Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   Una ventana en Toledo     
 
 ABC.    27/06/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

UNA VENTANA EN TOLEDO

EL problema se ha enterrado vivo. Quienes tenían que orientarse han inhibido. Otros se

refugian en ta anécdota para eludir los zarpazos de la categoría, o invocan estúpidamente al

esperpento e incluso recurren al insulto cuando interpretan el gesto del cardenal, en su sede,

como un atentado a la soberanía y a la Constitución. Casi todos se esconden en el silencio.

Nuestro desagradable deber será profundizar, con el máximo respeto a ios protagonistas, en un

suceso que por sí mismo, como efecto de una situación podrida y como causa de reacciones

imprevisibles, constituye un punto clave de referencia en la transición: el rebrote del

anticlericalismo cuando la iglesia deja de ser utilizable para una estrategia política.

Los hechos. El ministro de Justicia, don Francisco Fernández Ordóñez, se presenta en Toledo

el día del Corpus para ocupar, en nombre del Gobierno, la presidencia tradicional de ta

procestón eucarística. El cardenal primado de España, don Marcelo González Martín, le hace

llegar discretamente un veto como a persona non grata. Tras sopesar las varias alternativas, el

ministro decide, lúcidamente, quedarse en Toledo y presenciar la procesión, dice la Prensa,

desde una ventana. Hay ciudades como Praga donde la Historia se hace -1419, asunto Ziska;

1618, asunto Thum; 1948, asunto Masaryk- cayendo de las ventanas, y ciudades como

Toledo, más humanistas, en que la Historia se cambia -don Rodrigo y la Cava, 711; don

Francisco y la procesión, 1981- subiéndose a ellas.

El comentario facilón, de tiragomas, lo ha definido ya: «El obispo más conservador de la Iglesia

española.» Don Marcelo no es eso, y es mucho más. (Puede, sí, que sea quien mas tiene que

conservar.) Personalmente es un gran pastor, experto en la comunicación teológica a los

universitarios, en Valladolid; promotor de obras sociales en Astorga y sus demás sedes; víctima

de la incomprensión y del deber en Barcelona; Identificado como pocos predecesores suyos

con su diócesis primada. Ha llevado la palabra evangélica a todas las regiones. intelectual

eximió, su biografía de Enrique de Ossó es una de las contribuciones más vivas al análisis de

nuestra historia religiosa del XIX. Sus volúmenes de homilías -más de ochocientas soto en

Barcelona- y su tratado «Creo en la Iglesia», magistralmente prologado por José María

Sánchez de Muniain, son obras básicas del pensamiento católico en la España de hoy. Puede

que ningún otro prelado español reaccione con tanta coherencia interior, con tan escasa

concesión al oportunismo, ante tos problemas que, como a todos nosotros, le abruman. Su

actuación durante tos días Inciertos de la muerte de Franco, perfectamente sincronizada con la

del cardenal Tarancón, puso a la Iglesia de España a la altura de su enorme responsabilidad

histórica. Su lema es puperes evangelizantur y su vida no hace sino cumplirlo. Por tanto, si la

fuente para tan ridicula simplificación sobre su figura procede, como se afirma en la Prensa,

«de la Presidencia del Gobierno", apañada anda la Presidencia del Gobierno.

Toda España le conoce por don Marcelo. Paro aparte sus méritos personales, es,

institucionalmente, el primado de las Españas; con menos poder político y burocrático que

antaño, pero con una inmensa carga -por él revitalizada- de poder moral y de representación

histórica. Es un cardenal de ta Iglesia en plena línea Wojtyla, que a buen seguro habrá sentido

una angustia íntima al vetar al simpático ministro de Justicia, para quien topar con la Iglesia un

día del Corpus y en Toledo no es ninguna broma, y le sobra talento para sentirse -sé que lo

está- abochornado.

