Autor: Quiñonero, Juan Pedro. 
 Periodismo, cultura, política, civilización. 
 Don José María Alfaro: Los periodistas deben ser los profetas del cambio     
 
 Informaciones.    17/02/1976.  Página: 16. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

«MI ULTIMA FIDELIDAD AL RÉGIMEN SERA "NO" ESCRIBIR MIS MEMORIAS»

«NUESTRO PAÍS NECESITA UN ESTADISTA; AHÍ ESTA FRAGA IRIBARNE»

«AREILZA ESTA VENDIENDO EN EL EXTRANJERO UNA MERCANCÍA QUE TODAVÍA ESTA EN LA FABRICA»

«QUEDA BIEN A LAS CLARAS LA CONDENACIÓN DEL ARTICULO 2 DE LA LEY DE PRENSA EN UNA SOCIEDAD DE DERECHO»

«LA MISIÓN DE LA PRENSA ES ARTICULAR LAS FRONTERAS DEL CAMBIO»

«LOS PROPÓSITOS DE LA MONARQUIÁ SÓN CLAROS: PROPICIAR EL CAMBIO. CUANTO MAYOR Y DEFINITIVO SEA, MAS AMPLIAS SERÁN LAS PERSPECTIVAS DE NUESTRA SOCIEDAD»

Por Juan Pedro QUIÑONERO MADRID. 17.

CON implacable precisión, José María Alfaro ha decidido, de modo inflexible, renunciar al placer, no exento de cierta ternura cruel, de narrar una historia oculta del Régimen, contemplada desde los acantilados de mármol de la diplomacia, cuando me comenta: «No. He decidido no escribir mis memorias. Mi última lealtad al Régimen será esta: no contar todos los desencantos que he sufrido a lo largo de mi vida, no enumerar la historia de estas desilusiones, ya que, inevitablemente, mis memorias hubieran sido la crónica de una desilusión.»

Su voluntad oscila entre la defensa férrea de una Intimidad donde los fastos de la memoria han erigido templos y castillos al recuerdo, y la permeable atracción (acerada e Inflexible) hacia la actualidad más turbulenta: «La urgencia del cambio que necesita nuestro país no conlleva, a mi modo de ver, la necesidad de poner palos en las ruedas del carro donde hemos empeñado nuestra historia. Olvidarse de las situaciones anteriores seria suicida. Hay gentes que quieren pelear por el cambio, en todos los sectores de nuestra sociedad: de ahí la necesidad de una política que sirva de argamasa de unión de factores tan heterogéneos. En realidad, quizá nuestro país necesite hoy un estadista. AI margen de las bobadas bizantinas que se han dicho en los periódicos en torno a la figura de Manuel Fraga Iribarne, pienso que él en verdad, a quien se parece es a Canalejas: el creador de un Estado liberal dentro de la Monarquía. Con Canalejas, el mismo Julián Besteiro, un socialista moderado, aunque muy inquieto y dinámico en sus perspectivas, hubiera estado en el Gobierno. La política exige hombres, hombres concretos para situaciones concretas: y aquí hay un hombre que se llama Manuel Fraga. Aunque seria inexacto, como usted me indica, olvidar a José María de Areilza. José María está haciendo una labor absolutamente capital en nuestra historia moderna, decisiva en todos los aspectos: vender una mercancía que todavía está en proceso de fabricación, vender un producto en todo el mundo (y me agrada subrayar el éxito de sus desvelos), que todavía está en la fábrica. Areilza quizá sea el único de nuestros políticos modernos que ha entendido la totalidad de la misión que debe orientar nuestra política exterior, es el continuador de la gran política puesta en marcha por Castiella. Ahora están ocurriendo muchas cosas, y quizá sea oportuno recordar que Castiella, en tiempos de Carrero, deseó reconocer a las minorías protestantes, que ya es decir. La obra de Castiella tuvo una importancia decisiva. Creo, con Ricardo de la Cierva, que el integrismo fue la ideología del franquismo: hubo un tiempo en el que la gente ni siquiera se atrevía a salir a San Juan de Luz: A mi modo de ver, no es un azar que el primer intento serio de apertura, el tránsito decisivo que estamos viviendo, el que está poniendo en marcha el primer Gobierno del Rey haya tenido que contar con tantos embajadores... Los diplomáticos fuimos los únicos que salimos, los únicos que conocimos otros mundos..., era lógico que diplomáticos imaginasen el rostro contemporáneo de nuestro país.»

