Autor: Carrasco, Javier. 
   La nación no acaba de concienciarse     
 
 El Alcázar.    15/10/1977.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

LA NACIÓN NO ACABA DE CONCIENCIARSE

SI no fuera por el protocolo, que exige el conocimiento de los discursos de las personalidades invitadas a

las Cámaras, la definición de López Portillo del Parlamento como"concienciade la nación" hubiera

resultado ayer oportunista y desproporcionada. Porque, como efectivamente señaló Alfonso Guerra en

uno de los descansos, "algunos de los sectores no representados aquí "—pero que también son nación—

se habrían opuesto a la amnistía". La ovación de dos minutos que rubricó el olvido—todas las manos

todas menos las de Alianza Popular, algunos de cuyos miembros como Silva prefirieron ausentarse del

hemiciclo— no sólo no fue jaleada por los 18 abstencionistas (los dos noes, presumiblemente del señor

Busquéis y de algún miembro del grupo vasco catalán fueron pulsados a otras instancias) sino también

por algunos españoles a quienes Ea etiqueta de políticos impuesta a los doce puntos del proyectóse Jes

antoja desvergonzadamente imprecisa. Superando las actitudes personales, testimoniales hasta la emoción

("A mí me ha cogido la amnistía y que, aprecio sus reliquias en el presente voy a sentarme. Gracias a los

que me han ayudado desde dentro y desde fuera y gracias a mis queridos enemigos", dijo Xirínach, antes

de recibir el abrazo de Aguilar Navarro) la decisión aclamada ayer por el Parlamento puede resultar,

Carro y Licinio De la Fuernte lo recalcaban en los pasillos, provisional. Provisional es la palabra reina en

estas Cortes. Y se puede parchear con la interinidad de un reglamento pero no con la seguridad del

Estado. "Nadiesecreequeserála última. No veo el stop —afirmóel portavozde los aliaocistas en la

explicación de su voto— en este camino-desbordado. Un régimen democrático no puede amnistiar a sus

propiosdestructores" Pero es que además, la nueva ley, incorporada, según Antonio Fontán, al

ordenamiento jurídico de la Cámara por su importancia, tiene ya desde su promulgación girondinos a su

izquierda, "seguimos reivindicando el reingreso en el Ejército", puntualizó el capitán Reinlein, excluido

de la ordenanza por su militancia en la UMD. O Letamendia, mensajero de EIA ante el Pleno del

Congreso: "Ofrezco una imagen poco grata porque vengo dispuesto a reclamar algo que no es un perdón

vergonzante para los que se siguen considerando presos comunes". El diputado entonces acaso para

sentirse más arropado en su condición de naufrago parlamentario, agarró la bandera de los "mineros

asturianos, los obreros de Vallecas y los braceros andaluces", artífices, en su opinión de la concesión de la

amnistía. "Los patriotas trabajadores", que largó Camacho, confundiendo, en un emotivo parlamento, el

tocino de la razón con la velocidad a que avanzaba su demagogia.

PASIONARIA JÚNTALAS MANOS

Satrústegui invocó la reconciliación propiciada para "proteger a la flor naciente de la democracia" y el

audaz, demasiado para ser jefe de fila de un grupo parlamentario, Francisco Ramos la justificó como paso

indispensable a la "España socialista". Algún ucedista como Pérez Puga se movió del escaño y debió

matizar el respingo con una sonrisa forzada. Hubo sin embargo quien ni se inmutó de la sentencia y de las

airadas formas "izquierdosas". Pasionaria, por ejemplo, que reaparecía, se limitaba a cruzar las manos por

encima del bolso, como asintiendo complacida a un resultado previsto. Los caminos de los comunistas

son inescrutables sobre todo si se les deja abrirlos, oponiéndoles tan sólo un argumento de compromiso:

"Este consenso cuasi unánime, —se felicitaba Arias Salgado—, sobre la amnistía presupone el

alumbramiento de un orden de solidez y fortaleza". Por detrás de las enforias Francisco Fernández

Ordóñez traía al palacio la noticia de los fallecidos en los controles de carretera de Vizcaya, y en el

Senado el almirante Gamboa incluía en el memorándum del ponente socialista sobre las interminables

vejaciones de la postguerra el "incidente" de Paracuellos. "Si empezamos así, hablad también de aquello".

Pero a su voz sólo se sumaron Arespacochaga, Silva Melero, Salas Larrazabal, Luis Diez Alegría y el

señor Zaragoza. No hacía falta consultar a un Gallup para constatar que la democracia parlamentaria no

ajusta muchas veces sus mecanismo a la realidad de sus representados. Ni para atribuir a los excesos de

verborrea calificaciones tan peregrinas como la de "sociales", utilizada por Justino Azcárate y por el señor

Arzallus —durante su intervención el ministro Lavilla se fumó tres cigarrillos y se dejó las uñas a la

mitad— para definir a los reclusos comunes. No son manifestaciones de la conciencia popular, por mucho

que se expropien unilateralmente. "El centenario código penal" que dice Triginer, todavía no ha perdido

vigor en cuanto a las denominaciones tipificadas bien claramente. Pero el ciclo histórico que cuentan que

se cerró ayer, a las ocho de la tarde, se llevó por delante hasta la sana costumbre de llamar las cosas por

ysu nombre.

Javier CARRASCO

 

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