Autor: Fontana, José María . 
   ¡Qué pena de parlamentarios!     
 
 El Alcázar.    13/12/1977.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

¡QUE PENA, PARLAMENTARIOS...!

CUALQUIER aficionado a la Historia sabe que no suele existir correlación ni coincidencia entre lo que

ocurre en Europa y lo q ue acontece en España. No voy a intentar la averiguación de sus causas y

porqués, aunque el tema sea seductor. Me limito a constatar un hecho clamoroso, si bien sólo lo apuntale

con unas someras referencias. Y aún referencias próximas, sin remontarme al período visigodo, o ala

Edad Media. Si bien nuestros Reyes Católicos inventan prematuramente el Estado Nacional, Europa lo

descubre e implanta mucho después, cuando por acá andábamos, ya, pretendiendo el Mercado Común

europeo —antinacionalista— de tos Áustrias. En el XIX, cuando aquí celebrábamos las Cortes de Cádiz

en rapto liberal y con el Fernando rey constitucional, ellos andaban absolutistas y nos enviaban a los cien

mil hijos de San Luis. Cuando la Europa continental entera era proteccionista y progresaba con ello,

nosotros profesábamos el librecambismo y retrocedíamos como los cangrejos. Cuando medía Europa

buscaba defensa y soluciones fuera del parlamentarismo liberal, nosotros proclamábamos en 1931 la

República del desmadre. Ni que decir tiene que tampoco entre 1945 y 1 975 estuvimos de acuerdo.

Vamos: que jamás dimos una a derechas... Aunque unos pocos creemos que la reinstauración de la

democracia parlamentaria en el contexto del actual crepúsculo agónico de la Europa, es otra anacronía,

hete aquí que salta la liebre confirmatoria que nos viene a dar la razón. Y a quitársela a Vds,

parlamentarios amnistiadores. En efecto, mientras aquí el fenómeno terrorista (de mundial vigencia y no

consecuencia del franquismo) se interpreta como travesuras de unos excelentes muchachos, llenos de

justificaciones lícitas, a quienes se debe amnistiar por sus asesinatos en aras de la reconciliación y del

seráfico amor entre hermanos, en Europa opinan que el asesino es un asesino y que aquellos jóvenes que

practican el terrorismo deben ser perseguidos y exterminados como a ratas inmundas que son. Y además,

lo hacen. Mientras nuestros parlamentarios —en dirección contraria a las grandes tradiciones jurídicas del

país, y siento decírtelo, Antonio— se inventaban la peregrina, inconmesurable, desaforada e inaudita

teoría de que los hechos delictivos no lo son «per se», objetivamente, y dejan de ser crímenes cuando les

inspira una finalidad política de izquierda, hete aquí que al sólo enunciado en Europa de tan descomunal

barbaridad, convertiría en reos de repudio público y unánime a los parlamentarios, o sujetos vulgares, que

así pensaran y propugnaran. Está visto que no tenéis suerte y sigue el «fario», muchachos amnstiadores

unánimes, unos por acción y otros por omisión. Cuando vosotros creíais que Europa, estupefacta por

vuestra creación jurídica (?) y emocionada por vuestros generosos sentimientos democráticos, iba a

aplaudiros con entusiasmo delirante, pues resulta que nones, que allí los asesinos son siempre asesinos y

se les trata con el único lenguaje que entienden, o sea, a tiros. Y quien ordena acabar con ellos es nada

menos que el Felipe González de la Alemania Federal, mientras que el Willy (en Madrid tan jaque y tan

rojo) se encoje y calla como una dulce campanilla de noche, aprobándolo por la tácita. ¿Vds, imaginan la

que se hubiera organizado en el mundo democrático contra España, si aquí se hubieran «suicidado» en la

cárcel unos cuantos asesinos de la ETA o del FRAP o del GRAPO...? Me horroriza sólo el pensarlo.

Afortunadamente esto no puede ocurrir porque aquí los asesinos están ya en la calle, merced a la

previsión de nuestros ilustres parlamentarios unánimes. Y no creo que ello moleste a la delicada

epidermis de los demócratas europeos, absolutamente insensibles a los asesinatos de policías, políticos,

hombres de negocios y obreros (siempre que sean españoles, claro). Hasta en esto discrepamos de

Europa: Porqué nosotros, sí nos duelen sus víctimas, aunque no exista reciprocidad, para vergüenza

vuestra, europeos. ¿Se dan Vds. cuenta del abismo que separa la política española proterrorista de la

vigente hoy en Europa? Pero nosotros, ternes que ternes, siempre a contrapelo, siempre fuera de lugar,

dando el do de pecho cuando uno debe callarse. ¿Por qué no haber enmudecido en vez de votar, por activa

y por pasiva, la amnistía? ¡Qué ocasión perdida! ¡Qué pena, parlamentarios...! Me duele pensar que la

sangre y las lágrimas derramadas por los compañeros y discípulos de vuestros amnistiados os acom-

pañaran mientras viváis.

José María FONTANA

 

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