PERIODISTAS DE AYER

La encrucijada de caminos donde se confunden lírica y política, periodismo y diplomacia, se hunde con las raices donde José María Alfaro ha crecido a la sombra brumosa de una historia que él evoca de modo paralelo. Experiencia surrealista («A qué extremos ha llegado la poesía en España», revista de avanzada en que Alfaro colaboró en los treinta con Herrera Petere, militante comunista, y Luis Felipe Vivanco, católico existenclal), y algunas estrofas del «Cara al sol» (donde se conjugan los elementos heterogéneos:

Alfaro, Foxá, Dionisio Ridruejo). Director de «Arriba» en los cuarenta («nadie nos dijo lo que teníamos que hacer: pero era evidente que teníamos ante nosotros un órgano doctrinal») y hedonista de las formas literarias neoclásicas. Prismas que su oratoria reduce a la opaca luz única de un rayo cuyas oscilaciones recomponen, juegan, se superponen, tachan, esquivan y difuminan los rostrós de nuestra cultura contemporánea, contemplada desde la penumbra de una estancia solitaria, lujosamente decorada: «Sí. A mi generación le correspondió plenamente vivir la transformación radical de un periodismo literario e ideológico (el de entreguerras) y un periodismo despojado (hasta el silencio) de toda retórica, que hoy ha invadido el planeta. Primero vivimos la experiencia surrealista, aunque todos, a diferencia de muchos jóvenes de hoy, asumíamos la totalidad de la cultura universal: yo era, y soy, un ferviente lector de Rilke, que fue, como usted sabe, un bohemio dorado, un chulo que, de verdad, vivía de las mujeres. Tras el futurismo, llegó Dada, que deseó destruirlo todo: no es un azar que la primera exposición futurista que recuerdo se abriese con un cuadro que se encuentra entre los que más me han impresionado en mi vida: el funeral por un anarquista. Hicimos luego un periodismo intelectual, "remontando el suceso", como se decía entonces. Creo que asistimos, sin duda, a la evolución de los sistemas expositivos de la prosa periodística. Ese fenómeno, la renovación de la prosa castellana, clásica y modernista en aquella época, tuvo un protagonista de excepción: don José Ortega, y ..Gasset. Ortega ha sido el hecho más decisivo en todas las peripecias de nuestra cultura, y su influencia en el periodismo fue terminante. Unamunó también tuvo importancia: pero Unamúno era un existencialista de pataletas: todo en él significaba una lucha.

En definitiva, fue Ortega el que influyó decisivamente, él dio una dignidad excepcional a la prosa de los periódicos. Yo asistí a sus clases de metafísica, él nos enseñó la función educadora de la Prensa. Sus grandes libros, "La revolución de las masas", "España invertebrada", hechos tan decisivos, aparecieron primeramente en las páginas de los periódicos. Ortega también contribuyó mucho a que hubiese toda una generación de periodistas y comentaristas culturales, como Eugenio Montes (estricta cría orteguiana), Antonio Marichalar (que nos descubrió cosas tan importantes como Joyce y Rilke); ellos, a través de sus artículos y colaboraciones de Prensa, colaboraron de modo inmediato en la sensibilidad de nuestra cultura, a través del periodismo. Aquella fue mi escuela. Ahora vuelvo al periodismo más vivo, a la agencia Efe, y la primera noticia que he tenido, apenas nada tiene que ver con estos rastros de la civilización: el negocio del periodismo necesita mucho dinero. Los déficit y las pérdidas son muy cuantiosas. Pero es necesario afrontar el hecho de que el periodismo es un fenómeno civilizador, cultural, político, de importancia incalculable.»

