Autor: González Páramo, J. M. . 
   Tres conversaciones con el sucesor     
 
 Ya.    23/07/1969.  Página: 5-6. Páginas: 2. Párrafos: 9. 

Hacia e! año cincuenta y pocos tuve la primera ocasión de hablar con el sucesor.

El ambiente era la puesta de largo ea Estoril de la infanta María del Pilar.

Hicimos una visita a "Villa Giralda" y se organizó una gran fiesta, a la que

asistimos mas de quinientos invitado?, en uno de los hoteles cercanos. El clima

era versallesco: lujo, diademas, uniformes polícromos do opereta vienesa. El

"buffet" topicón. Sospecho nostalgia de una época irremediablemente ida. El

faisán, sabroso. Como en technicolor tengo grabada la cinta de aquellas

veladas:´ personas de la nobleza, de la intelectulidad, de las finanzas, algunas

ya desaparecidas. Recuerdo a López Amo, magnífico catedrático de Historia de

Derecho, cuyas lecciones sobre "la posesión" recuerdo todavía embelesado. Fue

precisamente López Amo, presente, al motivo de mi conversación inicial con el

sucesor, rodeado de una serie de jovencitos que hacían cerco para dificultar el

acceso. Recuerdo las lágrimas emocionadas de su padre en el jardín de la villa y

el saludo; recuerdo la fiesta y el baile. Y recuerdo también cómo el sucesor,

apenas salido de la adolescencia, cortea y atento a los temas que le sugerí, se

vio rápidamente atraído por las noticias que en francés le dio uno de los de su

corta adolescente, y cómo prosiguieron la conversación sobre barcos y motores.

Todavía me suena la buena pronunciación de la palabra "moteur".

Me entristeció y me entristece todavía un detalle: uno de los que capitaneaban

aquel cerco táctico de jóvenes, correveidile inteligentísimo, hoy pretende

llevar el mismo mangoneo en ciertos grupos de se. dicente democracia cristiana.

El tono genera] que produjo en mi espíritu el conjunto de aquel euceso desde

Maura a Hoherazollern, con su traja verde y su diadema de brillantes; desde

López Amo a la infanta ciega fue de perplejidad y • de una cierta tristeza,

porque emanaba la impresión de la mucha importancia concedida a lo que no la

tiene, lo cual, en definitiva, es la definición de la frivolidad.

Por otra parte, pude observar, floridamente representados, una serie de

sectores; aquello era tradicional sól´o en parte, pues ninguna representación de

otros grandes sectores sociales había (por aquellas fechas, con ocasión de la

lectura de una constitución de González Amezúa, constaté qu-9, idealmente, sa

estaba viviendo en otra época, con ignorancia de lo social y de lo democrático,

que no está reñido, como demuestra Inglaterra, con una monarquía sólida y

estable. El sucesor, entonces, a quien llevo diez años, me ofreció a mí,

reciente licenciado y petulante, la imagen de un adolescente equilibrado y, tal

vez, todavía sin la etapa de educación magníficamente pensada, frivolo, como un

ambiente del que no había podido emanciparse.

Año de 1965. Soy un funcionario de un grupo de empresas cuya fábrica visita e1

sucesor. Llega deportivamente en su Mercedes, observa y ve con atención las

instalaciones. A la hora de desayunar, espontáneamente y sin previsión alguna,

decide sentarse a la mesa rodeado de los trabajadores. Ellos hablan con él con

viveza y como sin creerlo. El les contesta. Es suelta, animadísima, la

conversación.

Cuando el príncipe se marchó los obreros dijeron a sus jefes, algunos

extranjeros: "Ya ven, ustedes que no son, más que tal y cual cargo en la

empresa, tienen menos sencillez que la que entre nosotros corresponde a un

posible rey." En la visita, además de dejar ,este buen recuerdo, en conversación

posterior conmingo sa Interesa vivamente por la política social y la sociología,

a lo que sabe me dedico; conoce algún trabajo mío, que le acaba da llegar

recientemente, y me pide más trabajos, con lo cual aquel perfil que pude sacar

de un adolescente en diez minutos se convertía en mucho más positivo al ver ya a

un joven preocupado por lo social, deportivo, equilibrado, interesado por mi-í

cosas que no tenían en rigor que interesarle más que en su calidad de hombre de

futuro. Año 1967. Al recibir dos volúmenes míos me da una cita, con tan mala

fortuna, que justamente el día fijado, y en el que por la tarde debía hafolar

sobre "La crisis de la cultura" en la Real Academia de Jurisprudencia, caí

gravemente enfermo, en coma, y ful ingresado en una clínica madrileña. Todo,

gracias a Dios y a los míos, pasó. Me concedió la cita después.

Durante una hora hablamos as diversos temas: de la seguridad social, de la

organización de la sanidad, y vi que estaba interesado y que conocía muchos

detalles de los que el pueblo se queja y muchos puntos que habría que retorcar;

también habló de la reforma del orden industrial y de la política social, cíe la

empresa y de los Indicadores sociales, de los cuales me pidió una información

mayor por escrito. Creo que conocex al pueblo con el que yo viajo por las

mañanas en y Metro, creo que sabe cuáles son sus preocupaciones, creo que posee

una serie de cualidades qius pueden ayudarle, al se deja ayudar de quien debe.

