Con la sangre de nuestros reyes     
 
 ABC.    20/07/1969.  Página: 13. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

CON LA SANGRE DE NUESTROS REYES

Lo único que diferencia a las sociedades maduras, en grado perfecto de

civilización, de aquellas otras que no han alcanzado la madurez, es poseer un

ordenamiento jurídico y utilizarlo como mecanismo de su normal y pacifica

convivencia.

Esta esencial exigencia de ordenación se extiende también, y muy

particularmente, al acontecer político, a los movimientos y acciones políticas

de los ciudadanos, que deben producirse encauzados en una legalidad. Esta

legalidad se define en cada país según las peculiaridades y circunstancias de su

momento histórico, en sus leyes o normas constitucionales. E incluso 1a, posible

evolución de su normativa política fundamental, de su constitución, debe hacerse

de acuerdo con los requisitos establecidos para modificarla.

Cualquier otra postura desembocaría en estériles pugnas, lamentables algaradas y

caos, político.

Cuando comenzaron los debates para la aprobación de la Ley Orgánica del Estado,

y mientras eran analizados sus preceptos, ABC, en sus informaciones, en sus

comentarios editoriales e incluso en ías "crónicas parlamentarias", firmadas por

su director, colaboró en la discusión del proyecto de Ley, expresando,

libremente, su criterio favorable o adverso sobre todas y cada tina de las

normas propuestas, con el solo afán y claro propósito de aportar una

contribución opinativa al logro de la ordenación constitucional mejor. Pero, una

vez concluidos los debates y promulgada la Ley, A B C la acató.

De acuerdo con ías normas constitucionales españolas vigentes, el Jefe del

Estado va a proponer a Jas Cortes, y éstas decidirán, en consecuencia, la

designación de un sucesor.

Inmensos sectores del país han acogido con evidente y grande sensación as alivio

la decisión del Jefe del Estado, al usar el inmenso peso de su particular

circunstancia histórica en el acto de designación en vida de un sucesor.

El máximo riesgo, el riesgo tremendo ´del Régimen que salvó a España y

proporcionó al país una prosperidad económica como jamás tuvo, y un desarrollo

de justicia social asentado sobra bases sólidas, y una promoción del nivel de

vida que ha alcanzado a todas las clases y estamentos; el gran peligro, decimos,

era el riesgo de la discontinuidad, de la interrupción en la normal evolución

política.

Este peligro amenazaba al país coa la pérdida, subitáneas a la impensada vuelta

de cualquier viraje político de todo lo mucho conseguido en prolongadas décadas

de paz. A la preocupada imaginación de esta posibilidad se debe el reflejo de

alivio, con el cual afrontan hoy los españoles su porvenir, anunciada la

designación de un sucesor.

Aunque se desconoce el mensaje del Jefe del Estado a la nación, hay sobrados

elementos de juicio para saber que la designación recaerá en el Príncipe Don

Juan Carlos de Borbón, hijo único varón del Conde de Barcelona, a su vez

depositario de los derechos hereditarios, por haber abdicado a su favor, meses

antes de su muerte, Su Majestad el Rey Don Alfonso XIII.

Conocedores de las sobresalientes condiciones personales del Príncipe Don Juan

Carlos de Borbón, de su profundo y estricto sentido del deber y de su gran amor

a España, pedimos a Dios que ilumine sus pasos en. el difícil camino del más

sacrificado servicio a la grandeza de ¡a Patria.

Nacido el Príncipe Don Juan Carlos en una familia que es centro de clarísimas

virtudes cívicas y cristianas, ha recibido directamente de su padre, el Conde de

Barcelona, la ejemplarídad del espíritu de servicio, del abnegado cumplimiento

del deber, la noción exacta de sus altas responsabilidades y el sentimiento-de

un acendrado patriotismo.

Hecha sincera súplica a Dios por el Príncipe, nuestro corazón y nuestro

pensamiento se vuelven, con entrañable emoción, hacia esa pequeña villa, de

españolísímo nombre, donde, en en pueblecito portugués, vive, desde hace tantos

años, en apartamento sobrellevad© con ejemplar entereza, el hombre de quien Don

Juan Carlos ha recibido la enseñanza y ejemplo de las más altas virtudes y

quien, por el hecho, excelso siempre, de la paternidad, le ha transmitido la

sangre de nuestros Reyes,

 

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