Autor: Izquierdo Ferigüela, Antonio. 
   A cambio de letras     
 
 El Alcázar.    06/10/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

LA VENTANA INDISCRETA

A CAMBIO DE LETRAS

LA verdad es que en ocasiones Jaime Campmany malgasta o malvende su espléndida pluma.

Es lógico; ¡tantas veces ha explicado que gana el pan con el sudor de esta tinta!... De ahí que

no pueda serie exigido, en rigor actitud generosa. En "Letras de Cambio", que es un hermoso

rótulo para su conducta literaria, acaba de reducir el discurso que el líder de "Fuerza Nueva"

pronunció en el cine Mprasol a una simple anécdota. ¡Es tan fácil caricaturizar un texto por el

procedimiento de extraer de él una sola frase que hasta los alumnos de la Facultad de Ciencias

de la Información podrían emularen ese orden el empuje del maestro! Según parece, don Blas

Pinar dijo a sus fervorosos seguidores que "estamos dispuestos a salir a la calle para defender

la dignidad de los españoles". Y esa frase, separada del cuerpo del discurso, le ha servido a

Campmany para arremeter contra el popular notario madrileño. Lo mismo podría arremeterse

contra José Antonio cuando escribía aquello de la dialéctica de los puños y las pistolas o

cuando le explicaba a Franco, en una memorable carta, que no se había entibiado su

resolución de salir con un fusil a defender a España aunque estaba en la certeza de que saldría

a participar en una gloriosa derrota.

No trato de establecer comparaciones que el propio Blas Piñar rechazaría de plano. Trato de

explicar, con honradez, que no se puede juzgar un discurso de dos horas con una frase de

medio minuto. Por lo menos a mí me parece una inmoralidad. O, si se quiere, un fraude para el

lector. No creo que el incidente valga la pena. Si la frase comentada por Campmany fuera mía,

no me habría preocupado en absoluto. Las afirmaciones del ilustre periodista casi nunca son

definitivas, como los informes forenses; ni siquiera provisionales. Son efímeras p sólo

circunstanciales. Fugaces, siempre. Sin ir mas lejos, el pasado lunes, Jaime Campmany

arremetía contra la manifestación republicana de que hicieron gala los jóvenes socialistas del

PSOE en el Palacio de Exposiciones y Congresos. Leyéndole diríase que se habría sentido

herido en un hondo fervor monárquico. Se trataba, también, de una frase circunstancial, como

aquella otra que, en sentido contrario, hizo en el diario "Madrid" cuando aseguró: "Deseo para

mi país una República presidencia-lista, que me parece la mas moderna y democrática fórmula

para conjugar, con equilibrio, la autoridad y la libertad". Esto lo sostenía, como digo, el 8 de

julio de 1969, pero ¡ay!, el día 21 de ese mismo mes y año sumaba su sía a la propuesta de

Francisco Franco para que el Príncipe don Juan Carlos de Borbón sucediera al Caudillo en la

Jefatura del Estado a título de Rey, y España recobrase su milenaria Institución. ¿Y qué voy a

decir yo de sus hermosas arengas — pajaritas— a los maestros? Aquellos inolvidable

artículos conmovieron a los docentes de España entera que, de alguna forma, contribuyeron a

llevarte a un escaño "familiar" de las Cortes de Franco. Pero cuando la Ley de Educación inició

sus debates — ¡tengo tantas anotaciones de aquellas jomadas!— Jaime Campmany volvió la

espalda a la expectante comunidad de educadores primarios, alguno de los cuales escribiría

cartas a un semanario confiado a mi dirección, que para no agriar más las cosas, tuve mucho

cuidado de no publicar aunque sí de conservar. Mi afición al coleccionismo tiene sus

exigencias.

¡No! ¡no!. Yo no me hubiese enfadado con Jaime Campmany si el orador hubiese sido yo,

porque sus tesis tienen un valor parecido a las cotizaciones en Boba durante la etapa del

Presidente Suárez. En Campmany.

— lo he sostenido en otras ocasiones— se dan dos personalidades muy determinadas: una, la

del escritor irreprochable, sereno, elegante, primoroso; otra, la del político. Para ser político le

faltan dos cosas: una, aquella cualidad que señala el Conde de Romanones en su Breviario de

Política Experimental: el instinto. Otra, para mi fundamental, ajustar la conducta a las

declaraciones.

Antonio IZQUIERDO

 

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