Autor: Fontán Pérez, Antonio. 
   Los partidos de verdad     
 
 ABC.    01/08/1980.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

OPINIÓN

Los partidos de verdad

Un gran partido a la altura histórica y social del siglo XX exige una ágil y funcional articulación interna

de las diversas tendencias ideológicas y grupos políticos que necesariamente ha de albergar, si aspira a

una representación mayoritaria en un país democrático moderno. Los italianos han inventado para elfo las

corrientes, que se distinguen netamente unas de otras, incluso dentro de una ideología relativamente

compacta como la de la democracia cristiana. Los conservadores ingleses suelen reconocer por lo menos

hasta cinco grupos o sectores en el seno de su formación. Durante el septenado de Giscard, las banderas

de la UDF amparaban a demócratas cristianos, republicanos liberales y radicales. Aun así, para mantener

la mayoría en aquellos años o para alcanzar el 45 por 100 de los votos populares, como en junio, han

tenido que actuar en alianza con tos gaullistas, que si bien son una peculiaridad del país vecino, no dejan

de ofrecer ciertos rasgos que apuntan igualmente en otras latitudes. También los socialistas gatos abarcan

en una misma oferta electoral y en una misma organización de partido a republicanos tradicionales como

el propio Mitterrand, al socialismo histórico (la vieja SFIO) de Mauroy y Defferre, a la socialdemocracia

tuncionaiista de Rocard y a la Izquierda autogestionaria del CERES. Algo semejante ocurre entre los

laboristas británicos, en los tres partidos alemanes, en el socialismo italiano y, en general, en todas las

formaciones de vocación mayontaria que pretenden obtener mas del 20 por 100 de los votos en una

consulta electoral.

Ahora en España algunos dirigentes socialistas, quizá estimulados por la mala experiencia de UCD en

Palma de Mallorca, han iniciado un movimiento dirigido a reconocer esta realidad en su próximo

Congreso, igual que hicieron sus mayores en los años treinta. Hasta una organización comunista, como

las Comisiones Obreras, recogió esta enseñanza de la experiencia democrática moderna admitiendo un

principio de proporcionalidad en los órganos de gobierno del sindicato. Lo cual debe resultar imposible

de conciliar con la rigidez del «centralismo democrático», por lo que el aparato oficial del PC no tolera el

traslado de la fórmula a la organización del partido.

Los grandes partidos necesitan también una organización territorial que encuadre su implantación en el

país. Pero ésta sola, sin la articulación ideológica y política de las corrientes o sectores, tiende por su

propia naturaleza a centrifugar a los partidos, fomentando el localismo y anteponiendo los intereses

regionales o provinciales a los generales de toda la nación. Por el contrario, la combinación de la

organización territorial y la articulación nacional de fas tendencias o grupos son como la urdimbre y la

trama, que nacen tejido, y permiten que éste, sin deshacerse ni rasgarse, se adapte a la realidad de todo el

cuerpo social.

Las consideraciones precedentes están elaboradas en un momento determinado y desde una situación

concreta. Aun antes de que apareciera la declaración pública de la plataforma moderada, tos órganos de

información rebosaban de comentarios, opiniones y polémicas sobre cómo es y cómo debería ser el

partido político del centro español; es decir, la UCD.

En ensayo de respuesta a la gran interrogación en que concluye este debate se puede esquematizar en las

siguientes proposiciones.

El centro no es una ideología, sino un lugar en el espacio político, cuya delimitación no depende de él

mismo, sino de la distribución y asentamiento de las demás fuerzas.

Ése centro en España está ocupado ideológicamente hoy por las tendencias democraticocristiana, liberal y

socialbemócrata de UCD, así como por tos reformistas procedentes del anterior régimen, que, bien por

una profunda evolución, bien por una inteligente adaptación a la realidad, se han puesto lea! y

operativamente al lado de la democracia.

La confluencia be todos ellos en una misma organización política ha permitido, además, la adhesión de

muchos que se sienten afines al conjunto centrista y se han ido incorporando a la acción política, con

menos precisiones ideológicas, en los años de la transición.

A la derecha de ese centro hay numerosos españoles que deben tener una representación política

específica, igual que ocurre, en mucha mayor medida, a la izquierda del centro.

La cooperación política de las diversas fuerzas de centro genera naturalmente un permanente juego de

tensiones. Pero es posible un equilibrio dinámico entre ellas, mediante el compromiso responsable de los

políticos con visión de Estado, según ha demostrado ya en España repetidamente la experiencia.

Ese conglomerado político de centro es lo que quiso ser, ha sido y ha de seguir siendo la UCD, cuyos

dirigentes no deben dilapidar un patrimonio colectivo, que administran como apoderados de tos

ciudadanos que les votaron. Si el partido acierta a mantenerse fiel a esa vocación, conservará y

acrecentará en un momento electoral la asistencia de los españoles que depositaron en él su confianza.

Una equivocada política de acumulación de procesos electorales en el seno del partido ha abierto nuevas

heridas sobre las cicatrices del Congreso de Palma de Mallorca y sobre las consecuencias de otras

confrontaciones legislativas o parlamentarias. Pero también hay signos manifiestos y muy generalizados

de que el deseable equilibrio dentro de UCD se puede alcanzar en torno a la significación politica y a la

persona del actual presidente del Gobierno.

En una democracia moderna y fuerte los electores aspiran a que los partidos presenten grandes opciones

claramente diferenciadas entre sí, pero de amplia significación. No sólo porque hay mucha gente que vota

al bulto, sin hacer distintos, sino porque los ciudadanos, aplicando la teoría del voto útil, prefieren apoyar

a alguien que pueda ser Gobierno y realizar desde él programas que sus electores comparten o de los que

disienten menos que de los que plantean otras ofertas.

Una transparente democracia interna, en la que los debates y los acuerdos que se logren sean

sufientemente públicos, es condición indispensable para la credibilidad de un partido y para que las

estructuras que los gobiernan superen el burocratismo de los aparatos, y las ambiciones dirigistas de

ciertos líderes, y puedan desarrollar sus programas de Gobierno.

Estos programas han de ser el compromiso alcanzado por sectores ideológicos compatibles entre sí, cuyos

proyectos colectivos, sin que tengan que ser idénticos, no se excluyan mutuamente como el blanco y el

negro, el agua y el fuego o la sociedad competitiva y la burocratización socialista de la nación entera—

Antonio FONTAN.

 

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