Dilema para europeos     
 
 ABC.    27/04/1973.  Página: 30. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

ABC. VIERNES 27 DE ABRIL DE LA EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG. 30.

DILEMA PARA EUROPEOS

Todo cuanto se entendía tácitamente; en especial, esa interdependencia entre los problemas comerciales y

monetarios de Europa y los Estados Unidos, ha sido puesto de manifiesto, formalizándolo incluso como la

sistemática propia de un programa político, en las recientes y muy importantes declaraciones efectuadas

por Henry Kissinger, asesor del presidente Nixon en cuestiones de seguridad nacional. El profesor de

Harvard, al colocar sobre el tapete los criterios presidencia-les en este «año de Europa», ha puesto, bien

de manifiesto, la relación de fondo que existe, el nexo de estructura, entre el importante capítulo de la

defensa europea y la colisión entre la prosperidad y la pujanza económica —fundamentalmente la del

Mercado Común— y la continuación de aquella trayectoria, ascendente, en que los Estados Unidos se

encontraban al finalizar, por medio del Plan Marshall, el relanzamiento económico de un Continente

devastado por la guerra.

Desde dos perspectivas o puntos de valoración cabe contemplar el actual estado de las relaciones entre los

Estados Unidos y Europa; relación que habría que matizar, poniendo a un lado lo que son problemas entre

Norteamérica y el Mercado Común ampliado, y a otro las cuestiones específicas de los nexos de defensa

y del intercambio económico, de EEUU, con los países europeos que ni son miembros de la CEE ni,

tampoco, fueron en su día beneficiarios del Plan Marshall. Desde la perspectiva de una Europa

políticamente independiente y con los recursos bastantes para poder organizar su propia defensa,

fundamentado todo en la potencia económica conseguida a través del acuerdo en unos circuitos

económicos exclusivos y excluyentes, tanto en lo mercantil como en lo financiero, parece obvio que sólo

les cabe contemplar el problema a los países del Club de Bruselas. La Europa del Mercado Común, en

efecto, puede aspirar a constituirse en interlocutor de igual a igual con los Estados Unidos. La otra

Europa, marginal, no integrada en la CEE, pudiera, desde cada una de sus instancias nacionales, aspirar a

su incorporación, a integrarse, en un proyecto de futuro así. No parece necesario, dicho sea de paso,

advertir que esa Europa no integrada, a la que también nos referimos, es la Europa occidental no

signataria, ni antes ni después, del Tratado de Roma. Pero es que le cabe, asimismo, a esta otra Europa no

sentirse solidaria de una expectativa fundamentada en presupuestos de privilegio o exclusividad que no

comparte, sino que padece.

La otra valoración europea de los propósitos norteamericanos en este presente podría resumirse en la idea

de que, efectivamente, es aceptable ese neoatlantismo expuesto por Henry Kissinger; de que es necesario

y conveniente entrar por una suerte de fórmulas de «comunidad arancelaria atlántica», en la que los

Estados Unidos compartirían un mercado que hasta ahora sólo fue administrado y usufructuado desde

Bruselas y por los países que, en distintas fechas, se han adherido plenamente al Tratado de Roma. Esta es

la hipótesis en la que —como cabe advertir— se reconcilian las legitimidades de la alianza sufragada por

el Plan Marshall y esta otra esbozada por el asesor del presidente Nixon.

Lógicamente, sólo después de que Nixon haya cumplido su programa de visitas por Europa cabrá saber si

la Europa del Mercado Común opta por una comunión con el nuevo atlantismo, o si, por el contrario,

planta cara a Washington y entra en una franca y abierta guerra comercial con los Estados Unidos. En este

último caso, a no dudarlo, serían repatriados a sus bases metropolitanas los soldados norteamericanos

instalados en los países que fueron beneficiarios del Plan Marshall. Y sería probable, en muy alto grado,

que los Estados Unidos y la Unión Soviética, sobre la base de la cooperación económica que tan

espectacularmente han echado a rodar, realizaran en la práctica una acción de pinza sobre los mercados

mundiales, en cuyo contexto quedarían sustancialmente reducidas las posiciones disfrutadas ahora por el

Mercado Común Europeo. El mundo del Este, a no dudarlo, se frotaría colmado de satisfacción, las

manos. Occidente —según su residual ortodoxia marxista— entraría en un período de agotamiento

histórico, cancerado por las contradicciones internas de su sistema capitalista de producción...

¿Por cuál de las alternativas optarán los europeos del Mercado Común? ¿A qué se apuntarán los países

europeos occidentales que no han signado, por una compleja diversidad de causas, el Tratado de Roma?

Las declaraciones de Henry Kissinger, en cuanto anticipo formal de lo que es el criterio de Richard

Nixon, emplazan, sin duda, el comienzo de un nuevo, distinto, período de las relaciones atlánticas. No

sabemos aún si para bien o para mal de Occidente, este de 1973 va a ser, en efecto, el año de Europa. La

época de postguerra no podía menos que concluir con una revisión a fondo de lo debido y exigible en

virtud de lo que realmente fue el Plan Marshall.

 

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