Autor: Paso Gil, Alfonso. 
   La cloaca     
 
 El Alcázar.    05/12/1977.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

"digo yogue..:

LA CLOACA

._ JALA pudiera yo comentar el artículo fj que el «Washington Post» dedicó a ^•^ España y que ha

motivado las protestas de nuestro embajador en los Estados Unidos. Ojalá pudiera comentarlo, porque no

tiene desperdicio. Y da la casualidad de que el «Washington Post» acierta rara vez y en mucho yerra y se

equivoca, pero en esta cuestión a la que ha dedicado prácticamente una página entera y en la que dice que

la democracia de Suárez es una dictadura, me parece que ha dado en el blanco escalofriantemente. Lo que

ocurre es que yo no puedo comentar el artículo del «Washington Post». Yo tengo que referirme

necesariamente a don Nemesio, padre de tres hijas y de un hijo que estaba en edad de acudir a la «mili».

Vivía don Nemesio con una holgura impresionante y su mujer le prodigaba no sólo los afectos, sino los

regalos más atractivos. Poníale puros habanos en la boca, le compró un «borsalino» y lo echaba a la calle

a pasear y a que se divirtiera. Un día, don Nemesio, hastiado de pasteles, tartas, golosinas, veraneos en

playas deleitosas, de «borsalino» y de cigarro habano, se sentó a la mesa del comedor y se puso a hacer

las cuentas de lo que él ganaba y lo que costaba todo lo que el tren de lujo en el que iba montado exigía.

Y no cuadraron las operaciones. Había un excedente de cerca de doscientas mil pesetas por encima de su

sueldo. Se acercó a su mujer y le dijo:

—Matilde... ¿Quién nos da a nosotros doscientas mil pesetas todos los meses?

La mujer comentó quejumbrosamente que si no conocía la popularísima pieza «Los milagros del jornal»,

y que, en realidad, todo salía de que ella, de cuatro a ocho, se iba a casa de una señora muy informada y

se acostaba con unos cuantos señores, habiendo tenido la precaución de adiestrar a las dos hijas mayores

en tan extraordinaria práctica, salvo la pequeña que ejercía por libre y sin cobrar. El hijo mayor había

tenido mucha suerte, porque se había «colocado» con una marquesa a la que le daba masaje y le aliviaba

el bolso. Don Nemesio, fuera de sí, comentó iracundo:

—¡Pero esto es una casa de p... y mi hijo un chulo!

A lo que su mujer sentenció:

— Mnmhre Si nns nnnamnfi a HA/^ir in

verdad, sí. ¿Pero qué motivos hay para decir la verdad?

Don Nemesio, que se comía el «borsalino» por la calle, encontró a un amigo suyo al que comunicó con

sentimiento qué su esposa era una ramera, sus hijas tres putañas y el hijo mayor un bigardo sin afeitar. El

amigo de don Nemesio le dijo:

—Mira, Nemesio: por lo que me cuentas, pues sí, son eso. Pero eso es diciendo la verdad. ¿Y para qué

cuernos quieres tú decir la verdad cuando no la dice nadie?

Llorando lágrimas amargas se sentó en un banco don Nemesio y se dio cuenta de pronto de que en España

funcionaba una democracia a golpe de Decreto Ley, que en la rusotelevisión se había instalado un imperio

moscovita que tenía copados los informativos y los musicales, que Carrillo oía misa en el Perpetuo

Socorro, que Suárez, que había levantado el brazo más que un torrero de faro, era ahora «el hombre de

confianza », que en el teatro ya no se escuchaban los textos y las comedias, sino que se iba a ver

rascacielos, motocicletas circulando por la escena y, sobre todo, culos porque el culiteatro era lo que daba

prestigio y solera en estos tiempos. Pronto, don Nemesio se convenció de que nada de lo que le rodeaba

contenía ni un ápice de verdad, que no había un sentimiento puro, que en el balcón del Ayuntamiento

habían colocado una extraña bandera color rojo tomate con una girnalda en azul y que no sabía ni media

palabra de que era esa bandera; que los políticos no cumplían su función, que nadie les conocía y que

decían representar a un pueblo que no sabía pronunciar ni sus nombres ni sus apellidos, y que, en medio

de esta degradación, al compás del chalaneo, la estupidez y la teta nuestra de cada día, el que su mujer

fuera un pedazo de p... era cuestión de matiz. Y el que lo fueran sus hijas, apreciaciones rigoristas muy

propias de los tiempos de Franco, «gloriosamente fenecidos», y que el barbián que masajeaba a la

marquesa en todos los sentidos, era en realidad un europeo y no un «macroge» desopilante. Y que, en fin,

en medio de la náusea, el asco, la mentira y la subversión de calores, el que la mujer de uno se haga

señores por las tardes no tiene ninguna importancia. Y se puso en la cabeza lo que le quedaba del

«borsalino».

Alfonso PASO

 

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