Declaración colectiva de los metropolitanos españoles sobre los problemas morales  :   
 Es necesario cuidar que los beneficios de la estabilización lleguen a los productores en proporción equitativa. 
 ABC.    06/02/1960.  Página: 23-24. Páginas: 2. Párrafos: 47. 

DECLARACIÓN COLECTIVA DE LOS METROPOLITANOS ESPAÑOLES SOBRE LOS PROBLEMAS

MORALES

ES NECESARIO CUIDAR QUE LOS BENEFICIOS DE LA ESTABILIZACIÓN LLEGUEN A LOS

PRODUCTORES EN PROPORCIÓN EQUITATIVA

UNA CONDUCTA SOBRIA Y AUSTERA EN LOS QUE MANDAN, EN LOS RICOS, LOS EMPRESARIOS Y

LOS OBREROS

Los metropolitanos españoles, con fecha 15 de enero, han suscrito una pastoral

colectiva sobre los problemas, universales que plantea la estabilisación

monetaria como preámbulo a un plan de desarrollo económico de nuestra Patria.

El texto integro del documento es el siguiente:

"Algo más de tres años han transcurrido desde que los metropolitanos españoles

hicimos pública una declaración sobre el momento social de nuestra Patria. Hay

abundantes motivos para afirmar que el documento tuvo resonancia y fue acogido

con profunda satisfación. Sus enseñanzas hallaron eco insospechado en las

conciencias de los católicos españoles. Y un general sentimiento de confianza en

la acción vigilante de la Iglesia logró que aquella semilla multiplicara sus

beneficiosos efectos, a través de campañas, cursillos y publicaciones sin

número.

Es necesario, sin embargo, reconocer que para elevar la conciencia social de

nuestro pueblo hasta aquel nivel que exigen a una gloriosa tradición cristiana y

el papel que le está reservado en la construcción de un mundo mejor, quedan

bastantes etapas por recorrer. Por nuestra parte no ahorraremos ningún esfuerzo

por acelerarlas.

Justamente con ese fin, la jerarquía española ha dado a la publicidad un libro

que juzgamos de excepcional importancia. El "Breviario de Pastoral Social", de

la Comisión Episcopal de Doctrina y Orientación -Social, viene a poner en manos

de nuestro clero, diocesano y religioso, un instrumento decisivo para su

apostolado social. Y estamos seguros de que sus frutos no tardarán en recogerse.

Conscientes, pues, de nuestro deber, y mirando tan sólo el bien de las almas,

queremos hoy proyectar la luz del Evangelio sobre un asunto que reclama, nuestra

atención y preocupa los ánimos de muchos. Nos referimos a las medidas

recientemente adoptadas en nuestro país para lograr la estabilización monetaria,

como preámbulo a todo un plan de desarrollo económico.

VISION MORAL DEL PROBLEMA

Conviene, desde el primer momento, advertir que, consecuentes con los principios

de la doctrina social de la Iglesia, al hacer uso de nuestro derecho y cumplir

nuestro deber de iluminar las conciencias sobre un problema tan concreto de

orden temporal, no pretendemos enjuiciar los aspectos técnicos de las

disposiciones dictadas por la autoridad del Estado. Ni es ésa nuestra misión, ni

disponemos tampoco de elementos de juicio para hacerlo.

Nuestra intención se dirige, más bien, hacia los aspectos de orden moral que

tales medidas entrañan. Y, al entrar en un campo tan propio nuestro, nos

dirigimos por igual a todos aquellos sobre los que recae, en mayor o menor

grado, la responsabilidad en. la ejecución y en el éxito definitivo del plan

trazado.

Es, sin duda, laudable, la, intención del Gobierno español al promover la actual

estabilización, porque con ello intenta promover el progreso económico del

país, procurar a nuestro pueblo mayores y mejores oportunidades de trabajo,

elevar su productividad hasta un nivel comparable con el de las naciones más

desarrolladas, y elevar los salarios y beneficios de los trabajadores hasta el

nivel deseado.

