La paradoja de las "caenas"     
 
 El Alcázar.    20/10/1977.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 3. 

LA PARADOJA DE LAS "CAENAS"

UNA vez más —y hay que reconocer que ya nos estamos poniendo pesados en el tema— hay

que pedir a los lectores que desatiendan la anécdota concreta de la fotografía, realizada en una

manifestación en que se pedía ta supresión de alguna traba: el servicio militar, el ingreso en

una facultad universitaria, la supresión de puestos de trabajo, etc. Da lo mismo, porque lo que

aquí importa señalar es la paradoja de que, para solicitar mayor libertad —en- algún sentido—,

la gente se aherroje, como renunciando —al menos simbólicamente— a la parcela de libertad

de que disfrutan con tal de conseguir una mayor. Y como la libertad es infinita, cabe

perfectamente la conjetura de que. cuanto mayor sea, más proliferará este curioso y paradójico

procedimiento de impetrarla. Cabría decir que sentimos una especie de terrible y negativa

llamada de las cadenas, procedente de Dios sabe qué arcanos enraizados en nuestra masa de

la sangre. Que alguna vez se haya oído el tremendo grito de " ¡ Vivan las «cáenas»!" supone

un previo grado de desesperación que resulta casi inconcebible, en tanto el grito no se lanzaba

precedido de ningún condicional que lo matizase, sino que se profería de una manera absoluta,

por así decir. Nuestra poesía, y tanto más cuanto más amatoria sea y más popular su

redacción, está continuamente refiriéndose a cadenas y hierros, grilletes y esposas —que, por

cierto, es el sustantivo más misogínico que quepa imaginar—, pero no para rechazarlos, sino

casi siempre para anhelarlos, aunque en este caso sí con el condicionamiento amoroso por

medio, igual que se clama por la cárcel con tal de que el objeto amoroso sea el

carcelero. Hay coplas en que se pide la libertad para perderla en la pasión de amor, y se

solicitan grillos si quien los va a administrar es el amante. Lo cierto es que hemos resucitado la

paradoja de las cadenas, que nos encadenamos para protestar de que nos encadenen

simbólicamente, mientras que las cadenas con que lo significamos son rotundamente reales,

con eslabones y candados. Incluso me parece que ésta de las cadenas es la aportación original

de los. españoles al actual auge universal de la protesto. Haría falta un Freud de urgencia, un

Jung de socorro inmediato, tal vez un antipsiquiatra, para que nos explicara esta paradoja de

las cadenas, que nos azota cada cierto tiempo, y para que le encontraran los tres pies al gato

de este recurso a la inmovilidad para pedir libertad. E incluso para que estudiaran y nos

aclararan la suerte de masoquismo involuntario y ancestral que puedan suponer estos

encadenamientos seriados, a la vez que nos delimitaran las condiciones psíquicas que los

provocan. Poner rumbo a la libertad poniéndonos voluntarios cerrojos, atándonos,

encadenándonos, es una cruel y horrible paradoja, posiblemente significativa, que nos

caracteriza y que debiéramos erradicar de una vez. Porque bajo ella subyace una filosofía

desesperanzada, que es la misma que en los momentos alegres nos hace recurrir al recuerdo

de las horas tristes. Aunque también tiene la compensación vital de que, en las horas tristes,

nos empuje al recuerdo de las horas alegres. Es posible que por ahí ande la raíz de nuestra

vocación cainita. Dicho sea sin ánimo de ofender.

 

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