecerle empecé a rezar. Fue la primera vez que

recé por José Antonio.

Hoy, en el Valle, rezaré de nuevo por él. Y por Franco, claro está. Y le pediré a Dios que nos dé

por ellos a los españoles, en esta hora tan dramática y tan difícil, esa misma unión en lo

importante y en lo principal y, si es preciso, esa misma muerte.

Espero verte allí.

Un fuerte abrazo,

José Luis SAENZDEHEREDIA

 

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