Autor: Medina González, Guillermo. 
   La crisis de los partidos     
 
 El País.    14/08/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

POLÍTICA

EL PAÍS, jueves 14 de agosto de 1980

TRIBUNA LIBRE

La crisis de los partidos

GUILLERMO MEDINA

En los últimos meses ha comenzado a plantearse en España un tema que no es nuevo en la ciencia

política, y que preocupa a los demócratas responsables: la crisis de los partidos. No faltan voces, entre

nosotros, que advienen cómo el posible distanciamiento de estos ante la realidad social, las deficencias

del sistema electoral y los síntomas de desvitalizacióa interna de los partidos pueden llegar a convertirse

en un factor de incertidumbre sobre la consolidación de nuestra bisoña democracia. La inquietud se

explica porque es una verdad política elemental que la estabilidad de un sistema pluralista guarda estrecha

relación con el arraigo institucional y social de su sistema de partidos y con la capacidad de estos para

sumir y representar ideales e intereses. La historia de España ofrece no pocos ejemplos de cómo la

ausencia de partidos nacionales responsables, representativos y estables, frecuentemente sustituidos por

meras plataformas personales y coyunturales, coadyuvó a la crisis de expe. riendas constitucionales.

Nuestro sistema

Conviene analizar el fenómeno con rigor y realismo. Nuestro sistema de partidos ha ido evolucionando,

desde la ya olvidada «sopa de letras» del 15 de junio de 1977, hacia un modelo basado en dos grandes

partidos nacionales, con modelos democráticos alternativos y orientados ambos hacia la moderación y el

reformismo de distinto signo. Hemos eludido los riesgos de atomización política, la dialéctica de

radicalización de los polos enfrentados y el mal ejemplo italiano de la falla de alternativa, para seguir un

proceso de bipolarización, aunque imperfecta, de signo centrípeta y moderado. Ha sido un proceso

positivo, al que han contribuido la propia existencia de UCD imprescindible para la realización del

cambio y necesaria para 1a estabilidad del modelo y la evolución inconclusa del socialismo desde el

dogmatismo marxista a la aceptación, ya realizada por la socialdemocracia europea, del marco

interclasista y liberal de la democracia burguesa. Primero fue el centris mo, liberal e interclasista, el que

realizó la hazaña de encauzar hacia 1a democracia y las reformas a amplios sectores sociológicamente

conservadores. Después, el socialismo, guiado por la experiencia alemana, emprendió una estrategia

basada en el principio de que hay que abandonar el clasismo de partido proletario (u obrero) como único

medio de lograr los votos suficientes para alcanzar el poder.

Ante el cuadro descrito, someramente se manifiesta, en primer lugar, el impacto que el desarrollo del

Estado autonómico puede producir sobre el sistema de partidos en su conjunto y sobre la organización

interna y la estructura geográfica de los partidos de ámbito estatal. Por una parte, éstos tendrán que

encontrar un equilibrio entre la necesaria regionalización de su organización, en un país de estructura

territorial cuasi federal, y la indeseable conversión en un rompecabezas de subpartidos regionales

coincidentes en el modelo ideológico, pero insolidarios en el Estado. También por esa vía, España

resultarla ingobernable. Por otro lado, un eventual desarrollo de las opciones partidarias nacionalistas

plantearía la amenaza de centrifugación territorial, no ideológica y consiguiente desestabilización del

actual modelo de partidos. El riesgo existe, pero ni debe ser dramatizado por quienes se oponen a una

colaboración duradera entre la burguesía central y la periférica ni es inevitable, sobre todo si consolida el

modelo de organización territorial satisfactorio.

Las alternativas radicales

En segundo lugar, la positiva evolución del sistema de partidos antes enunciada se hallarla amenazada por

los vacíos y huecos que su implantación pudiera producir en el espectro sociológico electoral y por las

dificultades de los dos grandes partidos para cubrir sendos amplios espacios electorales sin dejar hueco

intermedio y sin que surjan opciones alternativas a derecha e izquierda. Mucho dará que hablar el tema,

que últimamente se plantea con la hipótesis de opciones radicales —ambas con función critica—, que

responden a dos supuestos diferenciales: el del partido radical como espacio intermedio entre UCD y

PSOE, y el del radicalismo como réplica de izquierda de quienes estiman que se ha producido una

derechización del PSOE y del PCE. No parece, sin embargo, que con el sistema electoral vigente, con los

datos que proporciona la sociología política y con un electorado que permanece fiel a la moderación, pese

a la crisis económica, el sistema de partidos actual corra grandes posibilidades de alteración del espectro

por este motivo. La competencia entre UCD y el PSOE por el electorado fronterizo es demasiado clara y

constante como para que un tercero en discordia pueda desafiar con éxito a los dos grandes partidos de

tendencia hegemònica.

