Autor: Díaz-Plaja, Guillermo. 
   Y dale con Latinoamérica     
 
 ABC.    18/07/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 19. 

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vertidas en los artículos firmados

Y DALE CON «LATINOAMÉRICA»

EL reciente Congreso de Escritores de Las Palmas —convocado con una buena fe tan evidente como

los errores que presidieron la elección de los invitados— ha ofrecido una tabla de valores y de

contravalores, de presencias y de ausencias (éstas, las más sonadas) cuyo análisis podría ser útil para un

estudio sociológico cultural de nuestro tiempo.

No voy a intentarlo ahora por muchas razones entre las que destaca la complejidad del tema, su dudosa

oportunidad polémica y, por encima de ello, la problemática permanencia en el recuerdo de un suceso

que, por encima de su condición cultural, pareció presentarse como un acontecimiento político.

Pero me tienta ahora recoger un solo aspecto. En el Congreso de Escritores de Lengua Española (así se

titulaba), nuestros invitados trasatlánticos utilizaron bien pocas veces la palabra «español, aplicada a la

lengua, sin duda siguiendo los ejemplos de los maestros hispanoamericanos —Andrés Bello, Rufino J.

Cuervo. Marcos Fidel Suárez. Rafael María Baralt, Arturo Capdevila— que preferían la locución

castellano», fieles, sin duda, a la tradición mantenida por Ia Real Academia que así titulaba sus

gramáticas y diccionarios desde su fundación en el siqlo XVIII hasta hace medio siglo.

Como es bien sabido, el criterio de la docta casa ha cambiado en favor de ´español, acogiéndose a razones

de antonomasia, instando a los poderes públicos para que se adopte en exclusiva esta designación que,

como es notorio, fue delegada en la Constitución, que prefirió •castellano atendiendo a la justa

reclanación de otras hablas que se sabían dolidas al no ser consideradas explícitamente españolas en el

texto constitucíonal

Entiendo que la tendencia de los hablantes de Ultramar a preferir castellano tiene una explicación análoga

por el hecho de que la palabra español» presunta un concepto político excluyente, puesto que España» es

el nombre de un Estado, con su sombra de historia imperativa, mientras que Castilla (y castellano») ha

dejado de tener esta resonancia para configurar un concepto meramente lingüístico.

A esta actitud responde también, probablemente, la dificultad de aceptación de Hispanoamérica». La casi

totalidad de los asistentes ultramarinos se ha empecinado en llamarse a sí mismos latínoamericanos». La

palabra Latinoamerica» no se les cae de la boca. Incluso, como en este Congreso, dirigiéndose a un

público español, se han aferrado a esta designación confusa, híbrida y despectiva.

Confusa, porque se apoya en una unidad de oriqen —la lengua de Roma— que se traduce para América

en tres subunidades: castellano, portugués y francés. Híbrida, por esta misma superposición demográfica.

Y despectiva, porque —como veremos en seguida— es una locución norteamericana que señala en

bloque, marginándola, a la América que no tiene el honor de ser sajona.

Un reciente articulo, excelente por cierto, de Francisco Morales Padrón, podría aclararnos este punto:

´Latinoamérica —nos dice— surge en la década de 1860. a raíz del intervencionismo francés en México.

"Fue concebida en Francia —dice John L. Phelan— como un programa de acción para incorporar el papel

y las aspiraciones de Francia hacia la población hispánica del Nuevo Mundo".

Michel Chevalier fue el vocero del programa pan-latino. Gran viajero. Chevalier había impulsado la idea

para que Francia construyese un canal por Panamá (1844). Defensor del expansionismo económico de

Francia sostenía estas tesis:

1] Europa está dividida en tres grupos raciales: germanos o anglosajones, latinos Y eslavos.

2) En América se daba la dicotomía anglosajona-latína.

3) En Francia era la líder del grupo latino.

4) La latinidad se apoyaba como origen común de la lengua y el catolicismo

... en fin, que la "raza latina" en Mexico —concluía Chevalier— tenia que ser reforzada para evitar la

penetración norteamericana. El proyecto mexicano era contemporáneo del intervencionismo galo en

Indochina (185863) que tuvo éxito. Francia deseaba hacerse con materias primas y encontrar mercados

para sus manufacturas. Por esto y para esto se creó el vocablo Latinoamérica.´

Queda señalada, pues, la equívoca procedencia del vocablo, que seria aceptable sólo cuando designase

conjuntamente la fracción de América que incluye las zonas de habla castellana, portuguesa (Brasil) y

francesa (Guayana. Martinica, Haití, el Canadá del Este).

De acuerdo con esta fragmentación cabría, también, reservar el nombre de Iberoamérica para la América

hispano-portuguesa. y el de Hispanoamérica, en fin, para todo el continente que se expresa en castellano,

Incluyendo la población chicana (Texas. California), y «Spanish (Nuevo México) de los Estados Unidos.

Pero lo evidente es que todas estas razones, tan meridianas, se oscurecen ante esa realidad

demográficamente abrumadora que advertimos en la lengua escrita y hablada (discursos, emisiones de

radio y televisión) en la que privan las locuciones «Latinoamérica y latinoamericano con que nuestros

hermanos de lengua nos han obsequiado hasta la saciedad en el reciente Congreso de Escritores.

Hay, en favor de esta obstinada conducta, las discutibles razones que Morales Padrón ha ofrecido. Pero

hay, asimismo, más o menos consciente, una actud de orgullo y de pedantería que intenta marginar a

España en su condición de hontanar lingüístico y cultural, para agarrarse a una vaga filiación europea —

especialmente francesa— que proporcione una carta de identidad diferenciada.

Cuando, en mi discurso de Las Palmas, intenté demostrar que España habia ofrecido a América nada

menos que el negocio de integrarse en la cultura europea fui acusado de paternalista. Bien; no me

importa. Yo sigo pensando que gracias a España, a Portugal, a Francia y a Inglaterra existe la espléndida

posibilidad de que todavía hoy el continente americano pueda ser, en el terreno cultural, la prolongación

extremo-occidental de Europa. Pero no afecta plenamente a la cuestión central de este artículo.

Guillermo DIAZ-PLAJA De la Real Academia Española

 

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