Autor: Fanjul Sedeño, Juan Manuel. 
   Los poderes fácticos     
 
 ABC.    09/07/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

LOS PODERES FACTICOS

SE ha puesto de moda últimamente el comentario sobre los poderes tácticos con un acusado retintín

peyorativo. Se loa presenta poco menos que como fuerzas misteriosas que interfieren ilícitamente el

curso de la vida política legal, cuando se trata simplemente de creaciones naturales de tos grupos sociales

e instrumento de tos diferentes rotes de sus componentes. Cierto que en ocasiones su influencia no

guarda relación con su finalidad, pues como en todos los fenómenos sociales, influye mucho su vigor

intrínseco, ef diferente grado de presión que ejercen según las circunstancias y el momento o la causa

que se aproxima, en cada caso, a las fuentes legales de decisión. También interviene en la relación la

fortaleza o debilidad del poder legal, es decir, su grado de permeabilidad.

Las iglesias, los banqueros, los militares, los sindicatos, las asociaciones profesionales, las corporaciones

patronales, la Prensa, la Universidad, tos grupos intelectuales, la masonería..., son, entre otros muchos,

poderes fácticos. Ninguno de estos grupos ni los análogos que pudieran citarse forman parte directa del

mecanismo constituciónal de poderes; su participación no está prevista. Cuando más, se les cita, autoriza

y aun promueve su existencia a través de la ley Fundamental, pero de una forma tangencial a la vida de

los poderes rectores del Estado.

Todos estos grupos reales, actuantes, intervienen en la actividad pública, desarrollan legítimamente una

dinámica, desempeñan una función lícita; componen la sociedad. No importa, pues, lo que hagan

específicamente en ella, sino de como a través de su respectiva tarea privativa mueven, impulsan o

condicionan indirectamente a tos característicos poderes jurídicos del Estado.

Este no es un ente abstracto que vive en las nubes; su armazón descansa sobre el de la sociedad, y a la vez

encauza al conjunto de ciudadanos que ejercen actividades y profesiones ordenadas y cohesionadas

para sus fines; que realizan actividades lucrativas o reivindicatorías; que se agrupan en confesiones

religiosas o filosóficas que les atraen a comunes liturgias. Son, en definitiva, los grupos sociales que se

transvasan, cuando son llamados o atraídos para ello, a los partidos políticos, y por su medio pluralista al

manejo oficial de tos poderes del Estado.

No puede haber Estado -poder jurídico- sin Sociedad -poder táctico. La Sociedad es consciente de

que estas instituciones que espontáneamente nacen en su seno, son parciales, impulsadas por intereses

particulares, y que para instaurar una paz social es necesario que sus intereses se sometan a) orden citado

por otros poderes superiores y de características coactivas generales, ajenos a ios particularismos

sociales por muy lícitos que éstos sean.

Nace así la estructura políticojurídica, cuya carta magna os la Constitución; en ella se estatuye el

esquema o cuadro de aquellas instituciones que, nacidas en el seno de la sociedad, han trascendido, es

decir, han merecido ascender a la categoría de instituciones jurídicas y aun a poderes que configuran,

con su equilibrio, la armadura del Estado.

Es curioso observar que ninguno de tos inventores de los denominados poderes tácticos, con una

intención divertidamente recusable que la moda ha Impuesto, aprecian que ellos mismos, al

discriminarlos con ánimo de hacerlos sospechosos ante la ciudadanía, se convierten a su vez en otro

poder táctico con la misma finalidad que el acusado, menospreciando el derecho de opinión de aquellos

otros grupos que, por ideología o por simple reacción visceral, «les caen gordos». No les molestan por

«tácticos», sino porque no piensan como ellos.

Seamos realistas: todos los grupos organizados que actúan sus funciones propias en la vida social se

convierten, por lógica humana, en agentes de su interés; accionan o presionan dentro de la sociedad con

ánimo de que sus razones vitales inclinen a su favor a los poderes juridicopolíticos reconocidos en la

Constitución. Es un juego normal dentro de la estructura democrática del sistema y de ahí que sea injusta

toda censura. Lo único que cabe pedir a esos poderes fácticos es que no se salgan de su papel de grupos

ciudadanos actuantes para ejercitar, maliciosa y dolosamente, una presión inmoral o ilícita sobre la vida

pública.

Ese es el gran riesgo; que la natural y necesaria existencia de esos grupos sociales no resulte manipulada

por las oligarquías representativas de cada grupo que presenten ante la sociedad y ante los mismos

poderes públicos, como opinión general, la que sólo deviene de su particular manejo. O sea. que todos

tos poderes fácticos son transformados por la sociedad democrática en vías de expresión ciudadana,

pero todos pueden prostituirse cuando se deslizan fuera de la órbita que el consenso

social o la norma legal les han atribuido o cuando unas miñonas estridentes o audaces intentan atribuirse

el sentir general del grupo.

Salvador de Madariaga percibió sus desviaciones: «Al conceder la libertad política a todos los miembros

do la colectividad, a tos activos como a los pasivos. las democracias han permitido el desarropo de

organizaciones, dentro de las cuales un corto número de individuos activos acumula y utiliza et poder de

grandes masas de habitantes pasivos. De aquí ía transformación en fuerzas políticas directas de conjuntos

extrapolíticos, como los sindicatos, las asociaciones de excombatientes, las iglesias, etcétera, con

deplorables efectos sobre la vida pública.»

Pero no se pueden liquidar toe poderes fácticos so pena de silenciar la Sociedad, de amordazarla.

Suprimir tos poderes fácticos, emanación de la sociedad libre, en aras de los partidos o poderes jurídicos

-instrumentos legales det Estado- conduciría al exclusivismo dominante de éste (fórmula de

totalitarismo) sin más sociedad que la que el Estado constituye y sin más voz que la oficial. Por el

contrario, respetando, pero centrando a cada uno de esos grupos y de esas fuerzas, se ordena el flujo y

reflujo del poder del Estado y de la dinámica social. Hay en la teoría de Montesquieu algo más sutil que

la mera división de poderes, y es el equilibrio y la armonía entre todos ellos que constituye la esencia det

buen gobierno.

La introducción del «Programa de Friburgo» del Partido Liberal Democrático alemán detiara muy

precisamente: "Para este liberalismo social, la libertad y ei bienestar det hombre no son solamente un

asunto que se limita a tos derechos del nombra como ser libre y como persona humana garantizados por

la ley, sino que son derechos y libertades que se cumplen y realizan en una sociedad. No se traía de

derechos y libertades como meras garantías formajes del ciudadano frente al Estado, sino de

oportunidades sociales en la realidad cotidiana de la sociedad.»

No creemos nuevos maniqueísmos en este huerto intoxicado en que tanto se siembra, crece y alienta. No

nos tiremos a la cabeza tos poderes fácticos ni pretendamos colgar a nadie ese cartel como si fuera

capirote de condena; tos poderes tácticos son elementos naturales de la existencia, del vigor, del fluir de

una sociedad en movimiento y pueden y deben coexistir e intercomunicarse con los poderes jurídicos

del Estado.

Listos andaríamos si no hubiera más poderes que los generados en despachos oficiales o tos deducidos

del «Boletín Oficial». Cada uno en su función: Sociedad y Estado; cada uno cor» sus instrumentos de

presencia y acción. Toctos necesarios, lícitos y todos sometidos a su propia órbita; complementados,

pero sin estorbarse ni intentar sustituirse.

Juan Manuel FANJUL SEDEÑO

 

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