Autor: Gil-Robles, José María. 
   La política exterior es de todos     
 
 ABC.    23/08/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 23. 

LA POLÍTICA EXTERIOR ES DE TODOS

EL actual periodo det año. Y con más Intensidad esta segunda quincena de agosto, es el tiempo mas

adecuado no sólo para gozar, quien pueda hacerlo, del merecido descanso sino para dedicar también unos

minutos a la tranquila y reposada reflexión.

Por otra parte, la realidad sociopolítica plantea de ordinario en esta época sus exigencias con menos

precipitación, y suele dejar un margen más amplio a la consideración de temas que, sin perder su

actualidad, permiten contemplarla sin apremios.

La virtual aprobación de los Estatutos vasco y catalán, al menos en sus fases decisivas, el periplo

presidencial por América Latina —prefiero la denominación de América española— y el anuncio de otras

visitas a distintos países en lo que resta de año. ha desviado un tanto la atención de las gentes hacia el

terreno internacional.

En principio, en muy poco se puede discrepar de estos planes. España vive sumida en un mundo

esencialmente conflictivo, y es lógico que los complejos problemas que la situación plantea en el orden

internacional no dejen indiferentes o apáticos ni a gobernantes ni a gobernados.

Más aún. El hecho de que un gobernante, expuesto de un modo constante a respirar los aires

contaminados de la política interior, corra en busca de contrastes a otros medios menos apasionados

puede tener ciertas ventajas; y si de esos contactos y contrastes resulta favorecida —o al menos no

quebrantada— la figura del gobernante, tanto mejor para el país. Ejemplos bien cercanos tenemos de

hasta qué punto el descrédito exterior de un régimen, o de una persona, han causado a nuestro país

quebrantos gravísimos, que tardará en superar.

Pero toda política, sobre todo si aparece como una ruptura más o menos declarada con métodos

anteriores, debe llevarse a cabo con especial prudencia, que evite dar a actuaciones exteriores, necesarias

o simplemente convenientes, un aspecto frivolo de esfuerzo propagandístico, montado con ayuda de los

poderosos medios técnicos y económicos de que dispone el Estado.

Por eso no ocultaré la alarma que me ha producido la noticia aparecida en algún diario, que tiene motivos

para creerse bien informado, de que en un reciente Consejo de Ministros se había aprobado la creación de

una Comisión delegada del Gobierno para Asuntos Exteriores que se perfila como instrumento del

presidente para la política exterior, adaptado al creciente protagonismo del señor Suárez en este campo».

Desearía que esta referencia no fuera exacta. Mas por desgracia parece que lo es y que pretende alcanzar

más altas cotas.

Sí hay algo que no permite protagonismos; si hay algo que es inconciliable con personalismos y

veleidades es precisamente la política exterior de una nación y más en tiempos como los que vivimos.

Desde que los intereses generales de los Estados adquirieron contextura propía, distinguiéndose de los

intereses particulares de los príncipes, la diplomacia de todo país ha estructurado sus ideales, sentado la

prioridad de sus objetivos y adaptado la aplicación de sus medios en razón de los intereses permanentes

de la colectividad nacional.

Pasaran los tiempos de las vanidades ostentoses que se creían parte esencial del prestigio del soberano

que acreditaba a un embajador, lo mismo que el de las habilidades de enviados sin escrúpulos que

merecieron del cinismo de Talleyrand el calificativo de «personas muy respetables que se mandan a

mentir al extranjero».

Hoy la política externa de una nación se apoya en la consideración de factores permanentes de índole

geográfica, económica y estratégica de que depende hasta su propia existencia, sin por ello olvidar

antecedentes históricos, lazos de sangre y vínculos espirituales que sería imperdonable menospreciar.

