Autor: Laguna Sanquirico, Francisco. 
   Todos somos responsables     
 
 El País.    11/06/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

TRIBUNA LIBRE

Todos somos responsables

FRANCISCO LAGUNA SANQUIRICO

Es hasta cierto punto inevitable que en momentos de crisis o de acontecimientos que siembran el

desconcierto se extremen las posturas personales y se dificulte el diálogo. Pero por lo mismo, es una

obligación de todos, y en especial de los que intentamos vivir mirando al Evangelio, el aportar lo que esté

en nuestra mano para serenar los ánimos y aclarar los equívocos.

Las declaraciones oficiales sobre la actitud de las Fuerzas Armadas, tanto como corporación como

individualmente, están ahí y no necesitan ninguna glosa. Pero es evidente que al margen de ellas está la

inquietud de muchos profesionales sobre las consecuencias internas que puede tener el intento de golpe de

listado del pasado día 23 de febrero. Dejemos a la administración de justicia que estudie y determine las

responsabilidades de los implicados, pero no podemos caer en el error de considerar que es agua pasada

sobre la que nosotros no tenemos ninguna culpa. Por ello me parece obligado hacer un examen a nuestra

propia conciencia para que cada uno de nosotros valoremos la responsabilidad que podemos tener tanto

en la situación de nuestra patria nuestras

Fuerzas Armadas como en la génesis y en las posibles consecuencias de los acontecimientos del día 23.

Seria del todo incorrecto el proponer una serie de puntos concretos que podrían ser interpretados como

una crítica. Además de estar fuera de lugar, no es ese el problema y el verdadero peligro que tenemos

hoy. Por encima de los motivos concretos, que cada uno valora de diferente modo, considero que estamos

viviendo en un clima peligroso de falta de disciplina y de falta de profesionalidad. Como ambas

afirmaciones pueden parecer demasiado tajantes, intentaré explicar el alcance que doy a las mismas.

Falta de disciplina en el sentido «moral» de dicha virtud. Ciertamente, las órdenes concretas y objetivas

se aceptan y, en general, y salvo raras excepciones, se cumplen, pero lo que quizá deba examinarse es si

estamos viviendo o no esa actitud interior de aceptación de la disciplina que desde los clásicos de la

moral militar, Sancho de Londoño, el marqués de Santa Cruz de Marcenado o Almirante, a los modernos,

Franco, Vigón o Cabezas Calahorra, se considera como piedra angular del espíritu militar. Cuando las

Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas insisten, una y otra vez, en ello no hacen más que recoger

algo que ha estado en el ánimo y en el recto proceder de todo militar.

La crisis surge cuando se pasa de las palabras a las actitudes concretas, porque se ha aceptado el peligroso

principio de que cada uno puede determinar lo que obliga o no por disciplina y así, mientras se admira y

podríamos decir que se venera, en el sentido profano de la palabra, el Decálogo del cadete, que el

entonces director de la Academia General Militar, general Franco, dictó sus alumnos, hemos permitido

entre todos que el articulo 5° (no murmurar jamás, ni tolerarlo) se vulnere una y otrá vez

en campos de maniobras, salas de banderas y bares de oficiales y suboficiales y precisamente, con

alusiones al jefe supremo de las Fuerzas Armadas, que no es, precisamente, el espíritu que nos pide el

artículo 1° del mismo Decálogo. La falta de profesionalidad está íntimamente relacionada con lo anterior,

aunque se ha expresado de diferente forma. La vocación militar ha sido tradicionalmente considerada

como una de las «vocaciones grandes», o sea, una de las que exigen, para ser vividas con honestidad, una

entrega y dedicación que están más allá del simple cumplimiento del horario y del plan de instrucción,

Pues bien, así como las facetas más llamativas de la profesionalidad, como son el esfuerzo en los cursos,

el afán de hacer maniobras, etcétera, no sólo sigue vigente, sino que se podría decir que en algunos sitios

está en alza, otras facetas no menos importantes, como el «hablar de la profesión» y no sólo de «la

política», el aportar soluciones a los problemas militares desde el área de competencia de cada uno o el

velar para que los medios de las Fuerzas Armadas se apliquen para lo que están programados y no para

otras cosas, quizá exigen un sutoexamen, tanto por lo hecho por nosotros como por lo admitido en los

demás.

Unión y confianza

Respecto a las consecuencias, hay dos puntos importantes sobre los que deberíamos tomar postura: uno es

el de la unión y confianza dentro de las Fuerzas Armadas y otro es el de la unión y confianza de la nación

con sus Ejércitos. La confianza entre los miembros de las Fuerzas Armadas ha sufrido un rudo golpe por

efecto indirecto de la crisis que ha vivido España y entre todos hemos de recuperarla. No debemos aceptar

con los brazos cruzados que exista un clima de recelo, sobre todo cuando el motivo no es estrictamente

militar, sino de la opción política personal. Ni el que esté de acuerdo con las inquietudes de quienes

intentaron el golpe de Estado ni quienes consideran que estaban totalmente equivocados pueden ahora

dejarse llevar por la suspicacia de «¿qué pensará el otro?», porque este ambiente por si solo, y sin que

haya ninguna otra tensión dentro de las unidades, puede hacer un daño irreparable. En los Ejércitos no

pueden haber bandos ni partidos, y al margen de las decisiones de cualquier tipo que tome el mando

hemos de ser todos los que colaboremos "a que esto sea así, luchando para que vuelva a reinar la

confianza porque no se deben interferir nuestra opinión política y nuestra postura de disciplina, lealtad y

compañerismo.

Por fin, no hemos de olvidar que, a pesar de las declaraciones de las autoridades y de muchos políticos

sobre la positiva reacción de las Fuerzas Armadas, se ha sembrado en el corazón de muchos españoles la

duda profunda de si pueden o no confiar en sus Ejércitos. Esta duda puede ser disipada o ser alimentada

según tomemos o no conciencia del grave problema que supone y de la incongruencia que significa que

haya temor donde debe haber respeto y admiración. Por supuesto que para algunos el mejor signo de

confianza sería el saber que los «militares» están dispuestos a intervenir en favor de sus opiniones

personales; pero al margen de éstas sean o no las adecuadas para España, no cabe dada que para toda la

comunidad nacional no puede haber otra base de confianza que la certeza de que sus Ejércitos actuarán a

las órdenes de sus mandos naturales y dentro de la más estricta legalidad, en tanto no se diera el

hipotético momento de que, rota la estructura del Estado, lo que se plantease no fuera un «golpe», sino la

aceptación responsable de la llamada del pueblo, de sus representantes y de su Rey.

Francisco Laguna Sanquirico es comandante de Infantería.

 

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