Su formación disciplinada y bien pensada por hombres que tienen experiencia de

la vida en otros campos; su permanencia, durante años incluso, en otros

ambientes y lo bien que ha salvado situaciones delicadas son un presagio de buen

augurio para el paía, porqus las ha salvado eludiendo zancadillas. Alguien puede

decir coa malicia que si él no hizo o dejó de hacer sus declaraciones, o qu* fue

ayudado. En el fondo me preocupa muy poco, porque el problema de los poderosos,

0 de loa que están llamados a serlo, ea le. buena seleccion de colaboradores:

todos no pueden hacerlo ello». Se necesita el tas lento de saber hacerse ayudar;

un talento que no puede dejairse lleva!1 de criterios vanidosos o interesados,

de elegir figurones y oráculos,.

Tres conversaciones con el sucesor

J. M. GONZÁLEZ PARAMO

Tres conversaciones con el sucesor sino hombres eficaces con sentido d« la

realidad y de las exigencias de la vida práctica en la política.

El nombramiento de sucesor es el coronamiento del régimen en lo que tiene de

positivo: la posibilidad de su evolución hacia formas más convenientes. ¿En qué

hecho se basa la presunción de una monarquía Inmoyi´lista? El régimen es un

cuerpo real cuya coronación puede partir del nombramiento d-e sucesor, y con una

persona así la monarquía puede admitirse como la mejor solución, mientras no se

demuestre lo contrario, para que la tradición católica, social y representativa

llegue a máxima plenitud. El régimen es un sistema de fuerzas y, si no queremos

Jugar a la catástrofe, puede afirmarse que la apertura depende de las fuerzas

aperturlstas que dentro y fura se le sumen en su día.

Con el nombramiento acertado de un Jefe de Gobierno—el Cánovas que busque al

Sagasta—y con el "pilotaje" del sucesor, llevado de la mano maestra que le guía

(nadie, sin Intención aviesa, puede negar las dotes excepcionales de mando de su

preceptor máximo), con el marco asociativo y el sindical, aun insuficientes,

pueden, si se consigue alejar las camarillas parciales que corten el acceso al

poderoso como aquellos chicuelos que_rodeaban al sucesor el día que le conocí.

Ha de estar en contacto con él pueblo, ha de conocer las aspiraciones de los

grupos y ha de recibirlas todas en su tanto, no las de uno sólo, y en cualquier

caso en cuanto que contengan en sus objetivos lo que diga relación al bien

común.

Personalmente estoy Insatisfecho con el marco institucional en lo que se refiere

a las asociaciones y a los sindicatos, pero nadie me dotó de Infalibilidad, ni

nadie me atoe que las cosas no pueden cambiar, aunque sea a un ritmo, con una

Intensidad y propósito Inferiores al esperado por mí. No creo que nunca se haya

hecho un "curriculum" tan completo de un modo tan disciplinado para reinar. Si

ahora tenemos la fortuna de que quien, sabe lo tenga a´su lado unos cuantos años

para presenciar e Intervenir en la política d* moderación que corresponde a un

jefe de Estado, creemos ver por anticipado una señal de, que a finales de siglo

España estará en el puesto que históricamente le corresponde ocupar.

HE aquí lo que pude deducir—optimista, pesimista, realista—de tres

conversaciones y de la observación de lo que ha sucedido en estos años.

En la política, como en el amor, como en eJ apostolado, como antes en las

posada» españolas, s,e encuentra lo que a ellas se lleva. Tengo en favor de la

Regencia las mismas razones que en favor de la democracia, muchas y meritorias.

Pero en política las razones no cuentan sin los hechos y mientras no se

demuestre lo contrarío los hechos juegan a favor de la Monarquía. Todo lo que

acaba de- suceder no puede describirse como una constelación, de actos, de

acciones y reacciones, sino como lo que es¡ una confluencia de procesos, un

encaminamiento de fuerzas, Ideas e intereses hacia lo ¡mejor o hada lo menos

malo, según se quiera. El accidentalismo de los fundamentalmente demócratas,

respetuosos con la chistera o con la corona, sólo se inclina por una o por otra

cuando tiene la seguridad moral de que lo que verdaderamente desea (la

democracia) se consigue mejor con una determinada cobertura, y en esto se

diferencian de los que juegan. a la catástrofe. Estos desligan sus ideales de la

realidad, retraen su participación y supeditan la convivencia a medios y

contenidos condicionados, contingentes,´ tan sin justificación como la decisión

d* comprar un traje sin saber si va o no al tipo. No se trata de un

pronunciamiento, sino del anuncio de una posibilidad a estudiar paira

incorporarse si lo aconseja el frío realismo de los hechos unido a la cálida

seducción del patriotismo.

J. M. GONZALEZ PARAMO

 

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