Autor: Cardín, Alberto. 
   La cultura y el golpe     
 
 Diario 16.    09/06/1981.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 15. 

La cultura y el golpe

La mezcolanza, tan habitual en nuestros lares, entre la dedicación intelec-tual y la política hace exclamar

a Alberto Cardín que «todo lo que los intelec-tuales metidos a políticos aficionados intenten pasar por

bálsamo de Fierabrás, resulta no sólo ocioso, sino falaz».

Tan vanados y seguidos golpes como nuestra demo cracia viene padeciendo desde el 23 F hasta la fecha

han llevado a un estado de ánimo generalizado que péndula entre el «las cosas ya no pueden ir peor, esta-

mos firmes en medio del desastre» y el, no por catas trofista menos estoico, «esto se viene abajo cualquier

día».

La democracia, decía Calvo-Sotelo en su interven ción reciente ante la Cama ra, está amenazada a

izquierda y a derecha, pero la amenaza, todo el mundo lo sabe, no pasaría de ser un mero recurso retórico,

de no existir realmente quien acu ciado -o simplemente dis-culpado- por el «desorden reinante», se quiera

erigir en padre de la Patria. El quién, el cómo y el cuéndo es el verdadero «punto negro» de la trama.

Lo fatal

Tenemos, sí, al menos eso nos ha garantizado Rafael Lafuente, un verano entero para reponernos. Luego,

a la «rentrée», lodo puede seguir lo mismo, o venirnos a sorpresa, que ya no lo será tanto.

Esto mismo nos lleva a distinguir en las condicio nes actuales entre lo que podía haber sido y lo que ya

no será, por mes reconduc ciones que se les quieran imprimir a las cosas; entre lo que quizá pudiera

haber sido de otra manera y ya no tiene remedio, y lo que nunca lo tuvo.

Andan los más relevantes intelectuales del país muy ocupados desde el día siguiente al del golpe en dar

remedios con que salvar el actual invento y, curiosa-mente, no siendo ésa su fun-ción, se empeñan todos

en dar recetas puramente polí-ticas, recetas que hasta el mismo Blas Piñar es capaz de dar como el mejor

demó-crata, con sólo limitarse a remedar lo que cualquier demócrata convencido podría dar como aviso.

Lo posible

El mismo día del cese de Gabilondo, repetía en La clave el profesor Ollero, entre agorero y sensato, lo

que la misma izquierda en el fondo sabe, aunque no lo diga muy en voz alta, desde el mismo dia en que el

rega-lo -o milagro- real se pro-dujo: que la ruptura aquí era imposible y que podemos darnos con un canto

en los dientes con tener lo que tenemos.

Todo lo que los intelec tuales intenten añadir como remedio en este sentido, tanto si vuelven de

una reciente estancia en el cen-tro del imperio, como Abe llán, o repiten, como Laín, mil veces su

abstracta y manida palinodia conviven-cial -más coherentemente, pero con más culpable reti-cencia,

cuando hablan des de las hiperbóreas brumas batasuneras, como Sava ter-, todo lo que los intelec tuales

metidos a políticos aficionados intenten pasar por bálsamo de Fierabrás, resulta no sólo ocioso, sino

falaz.

Lo específico

Una falacia fundada en la quizá inevitable, pero evi dente negativa a querer ver que si en España la

política no da más de sí que lo que la sorda confabulación entre poderes í´ácticos, tramas de todos los

colores y general incomprensión e ignorancia le permiten, sí hubiera sido posible -tal vez se trata sólo

de una posibilidad utópica, fundada en una supuesta mayor maleabilidad de las conciencias frente a las

estructuras políticas.

Quizá hubiera sido posi ble establecer, sobre la base permisiva que el nuevo regí-men de libertades

autoriza-ba, un amplio debate en el que, discutidas las más diversas opciones cultura les, sin

exclusiones ni reser vas, hubiera llegado a verse cuáles de ellas eran realiza bles como propuestas políti-

cas y cuáles debían ser con-sideradas puro teína de debate y construcción teóri-ca en espera de poder sen-

tar la idea en la realidad.

Cultura secuestrada

El día en que la democra-cia vigilada y amenazada reciba el golpe de gracia, y no sea posible siquiera lla

mar la atención sobre lo poco que queda por decir, nos encontraremos de nue vo luchando por

conseguir la posibilitación política de llegar a decir algo, olvidan do -la urgencia puramente oposicional,

si no clandesti-na, no permitirá otra cosa-que cuando pudo hablarse el monopolio de unos pocos no

permitió a decirlo todo.

Y si la cuerda inestable de la actual situación -por el mismo azar que permití ría su rotura- no llega a

partirse, nos encontraremos consumada también en el terreno de la cultura la «fantasmagoría» que en

1914 denunciaba Ortega sólo en el de la política: una democracia vigilada y una cultura secuestrada.

 

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