Por eso, pensando en el esfuerzo de los que mandan, en la disciplina de los que

obedecen; en la rectitud e intención de todos, y en la misericordia de Nuestro

Señor Jesucristo, siempre vivo para interceder por nosotros", creemos, que debe

abrirse el pedio a la esperanza. A una esperanza "verdadera, exuberante y

sobrehumana", según la frase de Pío XII, aún en medio de los azotes que

desgarran a la Humanidad.

POSTUBA CRISTIANA

Por nuestra parte, queremos hacer un llamamiento a la conciencia cristiana de

todos: Cada momento, cada circunstancia, exigen del cristianismo una

determinada postura. Si el problema afecta, como en este caso, a todo un país

que se dice y quiere, ser cristiano, es necesario que moralmente todo el país

responda cristiana mente a las exigencias del momento. Y es evidente que,

cualquira que sea la evolución futura de los acontecimientos, va a ponerse a

prueba el espíritu de solidaridad entre todos los españoles y su capacidad de

sacrificio en aras del bien común.

El programa nos lo traza el Apostol, al decirnos que vivamos "sobria, justa y

piadosamente". ; Programa tan antiguo como la Iglesia y que se extiende sobre

los ricos y los pobres, aún cuando no con las mismas proporciones.

SOBRIEDAD. V AUSTERIDAD

Esto es lo que esperamos de todo ciudadano, por tratarse de la primera exigencia

cristiana del momento.

Sobriedad y austeridad, ante todo, en quienes mandan, obligados a predicar con

el ejemplo". Sobriedad en su vida personal ,y privada. Austeridad en sus

actuaciones públicas. Lo cual significa supresión de gastos Inútiles, y aun

reducción de todo aquello que no sea absolutamente exigido por su función.

Austeridad ejemplar, vivida y practicada con profundo espíritu sobrenatural, que

prepare en nuestra Patria los caminos del Señor hacia un mañana más próspero.

Sobriedad y austeridad en los ricos, en los pudientes y particularmente en los

empresarios y propietarios de empresa. No sería justo pedir austeridad a

trabajadores y empleados, mientras éstos tengan una remuneración a todas luces

insuficiente, y aquéllos, en cambio, acumulen sueldos pingües, no se contenten

con margenes moderados de ganancia, y aún descuiden la inversión conveniente de

los beneficios en mejora de instalaciones y ampliación y solidez de la empresa.

Sobriedad en los gastos personales y familiares; supresión del lujo; moderación

en el uso de tantas diversiones, y espectáculos, con mucha frecuencia caros.

Esto exige no montarse en un tren de vida-—nos valemos de una expresión

corriente—que está reñida con la modestia cristiana, e incluso puede provocar el

escándalo en los de abajo.

Sobriedad y austeridad en los funcionarios y empleados de todas clases.

Ejemplaridad de vida, entregada a un trabajo que es holocausto agradable a Dios,

porque es servicio a los hermanos, en el puesto de responsabilidad

administrativa que cada uno ocupa.

Sobriedad y austeridad en los sacerdotes, religiosos y religiosas con la que

esparzan alrededor suyo, de sus iglesias, de sus casas, de sus colegios, de sus

clínicas y de todas sus instituciones ese buen plor de Cristo—del Cristo

pobrisimo en Belén, sobrio en toda su vida, y austero y desnudo en la cruz—que

invita irresistiblemente a la imitación.

Sobriedad también en vosotros los obreros, los hijos del trabajo, los hermanos

de Jesucristo y San José Obrero.Sabemos los temores de muchos, las angustias de

tantos, la dolorosa realidad de no pocos. Pero también vosotros sabéis que, a

veces, esta frivolidad moderna se os entra por las puertas, y os hace gastar en

diversiones y cosas innecesarias los modestos recursos . que vendrían muy bien

para vuestros alimentos, vivienda, vestidos, y para adquirir una sana cultura.

JUSTICIA SOCIAL

Y con la sobriedad, la justicia. Y más que nunca, la justicia social.

Recordamos una vez más a todos el deber de abrir paso a una más justa

distribución de bienes—de todos los bienes—y a un más equitativo reparto de las

cargas, para acortar las distancias y suprimir irritantes desniveles.