PASADO Y DERECHOS

Así, periodismo y civilización, política y poesía lírica, entrelazan los nudos de esa red, esa tela de araña que escribe, describe, engalana con sus fastos la otra política, la descrita por Maquiavelo: pasiones controladas, actos sin nombre, rostros anónimos dibujando la cartografía que el Cortesano, el Rey, manuscriben con sus actos: «Asistí, y es una deuda incalculable, y tuve la suerte de colaborar, en aquel crisol impresionante que fue "El Sol". Allí, el binomio de Ortega y don Manuel Aznar acumuló el sentido de la inteligencia española. Son una lección que hoy debemos tener bien presente. Unamuno, Sánchez Mazas, Maeztu... estuvieron al frente de la nueva sensibilidad. En esta renovación del decoro intelectual del periodismo, Lúca de Tena también tuvo una gran importancia: cabe recordar, ahora que se olvidan tantas cosas, que, contra todo tipo de polémica, él siempre mantuvo en "ABC" a colaboradores como Azorín, incluso apoyándole en sus colaboraciones menos convencionales. Y también dio su apoyo a los nuevos autores: por ejemplo, mi "Oda a Burgos" se publicó en "ABC". Podríamos buscar otros nombres, pero Ortega y Lúca de Tena son dos ruedas importantes para el desarrollo moderno de nuestra Prensa.»

Advierto, mientras observo unas cenizas de cigarrillos poco apurados, que Alfaro juega con las ideas, como contemplando intacto un paisaje interior (no en vano, César González Ruano anotó esta frase suya:

«Quisiera una vejez repartida entre Aguilar de Campoo y Roma. Ejercer de aldeano de la gran Castilla y de ciudadano de la universalidad. Sí, paseos romanos y tierra de Castilla.»). Teatro de operaciones, donde el silencio mineral nunca es interrumpido por las borrascas que sorprenden al solitario en un descampado.

Alfaro alimenta con silencios la precisión de las geometrías que dibuja enclaustrando en las palabras la torva realidad de la calle: «Veo, sin sorpresa, la extrema agitación que estos días sume a la profesión periodística. Quizá sea lógico que así sea. No entremos ahora en esa cuestión. Es evidente, por ejemplo, por referirnos a un problema muy inmediato y candente, que el secreto profesional de los periodistas es no derecho reconocido: es justo no ir denunciando las fuentes de información. Pienso que todos estaremos en esto de acuerdo.»

Intervengo, calladamente, desde el otro extremo de un confortable tresillo, en un elegante salón revestido con maderas nobles. «¿Usted cree que el periodista debe someterse a una Jurisdicción administrativa especial, o pudiera ser suficiente con los Tribunales ordinarios?»

«No, no. Debemos aspirar a un principio capital: ser todos iguales ante la ley. Ahí está el Código Penal para pedirnos responsabilidades. Ya es bastante y suficiente. A mi modo de ver, en este sentido, se desenfocan con frecuencia asuntos que me parecen elementales: el periodista no debe soportar ni sanciones ni privilegios especiales. Lo contrario sería convertirle en un ser vapuleado con excepción. En este sentido, pienso que el trabajo, el ensayo, el libro de Pedro Crespo de Lara en torno al artículo 2.º de la ley de Prensa es decisivo. Creo que es difícil agregar nada nuevo sobre este asunto que no esté apuntado ya en este magnífico trabajo, y pienso que, tras la lectura de esta obra, queda bien a las claras la condenación de ese artículo en una sociedad de Derecho. Otro asunto quizá sea el de la responsabilidad, que usted ha apuntado como responsabilidad total, que, hoy, deben soportar los directores de periódico, a través de la reglamentación vigente...; quizá, pienso,´ "siempre ha sido y debe ser asi. Los directores siempre han sido responsables. Y cuando más responsabilidades son capaces de asumir, más independencia de criterio consiguen y deben conseguir para sí. Es una cuestión, creo, elemental: la mayor responsabilidad quizá, en ocasiones, hace de ellos individuos con una entereza nada común y un sentido de los propios deberes e independencias muy notables. Ocurre como con los restantes asuntos de la vida: cuando un director, con su equipo, decide tomar unas decisiones, que podemos entender como responsabilidades, debe conocer muy bien que, así, gana y se entrega a una independencia que cada día asume con todas sus consecuencias.»

