Autor: Oriol, Antonio María de. 
   El espíritu y la palabra     
 
 ABC.    09/01/1976.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

9 DE ENERO DE 1976. PAG. 4.

EL ESPÍRITU Y LA PALABRA

Por Antonio Ma de ORIOL

Nos hallamos en el momento de la firmeza, la honradez y la lealtad junio con la

serenidad y la ponderación para valorar las palabras en su justa medida. Hay que

estar prevenidos contra la magia de algunas palabras, porque se pone tal acento

en alguna de ellas con el que parece que se quiere borrar la raíz y el

fundamento sobre el que ahora tenemos que trabajar, que en el fondo se apoya en

un concepto y una exigencia ética de la vida.

La palabra democratizar se presenta como la panacea que ha de resolver todos los

males sin enmarcarla debidamente; si lo que se pretende conseguir es una

participación real y efectiva del mayor número de ciudadanos para que sea lo más

perfecta posible y asi puedan compartir las decisiones que afectan a la

comunidad nacional con el fin de encontrar la solución efectiva a los problemas

concretos planteados o que se puedan plantear, bien venida sea. Porque será, sin

duda, un perfeccionamiento en el camino iniciado. «El carácter representativo

del orden político es principio básico de nuestras Instituciones públicas», tal

como lo determina el Principio 8.° que informa nuestro orden constitucional, que

está vigente.

El objetivo es claro, pero el camino para alcanzarlo exige transitar por él sin

tutorías extrañas a nuestro ser nacional, cuya Idiosincrasia encontrará más

apropiado uno que otro, y en ese. camino es en el que hay que poner esfuerzo y

trabajo; no esperarlo todo de unas formulaciones escritas con declaraciones más

o menos generales y de cuya ineficacia tenemos una larga y triste experiencia.

Esforcémonos ahora en apoyar programas concretos, que en el marco de nuestra

Constitución vigente permitan ese progreso- que queremos en todos los órdenes..

Es cierto que la igualdad jurídica fue una conquista política irreversible, pero

es necesario precisar este concepto de igualdad, ya que no sólo puede referirse

al Individuo aisladamente considerado, sino también en función dejas

circunstancias diversas que lo ligan al propio ambiente y a la vida cotidiana en

razón de su condición social, que tiene una dinámica propia generadora de logros

sociales. Y esto es lo que permite a través de las sociedades Intermedias ese

compartir, de manera más real y efectiva, la conformación de la sociedad.

En ese proceso que tiende a perfeccionar, la participación hay que evitar las

aceleraciones que, sin duda alguna, pueden hacer naufragar todas las esperanzas

que se puedan tener en la fuerza creadora de la libertad, en los escollos que

rodean al archipiélago Goulag, manifestación actual de la esclavitud más

degradante y brutal de la Historia.

Todos tenemos nuestra «cuota de responsabilidad» en el esfuerzo necesario para

alcanzar estos objetivos, y para ello es preciso conocer bien la filosofía

política en la que ha de inspirarse a la altura de nuestro tiempo y sobre

verdades que son permanentes, a fin de no dejarse arrastrar por aquellos

adoctrinamientos que, de forma más o menos disimulada, pretenden desviar nuestra

Historia para darle en exclusiva una interpretación materialista que claramente

se propone destruir todo concepto trascendente, propiciando un humanismo que

pretende ignorar la razón fundamental de la dignidad de la persona humana.

De Igual manera que la palabra democratizar puede confundirnos, hay otra de

excepcional valor para la convivencia humana: la de «reconciliar», que también

puede arrastrarnos al resultado contrario de lo que pretende, si se manosea y

manipula de forma equívoca.

No se trata de hablar y repetir sin más las palabras. Es preciso sentir y vivir

el espíritu que anima a éstas.

No podemos caer en la Ingenua aceptación de la univoca Interpretación. Si se

pretende hacerlo todo en un plano humano, no se alcanzará nunca la solución,

porque sólo se conseguirá reavivar las causas que pudieron dar lugar al

conflicto. Es como pretender que una cicatriz se cure hurgando en ella. Hay que

saber proyectar hacia Dios nuestra vida.

Es cierto que frente a esta interpretación se cultiva otra que enmascarándose en

palabras atractivas lo que tiene en su fondo es una raíz de odio y de lucha

permanente, porque sólo en ella tienen puesta su esperanza para, en definitiva,

destruir la armonía de la creación, que es en la que todos tenemos que procurar

por nuestra parle no ser notas disonantes, sino activos participes que

contribuyan con su vida y su conducta a esa armonía sobre la cual puede

edificarse una convivencia fructífera y pacífica entre los hombres.—A. M. de O.

 

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