Las medidas de estabilización descansan, sin duda, en gran parte, sobre la

actuación de la iniciativa privada. Pero exigen de ésta una clara conciencia de

su responsabilidad para con la sociedad, y directamente para con los hombres que

de la empresa dependen. Y es tanto más necesario recordarlo, cuanto que el

periodo de intervencionismo en que vivió nuestra economía ha contribuido no poco

a hacer olvidar el verdadero alcance de las responsabilidades que pesan sobre la

iniciativa privada.

E igualmente, los trabajadores, teniendo conciencia de su deber, han de

contribuir activamente al desarrollo y progreso del país, mediante un trabajo

honrado y eficaz. Pero es necesario advertir que los obreros son igualmente

conscientes de su derecho a) respeto de su dignidad humana: y a una

participación en el aumento de bienestar de la nación, proporcionada a sus

necesidades reales y a su real aportación al bien general.

Nadie puede acusar a los obreros de haber provocado una loca carrera de precios

y salarios,: planteando sus reivindicaciones con el apoyo de sus fuerzas

organizadas. Podrán achacárseles otros defectos, pero, a poco que se analice, se

advertirá que, o son comunes con los de los restantes estamentos de la sociedad,

o encuentran muchas veces su explicación, aunque no lo justifiquen, en la parte

excesiva que les na correspondido del sacrificio común, representado para ellos

por el nivel de los salarios, la duración de la Jornada o el estado del

utillaje.

En cuanto a la autoridad, varios son los deberes morales que sobre ella pesan en

la hora presente. Por lo mismo que la .medidas de estabilización, y las

subsiguientes medidas de desarrollo económico, han de exigir, a corto plazo,

sacrificios a todas las clases del país, es evidente que, para que se acepten

sinceramente y se secunden por todos habrán de darse varias condiciones:

información suficiente que permita orientarse en las decisiones de acuerdo con

los objetivos propuestos, y una cierta participación en la gestión conjunta, que

haga posible el esfuerzo solidarlo que se reclama de todos.

Para con los obreros, concretamente, toca a la autoridad del Estado una

particular responsabilidad moral. El hombre que trabaja suele tener la sensación

de ser pieza fundamental de todo plan o reforma económica. Y es. deber del

Estado quitar todo fundamento al temor de que las consecuencias desfavorables

que se sigan han de afectarle a él más que a los ricos y poderosos.

La estabilización ha de producir, sin duda, efectos morales beneficiosos, tales

como el refuerzo de la disciplina laboral y la mejora del rendimiento. Y los

obreros conscientes son los primeros en desear que así sea. Pero será necesario

también- actuar con exquisito sentido de justicia social, para que, cuando los

planes comiencen a fructificar, sus beneficios lleguen a los obreros en

proporción equitativa.

Nada más claro para resumir la misión del Estado en este punto que la áurea

regla de León XIII en la "Rerum novaran: ."...Al defender los derechos de los

particulares, ha de tenerse un cuidado especial con los de la clase ínfima y

pobre. Porque la cíase rica, fuerte ya de por sí, necesita menos la defensa

pública, mientras que las clases inferiores, que no cuentan con propia defensa,

tienen una especial necesidad de encontrarla en el patrocinio del mismo Estado.

Por lo tanto, el Estado debe dirigir sus cuidados y su providencia

preferentemente hacía los obreros, que están en el número; de los pobres y

necesitados."

De otro lado, caen dentro de las exidencias estrictas del bien común las

medidas—ya iniciadas felizmente—tendentes a suprimir algunas causas

institucionales de las que depende, la subida de los precios: monopolios o

intermediarios principalmente, pero también ciertos impuestos sobre el consumo,

así cómo toda impericia y falta de eficiencia en "la gestión de los servicios

públicos.

Digamos también una palabra sobre el problema del paro, uno de los que más

pueden preocupar a todos, pero particularmente a quienes se sienten amenazados

por él.

