Autor: Miret Magdalena, Enrique. 
   Un gobierno que no sabe gobernar     
 
 Informaciones.    13/09/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 17. 

UN GOBIERNO QUE NO SABE GOBERNAR

LO peor no es que nuestro Gobierno no gobierne; es que. después del tiempo que lleva al frente

del Poder, los españoles que andamos por la calle, y sea cual sea nuestra particular ideologia,

comprobamos todos los días que no sabe gobernar.

Yo —que no he estado ni estoy adscrito ideológicamente a ningún partido, igual que la inmensa mayoría

de los españoles— hubiera deseado otra cosa para nuestro desgraciado país

Y conste que nunca fui pesimista, pero ahora sí lo soy. Porque cuando gobernaba el franquismo —del que

siempre estuve distanciado—, tenía una gran ilusión y esperanza en el cambio, y por ella luché

denodadamente desde mí palestra de la palabra y de la pluma.

Pero ahora me siento —como nos pasa a tantos y tantos ciudadanos— como si anduviera por un desierto

de asfalto. No veo fácil salir de este páramo que frena nuestros pasos, a pesar de hacer un desorbitado

esfuerzo por caminar hacia adelante como nación, en compañía de otros hombres dispersos que forman

hoy la mayoría desesperanzada, igual quo ayer compusieron la mayoría silenciosa de que tanto se habló.

Miro a mi alrededor. Y, ¿qué veo? Un partido en el Poder que utiliza los mismos métodos del régimen

anterior, envueltos —eso sí— en una capa de actualidad con apariencia democrática, porque su poder de

influencia, a casi todos los niveles, es omnimodo. Y además con un afán de enmascaramiento que intenta

presentar inútilmente una imagen progresista.

Si echamos una ojeada al panorama educativo, parece enteramente que nadie gobierne. Y cuando se

deciden a hacerlo, no lo pueden realizar mas desacertadamente, como lo demuestra la decisión de

disminuir el profesorado, dando un aldabonazo a los conformistas esos grupos que pasean tristemente

abatidos delante del Ministerio del ramo.

Recuerdo a un Jesuíta amigo que hace treinta años me visitaba para contarme con asombro admirativo sus

experiencias en Bélgica y Holanda. En esos países, para conseguir un desarrollo incluso material, la

atención preferente se daba a la educación hasta en los presupuestos. Y aqui estamos en esta materia

siempre, de un modo o de otro, ante la cenicienta a la que nunca se le resuelven ni encauzan sus

problemas para mal irreparable de las futuras generaciones.

Y nada digamos del mundo empresarial y de la Bolsa. Grandes empresas se tambalean, y arrastran en su

vacilación a incontables pequeños y medianas, cuando estas últimas suponen más de las cinco sextas

partes de la mano de obra del país. Y, ¿qué soluciones eficaces aporta el sedicente programa económico

del gobierno para que esto no ocurra? ¿O qué impulso da a esa Bolsa radicalmente decaída que fatalmente

ha defraudado las esperanzas de tantas y tantas familias que pusieron sus ahorros en ella, y se les han

venido abajo, porque lo que en 1974 valía 100 ahora vale 16?

Y no voy a recordar algo tan obvio como la disgregación social que demuestra la explosión de la

delincuencia juvenil, los drogadictos y la carencia de orden público, sin que se arbitre ninguna solu ción

racional para estos nuevos problemas dentro de una libertad inteligente.

Nuestros gobernantes siguen mientras tanto en el mejor de los mundos, pensando que tienen

prácticamente la mayoría en el Parlamento y en el Senado. Distanciándose asi más y más del país real, y

volviendo desgraciadamente de nuevo a ser un hecho el abismo entre la España oficial y la España real.

Y a los que para nada queremos esconder la cabeza debajo del ala, sin experimentar cambio alguno en

nuestra postura ante una nueva sociedad centro de nuestros anhelos, se nos llama «catastrofistas»; como si

los catostrofistas fuésemos nosotros, y no más bien quienes con increíble inconsciencia dejan que este

desmoronamiento inicial vaya poco a poco avanzando como la lava que sale de un volcán en ignición.

