Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   Carrillo y Tarancón salvan a Suárez     
 
 El Alcázar.    13/12/1977.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Crónica de España

CARRILLO Y TARANCON SALVAN A SUAREZ

TRES principales colaboradores ha tenido el señor Suárez para el logro formal y transitorio de la UCD

corno partido único: Santiago Carrillo, el cardenal Tarancón y la falta de instinto político de la comparsa

centrista. Con los ingredientes políticos de la España actual, Tirso de Molina hubiese confeccionado una

descomunal comedia de enredo. El señor Suárez, a la postre, trapichea con la política de igual manera a

como Marta la Piadosa lo hacía con el amor. El señor Suárez se encontró acorralado hace unas semanas y

con un pie fuera del plato del Poder. Todo se le tornaba hostil. El señor Suárez, arropado por los

conspicuos, hizo lo que un gitano granadino llamaba el rebulís. El señor Suárez, en suma, montó «Los

Pactos de la Moncloa» y el Decreto de Unificación de la UCD, es decir, la unidad imperativa en un

movimiento de nuevo porte de todas las fuerzas políticas participantes en el alzamiento centrista.

El motor esencial de «Los Pactos de la Moncloa» fue Santiago Carrillo, viejo amigo, incluso de diálogo

clandestino, del ocupante de la Moncloa. Carrillo hizo entrar por el aro a todos los socialismos «con

representación parlamentaria». El de siempre, se encargó de conseguir lo mismo en la otra banda. Nada

fue difícil. Dada la pureza democrática de los partidos, basta comprometer a los jefes. Uno de los

segundones ha ido estos días a la casa madre, para saludar ala abuelita. Felipe González, sin embargo, se

ha quedado a nivel de Ponomariev. Según el oficiante de turno en RNE, Ponomariev ocupa el cargo de

«secretario del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética para las relaciones con los

partidos de los países no comunistas». Es necesario subsanar el lapsus, a fin de que se vea clara la

intención: Ponomariev, en efecto, es todo eso. Pero sólo para las relaciones con los Partidos Comunistas

de los países no comunistas. El compañero Ponomariev lleva en el Kremlim la batuta del movimiento

comunista mundial, incluidos los eurocomunismos los frentes de liberación nacional, las ligas

revolucionarias, los movimientos nacionalistas de independencia y un largo etcétera, en el que se incluyen

determinadas instancias socialistas políticamente gays, que diría una nueva ola, o invertebradas, que

sugeriría un intelectual cincuentón. Con la paternal bendición de Carrillo, Felipe González ha vuelto a la

cuna del poder socialista, por los mismos caminos que un día transitara Willy Brandt, su entusiasmado

protector, de quien en otra ocasión les contaré una picardía política que ahora hace furor en Bonn y que

podría titularse «el hijo perdido del combatiente Willy». ¿Cómo no iban a resultar « Los Pactos de la

Moncloa con estos y otros píos ingredientes? Se firmaron cuando era necesario para salvar al señor

Suárez del forzado desembarco. Ahora que sigue embarcado, et cumplimiento de «Los Pactos de la

Moncloa» se ha convertido apenas en una mera cuestión de formalidad informativa. El profesor Fuentes

Quintana vuelve a encontrarse, como Gary Cooper, sólo ante el peligro. Resulta patético verle bracear con

heroica dignidad científica y universitaria contra los elementos desatados de la política. Con la unidad

compacta de todos los partidos democráticos en torno a la mesa de «Los Pactos de la Moncloa» y la

confirmación derechista del perfil siglo XXI de Santiago Carrillo, el señor Suárez degolló limpiamente el

cuerpo dialéctico alzado contra la prolongación caudillista de su mandato. El señor Suárez había

conseguida nada menos que la unidad histórica de todas las fuerzas democráticas. Pero seguía teniendo un

flanco sin protección: la anarquía democrática, es decir, el navajeo, que reinaba en la UCD. Era preciso

evitar que le alancearan por ahí. Era necesario hacer el rebutís del gitano granadino. Considero obvio

explicar las resistencias al cambio surrealista que el señor Suárez encontró en la amalgama bajo sus

órdenes. Las mayores se concretaban en los internacionalmente homologables: liberales y democristianos.

Es razonable. Ambos sectores, además, disponen de sus principales figuras fuera del cotarro ucedista, con

el peligro de que siempre ejercerán poderosa atracción en momentos de crisis, especialmente si se tornan

en opción de poder. ¿No es eso lo que con gran habilidad sugería Areilza el domingo desde ABC?

El sentimiento mayoritario del sector democristiano embarcado en la aventura ucedista, es refractario a la

pérdida de su propia identidad, en beneficio de una extraña suerte de inestable nebulosa quincallera.

¿Porqué entonces ese pronunciamiento mayoritario del Comité Ejecutivo, en el que, no obstante,

permanece enhiesta una neta y nada desdeñable oposición? Sólo hay una respuesta cierta: por causa del

cardenal Tarancón, acaso ya por poco tiempo presidente de la Conferencia Episcopal. Recuerden que

monseñor Enrique y Tarancón tuvo en fechas recientes un diálogo político, de poder a poder, con el señor

Suárez y posteriormente concedió una paternal audiencia al infeliz Alvarez de Miranda. (No sé si la habrá

tenido también con Santiago Carrillo, inevitable en estos menesteres democráticos. Estrechos afectos no

le faltan al nuncio rojo en el episcopado madrileño.) La tesis de monseñor Tarancón es muy sencilla:

salirse de UCD sería recomenzar de cero, con los peligros de minimización que ello entraña, sobre todo

en las actuales circunstancias; resulta preferible la autodisolución, para iniciar de inmediato un proceso

intensivo de infiltración, el cual tendrá por objetivo la rápida cristianización de UCD. De esta manera,

España dispondrá de un partido democristiano poderoso y ya hecho. Para que eso sucediera, pienso yo,

los democristianos habrían de renunciar, según parecen haberlo hecho ya algunos «tácitos» distinguidos, a

posiciones esenciales del catolicismo en materia de divorcio, aborto, moral, familia, enseñanza, etc. En

otro caso, habrían de hacerlo en dirección contraría liberales, socialdemócratas,y laicos, por denominar de

alguna manera a los más fuertes en UCD, que en otra nación formarían ya el partido radical, entidad

verdadera del suarecismo. Monseñor Tarancón ha metido a la democracia cristiana en el hoyo y ha

salvado al señor Suárez, permitiéndole hacer el rebutís a quien yo me sé. ¿Con intención o por torpeza?

Es natural que concluya con unas palabras de capital trascendencia política. Las ha dicho el director de la

prisión de Córdoba: «¿De quién debemos fiarnos en la España de hoy?»

Ismael MEDINA

 

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