Autor: Caparrós, Luis. 
 Galicia. 
 Las cartas violadas     
 
 Arriba.    20/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

LAS CARTAS VIOLADAS

TODAVÍA, a estas alturas, eI estreno de la democracia proporciona algunas que otras sorpresas, e incluso

a niveles de periodismo provinciano puede haber como pequeños Watergate, capaces de inquietar al país

entero ante el descubrimiento de hechos que parecen inconcebibles, sobre todo, o estos niveles de

evolución política en que andamos.

La noticia de que la correspondencia, que todos consideramos como algo tan personal e intransferible, tan

íntimo, tan protegido, según especifican todas las legislaciones del mundo y las más elementales normas

de respeto a los Derechos Humanos; la noticia, decía, de que la correspondencia es manipulada por

alguien de rostro ignorado, de ignoradas intenciones y de no menos ignorada servidumbre, surgió

precisamente en Galicia, en una de cuyas cuatro capitules de provincia Indagó, preguntó, investigó un

periodista —Gabriel Plaza—, redactor de «El Ideal Gallego», de La Coruña, para soltar lo bomba, que en

seguida hizo explosión en la expectación nacional.

La cosa parece ser que ha sorprendido incluso al propio director general de Correos y Telégrafos, y se ha

pretendido desinflar sobre el supuesto de una legislación internacional que autoriza a determinadas

manipulaciones con los envíos postales por aquello de combatir el trafico de cotas tan desigualmente

peligrosas como pueden ser las drogas, el dinero o la pornografía.

En cualquier caso, el trabajo de Gabriel Plaza ha constituido algo más que un éxito periodístico, para ser

algo así como una llamada de atención hacia muchas formas de intromisión en la vida privada del

hombre, que, precisamente por ser ignorados por la generalidad de la gente, es por lo que se ofrecen más

sibilinamente peligrosas.

Excuso decirles lo que en una tierra de gentes tan justamente recelosas como es Galicia ha supuesto esta

noticia, y nadie descarta la posibilidad de que así como uno puede leer una carta donde se le envía un

testimonio personal, acaso íntimamene confidencial, que ya ha sido conocido por un tercero, sin que él

tenga la menor noticia de ello, otro tanto podría suceder, en iguales condiciones de ignorancia, con sus

conversaciones telefónicas, e incluso, si las ciencias siguen ade-tando tanto, con sus propios

pensamientos.

Desde la periferia uno se siente halagado de que la labor, generalmente modesta, de este periodismo

provinciano pueda, de vez en cuando, ofrecer un servicio a la comunidad y, sobre toda, a la democracia,

como este que las páginas de «El Ideal Gallego», de La Coruña, prestó en la mañana de un domingo,

adentrándose, con objetividad y con sentido responsable en una información que hace sólo un par de años

hubiera parecido realmente Insólita.

Luis CAPARROS

(La Coruña.)

 

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