Autor: González Muñiz, Antonio José. 
   Acotaciones a la sesión     
 
 Ya.    24/07/1969.  Página: 16. Páginas: 1. Párrafos: 15. 

24-VII-69

ACOTACIONES A LA SESIÓN

Un dia del año 1902 subía las escaleras principales que dan acceso al Palacio de

las Cortes Españolas un joven que acababa de cumplir los dieciséis años de edad.

Iba a prestar juramento como rey ante las Cortes. Aquel joven se llamaba don

Alfonso XIII. A la solemne ceremonia iba en compañía de su madre, la reina doña

María Cristina.

Sesenta y siete años después sube las mismas escaleras otro joven—nieto de

aquel rey patriota y caballero—para jurar ante las Cortes Españolas como sucesor

de la Jefatura del Estado. Va en compañía del hombre que ha instaurado la

Monarquía española,: el Generalísimo Franco. El futuro Rey va, a, jurar ante el

Caudillo vencedor de una contienda, que remata, su obra para el futuro en la

persona de este joven príncipe,

Las ovaciones saludaron la presencia del Jefe del Estado y del ya Príncipe de

España. Ovaciones que se reprodujeron, creciendo de tono y de entusiasmo, tanto

en las palabras que pronunció el Jefe del Estado como en el mensaje del

Príncipe. Las Cortes estaban viviendo una jornada patriótica. Alguien dijo que

el hemiciclo venia a. ser una nueva Covadonga.

Su Excelencia el Jefe del Estado contuvo la emoción durante esta sesión

histórica. Emoción que se le veía en el semblante. Como se le vio después de

empezado el acto y cuando estaba el príncipe dirigiendo su discurso a las

Cortes, reflejarse en su rostro la alegría y satisfacción ante las ovaciones que

los procuradores y el público dedicaron a numerosos pasajes del discurso de Su

Alteza Real. Franco parecía feliz.

El Jefe del Estaco hizo algo más en aquel clima patriótico, y fue unir sus

aplausos a los que se tributaban al Príncipe de España. Sobre todo, cuando sonó

en la Cámara la frase "mi pulso no temblará", pronunciada por el Príncipe. Era

la- misma que Franco pronunció cuando tomó posesión cíe la Jefatura del Estado

en Burgos, en aquel glorioso y dramático octubre de 1936.

¿Qué pensamientos y qué emociones pasaron por el Generalísimo Franco al

escuchar aquella frase que él pronunció en labios de la persona que acababa de

ser presentada a las Cortes como sucesor suyo? No lo sabemos. Pero sí vimos

todos cómo reaccionó: aplaudió con calor y entusiasmo al príncipe. Aquella frase

recordada era un compromiso ante el futuro, y Franco no duda que el compromiso

será cumplido. Por eso Se unió a la inenarrable ovación con que la Cámara en pie

acogió la oportuna cita.

Porque los aplausos al Príncipe de España fueron unánimes. Don Torcuato

Lúca de Tena puso su patriotismo por encima del corazón y no regateó aplausos,

que fue pródigo en ellos. Como también derrochó entusiasmo ante el claro

lenguaje que utilizó Su Alteza Real don Juan Carlos de Borbón y Borbón un hombre

todo corazón para las empresas españolas: don José Antonio Girón de Velasco.

Hubo un entendimiento claro y recto entre el príncipe y la alta cámara

legislativa.

Alla arriba, en las tribunas públicas, estaba Su Alteza Real la, Princesa

doña Sofía. El Príncipe de España, dirigía miradas disimuladas hacia esa

tribuna. A cada lado de la, Princesa, dos infantitas de España: doña, Elena y

doña Cristina. Fueron los únicos testigos infantiles de- la histórica sesión.

Si el príncipe estaba emocionado no lo demostró. Se mantuvo entero, en el

tono justo de voz, con una dicción clara. Leyó pausado, puso el énfasis justo en

las frases exactas. No hizo ninguna concesión a la galería. Acaso, acaso

pudieron notarse dos inflexiones de voz distintas, llenas de ternura: cuando se

dirigió a su estirpe familiar, cuando se dirigió directamente al Jefe del

Estado.

A la hora de jurar sobre los Santos Evangelios y ante un crucifijo, de

rodillas, sin altivez (eran las siete y veintitrés minutos de la tarde), alzó

los ojos, los clavó en el Jefe del Estado, y en medio de un silencio que

Impresionaba se oyó la voz del Principe de España, varonil y serena,

comprometerse solemnemente con el Movimiento Nacional. Decir que al terminar el

juramento hubo aplausos y ovaciones inenarrablee sería no reflejar exactamente

lo que sucedió.

Desde ese momento, los aplausos, las ovaciones y el entusiasmo se dirigían por

igual a dos figuras: la que representaba el ayer y el presente y la que encarna

el mañana. Rodeados de ese hala de fervor patriótico, el Jefe del Estado y el

Príncipe abandonaron las Cortes. Tras de sí dejaban frases elogiosas. Oigamos

algunas.

El señor Fueyo Álvarez manifestaba que el Príncipe de España, con su

discurso, "se había comprometido a tumba abierta. Estuvo justo en las palabras,

entero". Para el señor Fernández-Cuesta (don Raimundo), lo importante no sólo

era lo que dijo, sino el cómo lo dijo.

El señor Serrats Urquiza (don Salvador) manifestaba que Franco acababa de vivir

la máxima culminación de sus (los grandes objetivos: el logro de la grandeza de

España y el logro de su continuidad. Después de haber escuchado al Príncipe

tenía que decir: ´´Hay hombre. Puede haber rey."

El señor Sánchez-Cortés no era avaro en frases de elogio: El Príncipe se Ha,

ganado a la Camara, y la Cámara ha comprobado que Franco tenía toda la rasión al

proponerlo como sucesor suyo. Pero también se hablaba de otro tema en las

Cortes: de una carta que envió al Jefe del Estado el infante de España don Jaime

de Borbón y Battenberg, carta que está en la línea del acto que acababa de

celebrarse.

Pero el tema obligado, y elogioso, era el efecto que el discurso del Príncipe

había producido en las Cortes. Alguien sentenció con respeto y admiración hacia

esa real persona: "Por encima de la sangre ha sabido poner a la Patria."

A. J. GONZÁLEZ MUÑIZ

SOBRE "UNA PIRUETA INCONCEBIBLE"

En nuestro número de ayer, y en la sección titulada "Acotaciones a la sesión",

comentamos que en los pasillos de las Cortes un cualificado miembro del que fue

basta hace unos días Consejo privado de don Juan de Borbón comentó el voto

negativo del procurador señor Luca de Tena con estas palabras: "Pirueta,

inconcebible". Ante estas manifestaciones, el señor Luca de Tena nos escribe una

carta en la que no se interesa por conocer ei nombre del autor de tal

manifestación, pero nos ruega hagamos constar que "si quien la dijo era real y

verdaderamente miembro del Consejo privado del conde de Barcelona organización a

la que no perteneció minea don Torcuato—, la pirueta inconcebible es la que ha

realizado el autor de la frase y no el firmante de este escrito de

puntualización". Y la cosa es tan clara que no merece, a juicio de nuestro

comunicante, mayor aclaración.

 

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