Autor: Romero Roldán, Emilio. 
 De lo que se habla. Cada país debe tener su propria monarquía. 
 Declaraciones a Emilio Romero  :   
 Soy español y debo respetar las leyes de mi país. 
 Pueblo.    19/07/1969.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 18. 

DECLARACIONES A EMILIO ROMERO

El Principie se defiende con su cigarrillo y yo sé que mi conducta correcta en

este instante es no forzar una sola situación, y asi, cuando doy con el muro, me

voy a otra parte. Escojo e] tema de la Monarquía en las sociedades actuales y el

papsl del Rey en las nuevas Monarquías. Don Juan Carlos me dice «que la

Monarquía es una institución de arbitraje y moderación sobre las diferencias

políticas de la sociedad. En ningún caso se la puede ver como una facción.

Mientras que e) Rey debe estar por encima de todas ¡as diferencias y situaciones

y nunca unido a ningún grupo.»

Quiero concretar más esto y le pregunto: —¿Pero el rey reina, gobierna

o hace ambas cosas?

El príncipe se ríe abiertamente y me contesta «que eso es harina de otro

costal». A continuación me señala que hay distintos clases de régimen

monárquico. «Aquí se ha dicho —añade el príncipe— que nos iría bien una

monarquía como la de Inglaterra, Suecia o Dinamarca. Creo que esto no se puede

defender

cada país debe tener su propia monarquía.»

El príncipe me ha puesto las coses a. punto, y me lanzo en tromba, aunque con

sosiego.

—¿Y cuál debe ser la Monarquía española? —-le digo.

El príncipe se echa atrás con urja risa mucho más abierta que antes y me

contesta sin parar, divirtiéndole: «Creo que eso el "Gallito" puede contestarlo

mejor.» El "Gallito" recoge los espolones, como un avión e! tren de aterrizaje,

y baja ¡a cabeza con humildad. «Si yo diera con eso —y fuera verdadero, pienso

para mí— lo patentaba.»

El carácter del príncipe don .Juan Carlos en una conversación oscila entre la

preocupación por los asuntos y el regocijo que le producen algunas preguntas. Es

una persona muy expresiva. Creo que sus sentimientos le descubren muchísimo. A

mí me gusta_ esta manera de ser para un ser humano; pero, como dije

anteriormente respecto a la inocencia y a la ingenuidad, creo que los príncipes,

y los reyes y los jefes de Estado deben tener un gesto más monocorde. Esto hay

que decirlo con tristeza, porque está uno defendiendo la necesidad de la

simulación, pero el caso es que esto figura corno parte de los sacrificios que

tiene que hacer un hombre de esa representación y responsabilidad.

Mi pregunta siguiente es ésta: —Ahora ha cumplido usted tocios los requisitos

para poder optar en su día al Trono de España. ¿Cuál sería su reacción si el

mecanismo de la Ley Orgánica del Estado señalara a vuestra alteza como sucesor

de Franco y rey de España?

En este caso don Juan Carlos de Borbón y Borbón me contesta sin pestañear y

hasta con solemnidad—Mi reacción sería e´n ese momento la que mejor conviniera

al país.

—¿Existe alguna posibilidad dentro de las decisiones da su propia familia para

que pudiera usted ser rey antes que príncipe de Asturias?

—Ño creo que se pueda dar ese caso, puesto que en la Ley Orgánica se habla de

sucesor.

El príncipe, en todos estos asuntos, se me escurre como una anguila. Pero

prosigo: —Eso ya lo sé. Usted puede ser elegido por la Ley Orgánica del Estado,

pero su familia se mueve por unos deberes y unos derechos que constituyen la

llamada «legitimidad». En este momento la «legitimidad» está en poder de su

padre. ¿Podría usted .ser rey con su padre vivo y con su anuencia?

— Creo que todo eso depende de cómo se desarrolle el momento político de España

en ese tiempo.

El príncipe, en todo este capitulo, eslá seguro, pero serpenteante. Se me va

como el agua en una cesta.

Pierdo la paciencia y le tapo las salidas:—¿Su padre puede abdicar o no?

—Por poder, puede. ¿No?

Y me mira con cazurrería. Esta ha sido una respuesta gallega. Noto que aprende

esta original y necesaria asignatura política. Alguien se la enseñará, ¡digo yo!

 

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