Autor: Sentís, Carlos. 
   Notas de un viaje     
 
 Informaciones.    24/02/1976.  Página: 19. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

NOTAS DE UN VIAJE

Por Carlos SENTÍS

EL viaje de los Reyes por Cataluña no solamente constituye un éxito para el

presente. Abre también una segura cadena de logros a través de la vuelta a

España que el Rey se ha propuesto realizar dentro de un cierto ritmo compatible

con su diario quehacer. Una vez que la pauta ha sido dada, con tan clamoroso

vuelco popular, jugará la emulación donde fallaren otras cosas, y la oleada no

la parará nadie. Se producirá, al aire libre, alga así como un histórico

referéndum, un sufragio universal en favor de un Monarca proclamado en

circunstancias mucho más Frías, engoladas y de menos representatividad en el

interior de las venerables paredes de las Cortes Españolas. Esta vez el adjetivo

«histórico» será auténtico aplicado a un viaje que algunos desaconsejaban al

Rey, con tan poderosas razones como podían ser la falta de preparación, el

escaso tiempo y el ir a la región catalana precisamente en días difíciles,

problemáticos y conflictivos. Parece que fue el mismo Rey quien se empeñó en ir,

precisamente ahora, para demostrar que sus viajes no van a ser un mero pasacalle

ni aspiran a los oropeles triunfalistas.

¿Esperar circunstancias mejores? ¿Para cuándo? Probablemente por instinto el Rey

pensó que no debía, mantenerse alejado en esos momentos, que no debía permanecer

ajeno a las dificultades si no para resolverlas por lo menos para escucharlas,

comprenderlas y, en definitiva, vivirlas.

Con un cierto recelo y expectación de no pocos responsables, se fueron los Reyes

para Barcelona. Quien no dudaba, era Juan Carlos, quizá porque conocía a los

catalanes a través de sus actuaciones marineras a bordo de balandros, o con los

pies plantados sobre los esquís de nevadas montañas. En unas y otras

circunstancias había percibido un sentimiento catalán que para muchos pasa

Inadvertido: la significación del idioma.

Cuando los Reyes llegaron al aeropuerto barcelonés, el entusiasmo era bastante

descríptible."Además, aquella tarde, el tiempo era hosco y frió Los guardias

urbanos y los bomberos andaban dé media huelga, y los Reyes llegaron al

histórico salón del Tinell —donde Cristobal Colón rindió su primer viaje a los

pies de los Reyes Católicos— sin ninguna especial entrega ciudadana. Mas allí,

entre aquellas góticas paredes, se demostró nuevamente, que lo primero fue el

Verbo.

Ante la sorpresa de los centenares; de personas allí presentes y de muchos

millares de alejados oyentes radiofónicos, el Rey, al leer un completo período

de su discurso en catalán, desencadenó la espoleta de un auténtico bombazo. No

me fue difícil percibir en aquel microcosmo del Tinell lo que iban a significar

aquellas palabras lanzadas como fusión nuclear. Bastantes personas se echaron a

llorar, demostrando, una vez más, que los catalánes, tan pretendidamente

interesados, son unos grandes sentimentales. Había también, en la sorpresa

enternecida de la gente, un aflorar al exterior de una profunda nostalgia de

muchos años. Se acababa, por boca del Rey, un anatema al idioma catalán lanzado

algunas décadas atrás.

Por otra parte, y aún más allá de estos aludidos; últimos años los Catalanes no

habían conseguido oír pronunciar por la Realeza las dulces notas del lemosín

(recuérdese qué fue el poeta Bartolomé Carlos Aribau, precisamente radicado en

Madrid, quien encendió la «Renaixença»), desde hacía casi trescientos años.

