Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   Los Caminos de Europa     
 
 El Alcázar.    17/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Crónica de España

LOS CAMINOS DE EUROPA

Tenía razón Francisco Eguiagaray cuando, en sus tiempos de corresponsal en Viena, sostenía

que la capital austríaca constituía el mejor observatorio sobre el mundo comunista y que

incluso desde él se veía mucho más en profundidad, e incluso en detalle que desde Moscú.

También la tenía Tito cuando ratificaba, desde su incómodo emplazamiento, que la estabilidad

europea se acabó con la destrucción del Imperio austro-húngaro. El aniquilamiento de Austria-

Hungría, tras la primera guerra mundial, fue, en realidad, el primer golpe mortal asestado a

Europa por poderes extraeüropeos. El segundo, hemos de situarlo en la partición de Alemania,

es decir, en la destrucción de la función geopolítica del corazón continental europeo.

Si uno camina ahora por Europa con una precisa conciencia de la crisis terrible que sufre, todos

aquellos hechos adquieren una dimensión dramática. A mí me valen también para ratificar una

tesis que defendí con calor y hasta con extremosidad, en su momento: la dimisión histórica y la

negación de los grandes intereses nacionales que supuso la firma de la declaración de Helsinki

por el Gobierno Arias. Europa entonces confirmó la vocación suicida de sus políticos, y firmó su

condena de muerte, que los europeos no comprometidos con aquel infausto acontecimiento

debemos impedir a toda costa que se haga irreversible. El recorrido por la nervatura política de

Europa enseña la tremenda contradicción existente entre la europeidad que se pregona y la

realidad de la presunta institucionalización europea. La europeidad socialista o social-

demócrata se nos muestra sólo como la cobertura de la sumisión a las resultantes de las dos

instancias internacionalistas que negocian entre sí el reparto de las áreas políticas y

económicas de influencias en el mundo actual. Esa dependencia intemacionalista de doble vía,

inseparable del internacionalismo ideológico y disciplinario a que están ligados los partidos

liberales y socialistas de todas las naciones europeas, hace imposible la unidad de España. El

servicio esencial que deben cumplir los aparatos políticos de ambos signos es, precisamente,

el de garantizar la inamovilidad de los resultados de la segunda guerra mundial, o sea, la

partición de Alemania y la reducción de Europa a un mero espacio geográfico sin capacidad de

protagonismo político, en calidad de tercera o cuarta potencia mundial. La oferta de la

incorporación a Europa, como uno de los factores de compromiso electoral de un partido

español, se convierte en burla cruel e intolerable, cuando se hace desde la aceptación de la

ideología contenida en la declaración de Helsinki. Una vocación europea como la pretendida

por UCD, es decir, desde presupuestos ideológicos identificados con los internacionalismos de

izquierda prevalentes en el Pacto de la Moncloa, no pasa de constituir una prueba de sumisión

a imposiciones externas, y de arrinconamiento de los fundamentos de una política de

superación nacional. El análisis «in situ» de la posibilidad de recuperación y consolidación de la

Comunidad Económica Europea, así como de su eventual ampliación, sólo lleva al pesimismo.

Se comprueba, en efecto, cómo casi todas las dificultades gravísimas que sufre Europa,

proceden de un demoníaco mecanismo encaminado desde un principio a impedir la efectiva

posibilidad unitaria. La maquinación contra Europa como concepto político, fue sellada en Yalta

y reforzada por otros acontecimientos posteriores, entre ellos la descoloniación africana, la

guerra del petróleo y el estallido de los terrorismos separatistas actuales. Todos estos

fenómenos son sólo eslabones de un proceso que se resuelve entre Nueva York y Moscú. El

Gobierno español parece tidlwise aptm-tado al espectro de la partitocracia europea encargada

de hacer inviables las instancias o técnicas de entendimiento, de unidad y de satisfacción de

una vocación de protagonismo histórico, cuyo objetivo habría de ser, necesariamente, la

reunificación de Alemania, la devolución de verdaderas libertades democráticas a las naciones

europeas bajo tiranía soviética y la reconstrucción de los fundamentos de la estabilidad y el

empaste del Continente. Cuando, desde el mejor observatorio existente sobre el mundo

comunista, se contempla el paisaje del despliegue estratégico de la Unión Soviética, la gestión

del actual Gobierno español resulta amedrentadora. El fomento y favorecimiento de las

instancias desgarradoras (estímulo oficial a los autonomismos de cualquier tipo), la dejación

sistemática de las actitudes patrióticas y gallardas en defensa de la autoridad del Estado (caso

del agente municipal desterrado de su Municipio, San Salvador del Valle, y de las provincias

vascongadas), la destrucción de la economía agraria (una lamentable política de precios para

la aceituna y el aceite de oliva y, en general, una nefasta política de grasas), la peletería

gubernamental (subasta en 650.000 pesetas de la pluma estilográfica del señor Suárez), la

posición concesiva, que de manera sistemática se practica desde el Poder (amnistías, huelgas,

y periodismo regional bilbaíno y guipuzcoano a costa de Navarra, sumisión de la unidad del

idioma a trasnochados localismos neo-románticos, etcétera), la pretensión de amordazar la

manifestación de sentimientos patrióticos y de virtudes nacionales a quienes más parecen

llamados a ejemplarizar con ellos, y otros muchos acontecimientos cotidianos, componen una

imagen suficientemente expresiva de la España que más convendría a la estrategia soviética

de neutralización de Europa. Es lógico que Carrillo se sienta tan satisfecho. No así los

europeos de verdad. No creo equivocarme al afirmar que el camino escogido por el Gobierno

Suárez conduce a cualquier parte menos a Europa. Acaso sea inscribible con mayor justeza en

la antieuropa, representada por las coaliciones liberal-socialistas, que todavía perduran en

varias naciones. Pero no será acogida ni tendrá crédito en esa nueva Europa, auténticamente

democrática y dueña de sus destinos, que nuevas generaciones europeas tratan de poner en

pie.

Ismael MEDINA

 

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