Restauración     
 
 Ya.    23/07/1969.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

INSTAURACIÓN

LA aprobación por las Cortes Españolas de la propuesta de sucesor hecha por él

Jefe del Estado en favor del príncipe don Juan Carlos marca una fecha histórica

en nuestro proceso constitucional. Anticipándonos al comentario que las palabras

del Jefe del Estado requieren, nos parecen obligadas unas consideraciones de

caraotes previo sobre el acontecimiento.

Por de pronto, se ha asegurado la continuidad. Así, el día en que cumplan las

previsiones sucesorias, no habrá nada que improvisar, sino que existirá un punto

de referencia en torno al cual se podrán verificar los cambios indispensables

con el mínimo trastorno.

Pero, además, la monarquía debe representar una pieza clave para la

consolidación de esa sucesión del Régimen. Dando por sentado que la. concepción

de la Jefatura del Estado, una vez que cesen las circunstancias que han

justificado la plenitud de poderes de su actual titular, debe responder no a

este esquema, necesariamente excepcional, sino al que dibuja la ley Orgánica

fuña Jefatura del Estado moderadora y arbitral junto a un Gobierno actuante

fuerte y presidencialista), parece que la solución dada ahora puede desempeñar

satisfactoriamente e incluso con preferencia a cualquier otra fórmula, atendidas

las circunstancias actuales de nuestro país, esa función de "firme puntal de

referencia permanente" que don Juan Carlos le reconocía en sus declaraciones del

pasado mes de enero.

Creemos que, una vea más, el Jefe del Estado ha acreditado sus dotes de

prudencia política. En el príncipe don Juan Carlos, ajeno por su edad a toda

clase de discordias civiles y apto por ello para ser rey de todos loa españoles;

educado en España, concurren una serie de circunstancias que nos permiten decir

que Franco, más que elegir, ha designado al que ya habían elegido unas

circunstancias en parte ajenas al Caudillo, aunque en parte hayan sido

previsoramente puestas por él desde mucho antes.

TENGASE en cuenta, además, que desde el punto de vista nacional, a incluso desde

el de la propia monarquía, ésta, la institución, que está para servir a la

nación, tiene a su veas preferencia plena sobre las personas. Es éste un

principió del que no faltan aplicaciones en nuestra Historia. La más reciente,

la actitud de don Alfonso XIII, renunciando o sus derechos el 15 de enero de

1941 para evitar que ("No por mi voluntad, sino por ley inexorable de las

circunstancias históricas") su persona pudiera significar un posible obstáculo.

Su actitud tuvo un antecedente en la de Isabel II. Sabido es que ésta pidió

parecer a los prohombres de los partidos monárquicos. Uno de ellos, el duque de

Sesto, contestó con otra pregunta: "¿Puede vuestra majestad, con racionales

probabilidades, aspirar a su restauración?" El resultado fue que la reina

abdicó, el 25 de junio de 1870, en su hijo Alfonso, que poco después era

proclamado rey de España.

No pretendemos opinar en ningún sentido sobre conductas concretas, sino recordar

un principio general, como es la subordinación de cualquier consideración

personal al bien de la nación. Atendiendo a ese principio, ¿no es posible

esperar del patriotismo y la nobleza de aquellos sectores cuyas preferencias

pudieron orientarse en otro sentido que subordinen generosamente — como tantas

veces lo hicieron en su historia — sentimientos y afectos muy comprensibles a

las razones superiores que justifican la decisión tomada.?

En cuanto al parecer general de los españoles, digamos que lo que piensan al

respecto está completamente de acuerdo con los preceptos constitucionales,

conforme a los cuales la monarquía no viene del pasado, como consecuencia de un

derecho histórico, sino por la voluntad del pueblo español, que libremente

aprobó la ley de Sucesión, y por la de sus representantes, que en las Cortes han

aprobado la propuesta del Jefe del Estado. Es, pues, una auténtica,

instauración, como fia dicho Franco en su discurso, que perdurará en la medida

en que se mantenga fiel a su origen, busque y encuentre los Cánovas y los

Sagasta del momento y se proyecte como un régimen rigurosamente moderno y capas,

por eso, de conseguir la adhesión de lo-s españoles, que —no se engañe nadie—no

van a juzgarlo por sus glorias pretéritas, sino exclusivamente por sus servicios

presentes.

Conseguir esa adhesión general fue el acierto de Cánovas, combatido por los

monárquicos incondicionales, pero que consiguió la "ancha base" que deseaba.

Gracias a ella, se anftanzó la, monarquía, que sólo vaciló y se bundió cuando,

resistiéndose a la evolución necesaria, fue incapaz de retener a amplios

sectores de opinión. En las -declaraciones del príncipe a que nos hemos referido

hay un concepto moderno y, diríamos, funcional de la monarquía como el que

pedimos. Si ala preparación general que le ha dado su formación en España se une

ahora la preparación específica que lógicamente corresponde o su nueva posición,

podremos fundadamente esperar que España encuentre en la forma de gobierno que

él representa lo que principalmente espera de ella: una garantía de permanencia,

al amparo de la cual se logrg la plena consolidación de nuestro país en un

régimen de libertad.

 

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