Una democracia indefensa     
 
 ABC.    08/05/1981.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Una democracia indefensa

El terrorismo continúa su avance, al parecer incontenible, contra la sociedad española; contra España

entera; contra la Constitución que reconoce la unidad da España; contra la democracia; contra las

libertades; contra el derecho a vivir de los ciudadanos españoles; contra loe miembros de las Fuerzas

Armadas; contra los miembros de tos distintos Cuerpos policiales; contra cualquiera de quienes lean estas

líneas y contra quienes las escribimos.

Han resultado ser una esperanza vana, que traducido al lenguaje político significa una utópica tontería,

todas las operaciones, incluidas las de amnistía, que se realizaron, y se explicaron a la opinión pública,

como hábiles jugadas de disuasión de los crímenes, de los asesinatos terroristas.

La sangre todavía fresca de los asesinados ayer, sangre caída sobre la sangre aún no seca de los

asesinados de hace tres días -todos ellos caídos en un barrio que es el corazón de Madrid-, nos relevan

de cualquier calificativo inútil, en verdad casi grotesco y recusable de condenación. Nada mejor para los

terroristas que no tener que soportar a cambio de sus asesinatos nada mes que unas declaraciones,

parlamentarias o de partido, de condenación y repulsa, o unas tópicas expresiones pertenecientes al estéril

estilo del ¡basta ya! o del ¡así no se puede seguir!

Debemos, por ello, destacar, en este comentario, la ingenua decisión que supone el acuerdo por el cual los

cuatro partidos mayoritarios convocan a un silencio y paro generales de dos minutos en la jornada de hoy

para protestar del terrorismo. ¿Qué logra contra el terrorismo una colectividad nacional, harta hasta la

náusea y hasta la desesperación de crímenes, de violencias, de sangre, por mantenerse quieta y callada

dos minutos o dos horas?

Es deplorable -es una enorme decepción democrática para una inmensa mayoría de españoles- que los

partidos políticos con representación parlamentarla, los más importantes al menos, parezcan decididos a

vivir en una galaxia distinta de la que habitan sus votantes. Los votantes están en las calles» en las

fábricas, en las oficinas, en sus viviendas, asistiendo acongojados al máximo deterioro del orden público

y de la seguridad ciudadana, y asistiendo impotentes a la crisis económica mayor y más inmediata, de la

que tienen memoria. Y mientras tanto sus representantes parlamentarios, en vez de resolverles el paro, se

dedican a resolverles temas secundarios; y en vez de aprobar urgentemente, con toda la urgencia que la

evidente gravedad de los acontecimientos reclama, una legislación antiterrorista, incluso con apéndices de

especialidad, en verdad rigurosa, eficaz y contundente, aprueban una modificación de artículos del

Código Penal que jamás perturbará la vida delincuente de un terrorista, pero que sí puede fastidiar la vida

normal de un periódico. ¿Cómo ponderar, en su alabanza, esta fantasía?

No es admisible, jamas desde estas columnas lo admitiremos, que pueda el terrorismo, aun contados a su

favor los apoyos internacionales, arruinar una democracia, asolar una nación, hundir un país o llegar a

dejarlo inerme, entregado, sin voluntad ni médula, en manos de la revolución.´

La democracia -y tenemos ejemplos muy próximos y muy recientes en la Europa que vive en libertad-

puede, si sus tres poderes quieren, ser mucho más dura y mucho más contundente maza del terrorismo

que cualquier otro sistema. Si la democracia española hace las leyes antiterroristas que son necesarias y

estas leyes se aplican oon el debido rigor -y con la independencia que siempre debe reconocerse al

poder judicial- todo puede cambiar pronto. Por este camino, una democracia, sin dejar de serlo, derrota

al terrorismo. Lo derrota y lo aniquila.

 

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