Moralidad pública     
 
 ABC.    14/08/1960.  Página: 66. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

MORALIDAD PUBLICA

Los veranos plantean de forma más urgente y específica -por su exterioriza-cíón—

los problemas de la moralidad pública. Es entonces cuando la opinión de las

gentes adopta perfiles más concretos—en uno u otro sentido—; cuando se acera más

la crítica favorable o adversa de modos y costumbres de vida; cuando, en fin, la

autoridad civil plasma en normas de policía su sentido vigilante de defensa

social y cuando la autoridad eclesiástica da más enérgicas y elocuentes voces de

alarma. El problema no es, pues, de ayer, sino que su vigencia es permanente y

la exigencia de su planteamiento y corrección se muestra cada día con más

fuerza.

La moralidad pública, circunscrita al sentido vulgar de este término, que le

concentra en las tradicionales formas sociales del pudor sexual, es sin duda una

de las fibras más sensibles del pueblo español. Es indudable que aquí, pese a

excepciones cada vez más extendidas, lo impúdico, lo procaz, repugna vivamente a

la concienciaciudadana. Puntualicemos a la recta conciencia ciudadana, de la que

debe excluirse la timorata gazmoñería tanto como la relajada perversión de

principios. Es, pues, el clima mayoritario español, el medio amblente de nuestra

Patria—informado dé un cristianismo esencial, pese a sus deformaciones

accidentales—, el que debe dar la pauta de la conducta externa de los españoles

en esta materia. Playas, paseos, piscinas, modas, relaciones conyugales y

prematrimoniales deben, pues, tener la exclusiva impronta cristiana, que podría

o no ser también española, pera que de hecho lo es. Y no hay por qué buscar

módulos ni modelos extraños cuando podemos encontrar en nuestra íntima

idiosincrasia los postulados, de la única moral y ética imperecedera: la

católica.

En esos postulados laten y se expresan muchos aspectos dé la moral más o menos

tangenciales al expuesto, pero no menos importantes, y cuyo estudio nos llevaría

muy lejos. Son también muy conocidos, sobre todo por los que con ellos procuran

minimizar aquél.

Por otra parte, hemos de notar que si las manifestaciones externas de la

impudicia ciudadana son las más escandalosas por lo directas—y ello levanta las

más inmediatas protestas—, no haríamos nada si no acudiéramos a su rafe o si

desplazáramos su solución a elementos -que sólo pueden tener un valor

secundario, aunque imprescindible. A este respecto hemos de fijarnos en la niñez

y en .la juventud, de las que tanto se habla, y cuyos desvíos escandalizan a

los mayores, fautores de ellos casi siempre por su falta de ejemplaridad y su

inconsciencia. Nunca se meditará bastante en que los hijos serán no lo que los

padres aparenten, sino lo que en realidad sean, y que para su prestigio moral

ante los hijos no basta limitar su labor a los afanes del sustento material.

Finalmente, señalemos el carácter, esencialmente interno de ese saneamiento de

costumbres qué con harta razón tanto se propugna. La raíz de toda corrupción

moral está en el espíritu de los hombres que la padecen, y son éstos, es la

sociedad, el único reactivo :contra ella. La sociedad no admite sustitutivos en

esta materia ni el, hombre puede delegar en nadie su dignificación moral y

ciudadana. Cuando se urge a la autoridad que vele por la decencia pública no

puede pedirse más que el ejercicio de su derecho y deber de emplear la coacción

contra quien la necesite. Pero esa coacción nunca podrá más que guardar las

formas y prevenir las grandes avenidas del lodo. Es una manifestación de un

recto obrar del Poder público, pero no instrumento infalible, de moralización.

Un pueblo no es moral por las normas que se le imponen desde fuera, sino por las

que él acepta y vive desde dentro. Sólo el hombre es capaz de adecentarse a si

mismo.

 

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