El ministro de Justicia. Jamás emprendí la tarea de escribir un artículo con tanta resistencia

interior ni con tanta decisión profesional. Tengo que presentar aquí al personaje fuera de todo

impulso de amistad, sub specie historiae. Nunca una persona tan amable, y tan competente, y

tan bien intencionada lo digo desde dentro- ha hecho tanto destrozo en un doble colectivo: el

de los militantes y los votantes del centro, hoy divorciados también. Su capacidad de gestión y

de maniobra son relevantes. Su formación política, internacional, económica y jurídica es

excelente, mucho más que su dilettantismo cultural, que le impulsó en mala hora a publicar un

llbrito insuficiente en el que se ignora, como hada el general Franco, tan versado en otros

capítulos de historia, ta calidad profunda de nuestro siglo XVIII, cuando éramos a la vez Europa

y América. Tras haber participado en muy altos cargos del régimen anterior y haber renegado

expresamente de tal colaboración, logró transformarse en adalid de la oposición democrática

primero, del progresismo centrista después, pero con carácter excluyente: los demás somos,

por lo visto, una banda de reaccionarios. De cara a mi electorado, y con posibilidad de

equivocarme, pero después de centenares de contactos coincidentes, debo decir que el

protagonismo del señor Ordóñez en la necesaria reforma fiscal, montada innecesariamente con

fuerte presencia marxista en su equipo, y particularmente agresiva para la franja más modesta

del electorado centrista, ha comprometido un veinte por ciento de los votos de UCD; el apoyo

del sector Ordóñez a tas tesis del PSOE sobre enseñanza -de la elemental a la universitaria-

, a otro veinte por ciento, y la imposición del divorcio por mutuo acuerdo como clave de la

nueva ley -así se lo oí en persona el lunes 22 a mediodía por RNE-

frente a los programas electorales, los Congresos de UCD, las decisiones de la Ejecutiva, la

intervención del Senado y la gravísima repulsa de la Iglesia no puede considerarse, si no hay

corrección a fondo, más que como el inevitable preludio de una catástrofe. Sobre todo cuando

han recaído públicamente sobre el ministro, y por el mismo tema, el veto del cardenal primado

y la aprobación entusiasta de Santiago Camilo.

No se puede mantener una comunicación política con el PSOE mas intensa que con sectores

básicos del partido propio. No se puede estar a gusto en una falsa mayoría progresista,

mientras se transfiere a todo el partido propio el veto del sector empresarial. No se puede

tergiversar una reforma ya pactada con la Iglesia para culminarla con un trágala. No se puede

criticar públicamente a compañeros de partido y Parlamento como retrógados, según consta en

filtraciones publicadas. No se puede mantener descaradamente una tendencia organizada con

disciplina y autonomía propias de un partido y contra las taxativas disposiciones de los

Estatutos. No se puede aprovechar un sistema de terminales informativas propio o ajeno que

actúa en paralelo contra personas o sectores con los que se ha ido a unas elecciones. No se

puede fomentar el rumor político mediante el apoyo a confidenciales calificados en un Pleno de

UCD públicamente como libelos. No se puede esgrimir coactivamente el respaldo de un

subgrupo sin provocar la formación de otros subgrupos que acaben utilizando el mismo

método. No se puede convertir la administración económica del Estado en feudo preferente

para una facción minoritaria de partido.

¿De dónde nace la extraña fuerza del señor Ordónez? Tardé meses en advertir su simbiosis

absoluta, pese a tas apariencias, con la línea de los señores Suárez y Abril. Esa notable

conjunción de progresismo y populismo tienen ya su estrategia marcada inexorablemente:

coalición electoral con el PSOE. En el mismo Pleno lamentable que acaba de registrar ta mayor

victoria del PSOE desde 1975 el ministro más importante comentaba a un líder crítico, con

pesar: «Pero aun así no podemos prescindir de él.»

Hubo antes, durante el recuento particular, aplausos nerviosos en la montaría socialista; pocos.

Al comunicarse el recuento oficial sonó literalmente un aplauso y medio. El autor de la ley

exultaría luego ante tos micrófonos de radio y Prensa, pero no se atrevió a subir a la tribuna. Se

ahogó la jactancia en las filas de enfrente. Nunca descendió un silencio tan cargado sobre tos

escaños del centro. Prometí allí mismo, a quien me lo podía pedir, no terminar esta artículo con

el vaticinio lógico, porque hay hombres, incluso con la explosión Mitterrand encima, incluso con

la evidencia en contra, que merecen, hasta el final, la esperanza que se han ganado a pulso.

Pero desde ahora la transición habrá de interpretarse por olas de fondo, y habrá que subir, para

otearlas, a esa ventana que quedó vacia, tras el Corpus, en Toledo.

Postdata urgente: El ministro de Justicia votó sí en la sesión de marras, no faltaba más.

Ricardo de la CIERVA

 

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