Mientras a la derecha de UCD la opción democrática existente sigue sin remontar, por múltiples razones,

su nivel electoral, minoritario, y la ultraderecha española cabe, en definitiva, en una gran plaza madrileña,

el caso del radicalismo de izquierda es diferente y más consistente, hasta el punto de que un libro

colectivo reciente enfoca la crisis de los partidos desde la perspectiva de la crisis de la izquierda. Lo hace

«sí no sólo porque la izquierda es más propensa a analizar ideológicamente estas situaciones, sino porque

la trayectoria de moderación de la izquierda tradicional y la ausencia de claras respuestas —fenómeno

europeo, no sólo español facilitan cierta identificación entre ambas crisis. Sin embargo, tampoco parece

probable que surja una alternativa electoralmente apreciable —y, por tanto, políticamente eficaz para

existir y crecer de los sectores a la izquierda del PCE, que entraron en crisis a partir del 15-J, y del

heterogéneo movimiento de sentimientos y reivindicaciones radicales difícilmente articulables en un

partido organizado. En cuanto a otra hipótesis de dislocamiento del espectro político, la ruptura de UCD,

baste decir que la experiencia de estos tres años debería desanimar cualquier voluntarismo ilusorio en este

sentido.

En las crisis de los sistemas de partidos hay un tercer ángulo menos clamoroso y, sin embargo, más

preocupante, a mi juicio, por sus profundos efectos a largo plazo. No estamos aquí ante impulsos de

modificación sustancial en el espectro, sino ante defectos y carencias dentro de los partidos y en la

relación de éstos con la realidad social. Ciertamente hay que estar alertas ante quienes pretenden presentar

los errores y faltas circunstanciales de los partidos como crisis existenciales del sistema mismo de

partidos, pero tampoco puede olvidarse que la consolidación de la democracia requiere, por parte de todos

los responsables políticos, una cierta autocrítica en busca de decisiones que mejoren la comunicación

partidossociedad y revitalicen sus estructuras internas. Debe analizarse también la parte de

responsabilidad que cierta introversión del sistema y de los partidos tienen en ese fenómeno que —

aunque amplificado por los rasgos impresionistas y emocionales de nuestra vida política existe con el

nombre convencional de desencanto.

Otro modelo

Estamos ante un fenómeno que no es privativo de España. Hace poco escribía Michel Rocard: «Es preciso

encontrar otro modelo de partido. Las formas tradicionales del compromiso dejan fríos a los jóvenes, a las

mujeres e incluso a los militantes más aguerridos, desanimados por la incapacidad de su partido para

hacerse cargo de las preocupaciones nuevas y hacer frente a la realidad del ejercicio del poder». Tampoco

es imputable en exclusiva a la clase política, pues más allá del cacareado y relativo divorcio entre ésta y

1a sociedad y la atonía actual de la creación artística e intelectual, el descenso del arraigo social de los

sindicatos, la falta de credibilidad de los medios de comunicación, el escaso dinamismo de los grupos

sociales, son síntomas, entre otros, de que no sólo fallan los agentes políticos mediadores entre la

sociedad y el Estado los partidos políticos, sino también las instituciones sindicatos, grupos y

asociaciones de todo tipo que articulan la relación entre el individuo y la sociedad.

Regeneración

Hay que que huir de los errores que producen abstención, escapismo, voto-castigo y opciones de rechazo

global. Hay que hacer de los partidos pilares de la democracia representativa— instrumentos de acción

política y canales de participación permanentes y organizados, modelo este bien diferente al de los

simples aparatos tecnocráticos y maquinarias electorales, inadecuados a un país como el nuestro, donde

los agentes del poder —Gobierno y oposiciones— no son simplemente gestores de soluciones alternativas

a problemas ordinarios, sino propiciadores de modelos diferentes para una sociedad en rápida y profunda

transformación. Hay que evitar caer en una sociedad insolidaria donde el ciudadano se sienta aislado,

desconcertado, sin un proyecto colectivo en el que insertarse ni unas metas ilusionantes que compensen

los sacrificios a que obligan tos desafíos de la sociedad contemporánea.

Concebir los partidos instituciones con ideologia, programa y organización, como enseñaba Giménez

Fernández— con menos recursos de conquista del poder es confundir el instrumento con la función.

Identificar la democracia con un hecho electoral cuatrienal es confundir un sistema de valores

permanentes con el procedimiento de legitimación de sus representantes. Cuando se habla de crisis de un

determinado sistema, generalmente es porque los partidos son víctimas de alguna enfermedad:

burocratismo, incomunicación, centralismo, ausencia de democracia interna, falta de debate ideológico...

Plantear y resolver todos estos problemas desde nuestra perspectiva democrática es una exigencia de la

consolidación y arraigo del sistema de libertades. Para ello es necesario que la ciase política asuma cada

vez mas el liderazgo de sectores sociales y hasta la función pedagógica que requiere un pueblo con más

instinto y sentido común que experiencia política democrática. Es preciso acercar la política a la calle

haciendo e) debate reacciona! y asequible. Es necesario superar definitivamente el movimiento pendular

entre el Scilia y el Caribdis de la democracia española: el pasteleo y la insolidaridad, el consenso absoluto

y la agudización artificial de las diferencias. Tras la hazaña y la crisis puede surgir la esperanza. La

sociedad permanece viva, y dentro de los partidos actuales existen dirigentes conscientes y grupos de base

capaces de crear impulsos de regeneración interna.

Guillermo Medina es periodista y diputado de UCD por Sevilla.

 

< Volver