Pero todo ello exige establecer un orden de preferencia de objetivos, una determinación de finalidades

concretas, una fijación de reglas esenciales, adaptables, como es lógico, a las necesidades cambiantes de

cada momento histórico. Todo ello requiere una continuidad esencial en las líneas dominantes de la

acción exterior, un callado trabajo de equipo para la selección de los medios empleados para servirlas, así

como la preparación de los hombres encargados de aplicarlos. Y todo eso —preciso es decirlo con toda

claridad— es incompatible con lo que tenga el menor matiz de improvisación o frivolidad.

Esta necesidad la sienten todos los pueblos, pero de un modo especial aquellos como España que harto

lejos de toda posición de preeminencia no han tenido una política exterior bien definida durante los

últimos años.

Debilitados por la querrá civil, rechazados del concierto de los pueblos libres por sus veleidades

totalitarias, sentados casi como pedigüeños a las puertas de una Comunidad Económica Europea que

tardará todavía buenos años en abrirnos sus brazos, hemos olvidado desdichadamente que nuestro

porvenir se está jugando en el Mediterráneo y en la prolongación estratégica del archipiélago canario,

para buscar en las queridas hijas del otro lado del Atlántico unas compensaciones constitutivas de un

Inestimable tesoro espiritual, difícilmente cotizable a la hora de pedir y ofrecer en el mercado de los

valores internacionales.

Todo cuanto hemos hecho en el norte de África en los últimos decenios ha sido fatal para nuestros

intereses: desde el reconocimiento de la independencia de Marruecos, en una noche, por orden del

entonces jefe det Estado, sin la menor garantía para las Plazas de Soberanía, hasta la vergonzosa entrega

de Guinea a un tirano esquizofrénico: desde el abandono de Ifni y del Sahara hasta el incumplimiento del

Tratado de Madrid y de los compromisos de pesca.

En plena guerra mundial, cuando los Ingleses veían dibujarse una seria amenaza sobre Gibraltar, el

Gobierno de Londres —puedo decirlo sin entrar en el terreno de la fantasia— admitía, en sus

conversaciones con la oposición democrática, el estudio, a cambio de la neutralidad de España, deI

establecimiento de un Estatuto del Estrecho, que garantizase los derechos de nuestra patria en esa zona

vital del mundo.

¿Qué ha quedado de todo aquello? ¿Cuándo podremos reconstruir una realidad equivalente? La obra

sobrepasará las posibilidades de más de una generación. Pero a ella hay que dedicar todos los esfuerzos,

sin perder nunca de vista que somos un oais colocado en el centro de las mas graves tensiones políticas,

estratégicas y económicas del planeta. En torno a nuestras costas pueden librarse las contiendas

definitivas de las grandes hegemonías en conflicto.

Al lado de esta dramática realidad, ¿puede tomarse an serio la invitación para asistir a la cumbre de los no

alineados y na pasar allí de la categoria de observadores de la tremenda pugna entablada hace ya años

para arrastrar al Tercer Mundo a la órbita de una de las dos grandes potencias?

Ante la necesidad de la integración en la Comunidad Económica Europea de una España económicamente

deshecha y de las inmensas dificultades interiores y exteriores que hay que superar para lograrlo, ¿nos

podemos sentir compensados con el rasgo cordial de nuestra asistencia platónica al Pacto Andino. aunque

nuestros labios no encuentren palabras suficientemente elocuentes para expresar a nuestros hermanos de

mas allá del Atlántico el mayor de los reconocimientos?

No. La política exterior de una nación exige una concepción básica más solida. Una linea histórico-

filosófica más firme y más constante en que estén de acuerdo amigos y adversarios, libres de cualquier

asomo de presiones extranjeras; un sólido y persistente trabajo de preparación de hombres y de

materiales; y una razonable previsión de las incidencias que pueden surgir de la marcha de las cosas

deben ser las bases insustituibles de la política externa de. un país que ha sido sacudida como tantas veces

ha ocurrido con la de España, por tan tremendos bandazos inspirados por caprichosas improvisaciones.

En ese terreno común se encontrarían, sin duda, todos los españoles dignos de ese nombre. Vale la pena

de que se intente.

José M.a GIL ROBLES

 

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