Muchos estamos ya hartos de clasificaciones. porque eso ha sido el truco que el nacional-catolicismo

inventó para impedir que pensásemos racionalmente, haciendo creer Que bastaba catalogar a una persona

en otro grupo distinto del suyo para así anularla. Ese fue el coco esgrimido contra el socialismo, el

sindicalismo libre o los partidos políticos por muchos de quienes hacen hoy alarde de demócratas y

avanzados. Debían éstos leer el trabajo sobre la inteligencia del filósofo Brunschvig, quien, valiéndose de

las experiencias del profesor Piaget, demuestra que esa mentalidad simplista clasificadora corresponde a

la lógica que tiene un niño de nueve años, en cuya edad mental nos mantuvo el catolicismo hispano, y

ahora parece que nos quieren mantener los nuevos demócratas.

Quienes se pagan de letreros, como hace el triunfalismo político egocéntrico o el nacional-católico, evitan

llamarse de derechas y se denominan de centro-izquierda produciendo evidente confusión. Y, eso si, a

quienes criticamos sus seudosoluciones, que carecen de inteligencia o de realismo políticos,

en seguida echan en cara sobre nosotros lo que ellos mismos son, y que no quieren aparentar acudiendo

para ello a hábiles trucos de prestidigitación verbal.

El proyecto de Estatuto del Trabajador, por ejemplo, podra ser aparentemente mas progresista que el

italiano, pero no es esto, por si mismo, una patente de corso para el nuestro, ya que los profesores

socialistas Giugni y Mancini, que en su primitiva concepción Intervinieron, consideraron el primer

anteproyecto €bueno», el cual iba en la línea de lo que aquí expliqué en reciente articulo refiriéndome a

España. Pero la politica italiana fue la que lo cambió, en un sentido aparentemente más progresista,

colaborando a ello hasta la. derecha, y guiados no por la razón, sino por el miedo y la demagogia, como

asegura el socialista Mancini. Olvidaron los políticos italianos estimular la responsabilización y el

desarrollo del sindicalismo, que era el leit motiv. del proyecto inicial que fue después sustanciealmente

modificado. Así, no yo, sino este profesor socialista, dice que fracasó el Estatuto aprobado por motivos

políticos y no por razones sociales objetivas. Y yo lo que pido es que no vaya a ocurrir ahora algo

parecido con el híbrido que es nuestro actual proyecto español, mas parecido al fracasado Estatuto

italiano que al primer proyecto que hicieron esos profesores.

Decir esto, ¿es ser de derechas? En ese caso, el socialista Mancini también lo seria.

Yo creo por eso que no hay peor retrogradismo que el de aquellos que practican un progresismo verbal

sólo por oportunismo. Y por eso cada vez admiro más la gran figura de Lenin, que habló del

.Izquierdismo» como enfermedad infantil de la ideologia que entonces imperaba en Rusia, y, sin

embargo, él fue el único que transformó Rusia —independientemente de la valoración Ideológica que

demos a su solución—, y no lo hicieron, en cambio, aquellos demagogos mucho más progresistas que le

rodeaban, y en cuyos ingenuidades nunca quiso él caer.

Defender una solución clara, realista y comprometida para nuestra economía social, en la linea de los

Papas, como Juan XXIII; propugnar un sindicalismo plural, fuerte y responsable, que incida

dialogalmente sobre los problemas del trabajo; creer mas en los sistemas de representación en la empresa,

que en los del asambleismo referendario constante, no es inclinarse a la derecha, sino crear un clima y

abrir un camino progresivo, como quería el socialista Mancini para Italia y no lo consiguió con grave

perjuicio para su país. Ese rumbo realista que huye de los oportunismos ver. bales es el que abrirá el

futuro de verdad, y no este «laissez faire», laissez passer», con gotas de concesión oportunista a aparentes

progresismos, porque esta última actitud puede llevar a una indeseable involución por reacción simplista

de las masas cuando llegasen a estar más desesperanzadas al fracasar los deseos prometidos.

Yo quieto partir de la realidad, de esa realidad dinámica y complementaria que descubre la ciencia actual

en el mundo físico y humano, profundizando y progresando realistamente en ella, sacando el hondo

mensaje de los signos de los tiempos», sin caer en el barniz superficial de la modernidad por la

modernidad y del oportunismo por el oportunismo, pues con ello no se hace futuro, sino sólo carne de

reacción, negativa.

Por E. MIRET MAGDALENA

 

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