El paro forzoso plantea graves problemas de orden moral, social y humano, que la

conciencia cristiana no puede desconocer. Permítasenos, sin embargo, aludir en

primer lugar al llamado "paro encubierto". En opinión de los expertos, es éste

un mal endémico en nuestra nación—tanto la. industria cómo en la agricultura—,

cuya cuantía, por su misma naturaleza, no es fácil determinar, pero en el cual

reside una de las causas principales del escaso nivel de productividad de

nuestro trabajo.

Que esta situación debe terminar, no es cosa que pueda discutirse. Pero no seria

justo pretender que una situación tan prolongada, imputable a muy diversas

causas, deba tranformarse radicalmente en un paro real y visible- que ni podría

ser absorbido por las nuevas empresas que se creen, ni eficazmente

contrarrestadas a base de subsidios de paro.

Hoy por hoy, según los informes, el paro visible no alcanza cifras excesivas.

Dios quiera que la cifra no aumente en los meses venideros, por cierre de

empresas en unos casos, por reducción de plantillas en otros. Lo más frecuente

hasta ahora es suprimir o reducir el número de horas extraordinarias, así como

ciertos estímulos o incentivos, voluntariamente Implantados por muchas empresas,

todo lo cual arrastra

consigo una disminución de los ingresos familiares.

Mas todavía que a los trabajadores de plantilla el despido afecta hoy a los

llamadas "obreros eventuales", expresión equívoca con la que se designa, no

pocas veces, a obreros respaldados tan solo por contratos trimestrales o

semestrales, que, por estar sujetos a renovación periódica, ofrecen .menos

resistencia a la, rescisión unilateral por parte" dé la empresa. También hay

indicios de despido entre los aprendices, cierta presión entre los obreros en

edad próxima a la jubilación para que la soliciten antes de tiempo y una

evidente disminución de las posibilidades de practicar el doble empleo.

Todo ello no es todavía el paro espectacular. Pero lleva consigo consecuencias

de orden moral, suficientes para preocupar a la conciencia cristiana. Supone,

ante todo, una disminución del poder de compra de los salarios reales. Plantea,

en ocasiones, la necesidad de emigrar en busca de nuevos puestos de trabajo,

bien a zonas más atrayentes de la nación, bien al extranjero. Favorece la

tendencia de la mujer a trabajar para ayudar al marido. Y, desde luego, facilita

el camino a una psicosis de inestabilidad económica para el futuro, capaz de

sembrar la angustia en los hogares de los trabajadores.

En este estado de ánimo, que fácilmente puede ser atizado con unes torcidos,

sobre todo si se encuentra algún fundamentó en el derroche y la ostentación,

públicos o privados no hay quien no descubra un grave riesgo moral y una

peligrosa amenaza para la paz de la sociedad que todos, en conciencia, estamos

obligados a evitar.

No es necesario repetir de nuevo que no es misión nuestra penetrar en el termo

de las soluciones técnicas. En el orden moral, lo que sí afirmamos es que el

derecho al trabajo, consecuencia del derecho a vivir con la dignidad que exige

la persona humana, constituye un principio fundamental de la doctrina social de

la Iglesia. .Nadie, en conciencia, puede acudir al despido si no es en. última

instancia,después de agotar honradamente todos los recursos. Y aún entonces no

se podría imponer de cualquier modo, sino mediando un cierto período de aviso y

ateniéndose a una orden de prelación, que tenga en cuenta todas las

circunstancias personales y familiares de cada trabajador. En cualquier

hipótesis, deberá evitarse en las empresas tener clasificados como meramente

"eventuales" los obreros que debieran ser clasificados como "de plantilla". En

cuanto al subsidio de paro, es necesario advertir que, aúncuando fuera generoso,

nunca podrá proporcionar más que un mínimum, reducido en la duración, casi

siempre insuficiente en la cuantía y del que muchos, sin culpa suya, no podíán

disfrutar, porqué lo impedirán diversas razones de orden técnico. Y por ello es

un deber moral de todos procurar evitar el paro, en cuanto sea posible, a la

vez que procurar, nuevos medios de obtener trabajo. Sería por tanto de desear

que, si las dificultades técnicas no son insuperables, los trabajadores que

inevitablemente, hayan de quedar desempleados, recibieran ocupación y jornal

suficiente en obras dé pública utilidad y evidente necesidad, como construcción

de viviendas, de escuelas, de carreteras y otras, que fácilmente pueden absorber

una buena parte de la mano de obra no especializada, la mas expuesta en esta

coyuntura, a verse privada de trabajo. Obligación que incumbe también a cuantas

personas y entidades tengan posibilidad de crear trabajo y riqueza.