PROFECÍAS SOBRE EL CAMBIO

Las llamadas telefónicas (surcadas de alusiones terminantes, precisiones inequívocas, citas, anotaciones) han tejido entre nosotros (interlocutores asaltados por un momento por una chiquilla de tres años cuyos bellísimos ojos contemplan nuestro diálogo con la inocencia inquisitorial no mancillada por la impasible comprensión de los mayores), han tejido entre nosotros, decía, otra red de olvidos y silencios. Mientras Alfaro concertaba una cita escribí entre mis notas: «Las empresas periodísticas, los periodistas, ven circunscrita su formación, su estatuto laboral, su frontera informativa, a través de la Facultad de Ciencias de la Información, la Asociación de la Prensa y la Dirección General. En muchos países occidentales, la formación de los periodistas se deja a su libre voluntad y a la de las empresas que los contratan; las asociaciones gremiales son sindicatos, cuya única discriminación es la lógica del pertenecer, o no, a la plantilla de un medio Informativo; por último, no existe el tutelaje del Estado que aquí se ejerce a través de la Dirección General...» Alfaro, con amable suavidad, hizo descender mi retórica hasta el suelo firme, la tierra oscura e Impenetrable de las empresas periodísticas: «Mire usted: es imposible olvidar las raices.

La urgencia del cambio, como le decía, no hace aconsejable tampoco el poner palos en las ruedas que deben llevarnos a otro lugar. Es imposible olvidar las situaciones anteriores. Como toda obra empresarial, en el campo de las empresas periodísticas, éstas surgen de las necesidades de las sociedades a las que se deben y pertenecen. En tiempos, los nuestros, de recesión económica es lógico que se atraviesen tiempos más difíciles para las empresas periodísticas. A una mayor estabilidad, habrá mayor proliferación de las empresas responsables. £1 campo empresarial no es el más adecuado para las aventuras. Las aventuras pueden ser buenas, regulares o malas. Pero no aportan estabilidad de ningún tipo, bien al contrario. Seria fácil abandonarse a una demagogia fácil, quizá con algunas bases en la realidad. Pero no debe olvidarse que atravesamos un tiempo de evolución, de transición, de trascendencia incalculable para nuestra sociedad. Yo creo, sinceramente, en la ambición de propósitos de las dos grandes figuras patrocinadoras del cambio en nuestro país, Fraga y Areilza. La misión, capital, decisiva, de la Prensa, en los históricos tiempos que nos ha tocado atravesar, no es otra que ayudar al cambio, articular sus posibilidades y fronteras. Hay razones biológicas que apoyan esta tesis: nuevas generaciones que no tienen nada que ver con las antiguas Ideas han irrumpido, están irrumpiendo, en la vida pública. Estas mismas razones biológicas están desencadenando un proceso de modo vertiginoso. La razón del periodismo, la actividad central de los periodistas y los periódicos, en este campo, en la perspectiva histórica que he intentado esbozar, remontándonos a Ortega. (y deseo subrayar, se me olvidaba, la Influencia saludable de aquella venerable institución que se llamó Institución Libre de Enseñanza, central en la historia de nuestra tradición), la razón de ser del periodismo, decía, no puede ser otra que estar al frente de este cambio en marcha, de este proceso. No solamente no debe asustarnos esta idea de cambio, sino que los periodistas deben ser sus fiscales, sus profetas. La meta a conseguir, claro está, podrá ser la que espolee estas situaciones. Los propósitos de la Monarquía son claros: propiciar el cambio. Cuanto mayor, más neto y definitivo sea este cambio, más amplias y generosas serán las perspectivas que debemos esperar para nuestra sociedad.»

 

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