La expresión de los Condes-Reyes, el Idioma de Jaime I El Conquistador, no

desapareció del todo de la expresión de los Reyes de España tras el reinado de

Isabel y Fernando. Los Reyes dé la Casa de Austria solían dirigirse en breves

palabras catalanas ante el Consejo de Ciento barcelonés, en particular cuando

necesitaban la ayuda mercantil de Barcelona, para empresas guerreras y

expediciones navales. La Casa de Borbón, en esta sentido, entro con mal pie en

la persona de Felipe V, quien consideró la toma de posesión catalana en favor de

los Austria como un ataque a su persona. La simpatía humana y cordial de Alfonso

XIII estuvo a punto de cubrir el bache. En su primer viaje a Barcelona —en

nombre del Ayuntamiento le habló un joven y casi desconocido concejal (1904) que

con el tiempo habría de convertirse en un extraordinario estadista: Francisco

Cambó y Batlle—. Alfonso XIII prometió que al volver hablaría en catalán.

Volvió... Ha sido ahora su nieto quien, con toda naturalidad, acaba de cumplir

una promesa que el viento de la Historia se había llevado antes de la caída de

la Monarquía.

Tanto como, el hecho de hablar en catalán arrastró entusiasmo el acento, la

difícil fonética de que hizo gala. Una cosa hubiera sido leer el texto sin el

acento apropiado —cosa que de todas maneras, se hubiera agradecido mucho— y otra

cosa distinta fue poner en las palabras la fonética adecuada. Las posibilidades

de los políglotas —y su portugués del colegio de Estoril—sirvieron al Rey de una

manera magistral. Las frases del Tinell tardaron muy pocas horas en germinar. Al

día siguiente, y después de la visita a Montserrat, la comitiva que se dirigía a

Berga, vieja ciudad metida ya en las laderas pirenaicas; debía solamente cruzar

Manresa. Precisamente allí se encontró lo que para muchos seguidores fue una

absoluta, sorpresa: la multitud irrumpió como un alud en la calzada, y, los

Reyes, apeados del automóvil, se vieron obligados a continuar a pie más de

trescientos metros por las calles.

En aquel Impresionante primer «baño de multitud» —el primero que experimentan

los Reyes; desde que ascendieron al Trono— pensaba, mientras me veía zarandeado

por las, gentes, que era muy lógico que fuera precisamente Manresa la ciudad que

tan espontáneamente había dado el tono. Manresa, ciudad vetusta alejada de los

caminos cruciales y recóndita tras la mole de Montserrat, que siempre le ha

separado de la comarca barcelonesa y del Valles, es algo así como el corazón de

Cataluña, además de ser, con Vich, su vecina intelectual, el centro geográfico

de la región. De nuevo, Manresa sentó sus «bases».

En este caso también de política catalana, puesto que se ha demostrado que a lo

largo de una entera semana que la Cataluña popular, la auténtica y la de la

calle está dispuesta a jugar lascarla del Rey. Ya sé que el futuro puede

cambiar... Lo cierto es que hoy por hoy la carta magna para Cataluña se llama

Juan Carlos I.

Después de lo de Manresa nada podía sorprender. La sardana quedó trenzada. En

Berga, quien el día anterior había arrancado lágrimas, levantó risas en la plaza

atestada cuando ya en el balcón los micrófonos: del alcalde se cayeron y él se

los recompuso guiñando borbónicamente un ojo a la multitud.

Un amigo mío que había bajado dé Nuria y, que también estaba en el Ayuntamiento,

me dijo en aquel momento: «El Reí ja s´ha fícát els cátalans a la butxaca», «El

Rey ya se ha metido a los catalánes en él bolsillo». Por gracia y un pocó por

instinto, en cada ciudad tocó el Rey un vivísimo resorte. En Tarragona, elevando

hasta el balcón del Ayuntamiento al niño prendido de una faja que coronaba el

«castell»: en Olot; en lugar de un «xiquet» prendió el brazo del veteranísimo

Josep Pla como para, evitar, que la multitud le estrujara; en otro momento

también dio el brazo —en este casi simbólicamente— a Salvador Espríu, que es, en

la poesía, lo que Josep Pla es en la moderna prosa catalana.

En el ámbito gerundense—Cataluña la vieja—resonaban los versos de Espríu en boca

de don Juan Carlos como un deseo también Inmortal para Cataluña:

«Visqui eternament en l´ordre y en la pau, en el treball, en la difícil y

merescuda llibertat.»

 

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