DEBEMOS SOLIDARIZARNOS CON TODOS LOS ESPAÑOLES

La última recomendación del Apóstol en el texto antes citado es la de que

vivamos piadosamente. En otras palabras, que practiquemos la piedad. Virtud es

esta para muchos desacreditada, por ignorar su. verdadera naturaleza. Porque la

piedad no puede confundirse con cierta propensión ó facilidad para los actos

religiosos. Ni se identifica tampoco con esa especie de dulzura o bondad de

carácter que suele adornar a muchas personas piadosas.

La piedad es una auténtica virtud, una estrella más en la constelación de

virtudes que brilla en torno a la virtud cardinal de la justicia. Es, por tanto,

una fuerza, una energía espiritual, que opera habitualmente en el hombre piadoso

y le hace amar, respetar y venerar, con todas las consecuencias prácticas que

ello supone, a quienes ejercen sobre él una verdadera paternidad, a saber: Dios,

sus progenitores y. la Patria.

Dejando aparte la piedad para con los padres, queremos particularmente exhortar

a todos, en estos momentos, a la práctica de la pie dad en cuanto es amor de

DIOS nuestro Padre y amor a nuestra Patria.

Practicar la piedad es vivir, ante todo, la paternidad divina sobre nosotros. Y

como consecuencia, sentimos hermanos de todos los hombres, verdaderos hijos de

Dios como nosotros, por la naturaleza y por la gracia. Ajustar nuestra conducta

como miembros de la gran familia divina, en la que los sufrimientos, los dolores

y las privaciones de los hermanos, así como sus alegrías y sus triunfos, los

consideramos cómo propios y los compartimos de corazón. Y, en nuestro caso,

descubrir, con esta visión sobrenatural, la verdadera naturaleza de nuestras

relaciones con todos los hermanos que con nosotros comparten las dificultades

del momento.

Practicar la piedad es amar a la Patria, dentro de la gran comunidad humana ya

que en la Patria recibimos el ser y con él & cultura, la historia las grandezas

y hasta las... miserias y defectos. Vivir, por tanto, piadosamente equivale a

ser auténticos patriotas, sentirnos solidarios con los treinta millones de

hombres y mujeres que con nosotros vieron la luz en el viejo solar hispano.

"La piedad—dice San Pablo—es útil para todo;"-´Bien entendida, bien practicada,

será útil también para fortalecer nuestro espíritu de sobriedad y para

estimularnos a practicar mejor la justicia. Y, en suma, para vivir intensamente

el dogma inefable del Cuerpo Místico de Jesucristo, en unos momentos, en unas

circunstancias, en las que España puede y debe dar al mundo un ejemplo

colectivo de madurez cristiana.

Con estos augurios, en los comienzos del año 1960, enviamos a la gran familia

española el testimonio de nuestras oraciones y de. nuestro afecto.

Madrid, 15 de enero de 1960.-Enrique, cardenal Pla y Deniel, arzobispo de

Toledo; Benjamin, cardenal De Arriba y Castro, arzobispo de Tarragona; Fernando,

cardenal Quiroga y Palacios, arzobispo de Santiago; José María, cardenal Bueno

Monreal, arzobispo de Sevilla; Luciano, arzobispo de Burgos; Marcelino,

"arzobispo de Valencia; Luis arzobispo de Sión, vicario general castrense;

Rafael, arzobispo de Granada; José, arzobispo de Valladolid; Javier, arzobispo

de Oviedo; Casimiro, arzobispo de Zaragoza, y Enrique, arzobispo de Pamplona."

ABC. SÁBADO 6 DE FEBRERO DE 1960. EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG.

3S

 

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