Autor: Fuster i Ortells, Joan. 
   Culto y clero     
 
 Informaciones.    05/07/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

CULTO Y CLERO

LO que realmente resulta chocante en esta última temporada es el escaso éxito

que la, maniobra de monseñor Lefébvre ha tenido en las archidiócesis

celtibéricas. Por lo menos, las noticias de Prensa no informan de ningún

movimiento apreciable de canónigos o de vicarios que, poco o mucho, hayan

suscrito la actitud cismática del mitrado francés. Este empecinado reverendo ha

obtenido una discreta acogida en Francia, en Suiza, en Alemania: en tierras de

herejes, por lo general. Y no es lo lógico. Puesto que se trata de un gesto

ultra-ortodoxo, debería de haber sido en la católica España —«luz de Trento»,

recuerdan— donde encontrase ´los mayores ecos. Como es sabido, aquí todo el

mundo fue siempre, y sigue siendo, más papista que el Papa:, todo el mundo pío y

clerical, se entiende. ¿A qué viene esa indiferencia? Me lo pregunto.. Insisto

en que el «clima» no deja de ser propicio. Al fin y al cabo, exceptuadas unas

escasas docenas de curas «progres» —«dé-froqués» a parte—, el clero indígena no

parece situarse en una línea excesivamente «conciliar». Pero ya se ve: nadie da

un paso adelante para solidarizarse con el prelado díscolo. Ni siquiera las

Hermandades Sacerdotales de San Sarda I Salvany. Ni los mismísimos visionarios

del Palmar de Troya

Bueno, quizá piensen que Lefébvre, por el simple hecho de ser francés, ya es

suspecto. El catolicismo cispirenaico desde muy antiguo tuvo una ´particular

inclinación a desconfiar de los extranjeros. Incluso de los propios pontífices

de Roma, en ocasiones. ¿Fue en tiempos de León XIII cuando en bastantes

parroquias y conventos de estas latitudes se llegó .a rezar rosarios y trisagios

«por la conversión del Santo Padre»? Si no era .León XIII, sería otro. -Pero eso

se cuenta. Ahora lo llaman «nacional-catolicismo»: ganas de inventarse

etiquetas, y con mala Intención, supongo. La verdad es que esta España de

nuestros pecados, a partir de la conversión de Recaredo, tomó oficialmente la

exclusiva de la fe católica, y e! pasó de los siglos no hizo sino consolidar esa

ilusión. Felipe II instituyó el «telón de incienso», de indiscutible eficacia. Y

antes y después, el Santo Oficio y más instituciones de vigilancia funcionaron

con un rigor perfectamente útil. En el fondo, la convicción extendida fue qué

cualquier amago de disidencia ideológica procedía del exterior. No hubo jamás un

verdadero «heterodoxo español»: don Marcelino escribió seis o siete libróles

para demostrarlo. Y si hubo alguno, tuvo que ser un «mal español», claro.

¿Entonces, qué? También es posible que el episodio Lefébvre tropiece hoy con

obstáculos menores, pero ciertamente insalvables. El tema no es sencillo. A fin

de cuentas, ¿en qué consiste la disidencia del citado arzobispo? ¿Lo de la misa

en latín y el gregoriano? Parece poca cosa como argumento. Pablo VI también •

dice sus misas en latín —la televisión, en fiestas solemnes, las transmite— y

consiente en acompañarse de las salmodias tradicionales. Por lo demás, entre la

misa de San Pío V y la actual, las variantes son mediocres: las preces y las

lecturas se mantienen, y las palabras de la consagración. ¿Será, pues, una

cuestión de doctrina? Tal vez. Las sutilezas de los teólogos se prestan a lo

peor .como certifica la .historia de veinte siglos de Iglesia o, de Iglesias.

Sólo que nadie sabe cuál es lo que el anciano Lefébvre objeta, a nivel de

teoría, a las conclusiones de los Padres Conciliares del Vaticano II, uno de los

cuales fue él en persona. ¿Se equivocó la Asamblea Ecuménica? Mal asunto, para

.Su Eminencia Lefébvre; afirmarlo´ sería tento como sostener que. el Espíritu

Santo sé abstuvo dé asistir con sus luces al Colegio-Apostólico fuede^ -que -el*

monseñor de que hablamos, sea ligeramente escéptico sobre la acción del

Paráclito. Será su problema...

¿ero volvamos a lo nuestro. Sea cual sea e! fondo del saínete, me atengo a lo

insinuado: a los «obstáculos menores». Por ejemplo, el latín. Los clérigos

hispánicos nunca supieron mucho latín. Cuando el Vaticano II abrió las puertas a

los «vernáculos», la multitud tonsura-da se sintió profundamente aliviada. Ya no

tendrían que aprender el «rosa rosae» ni los verbos irregulares, y archivar el

breviario y la Vulgata ••—no precisamente ciceronianos— les llenaba de gozo. Su

analfabetismo ancestral hallaba una salida honorable. Y lo mismo con el

gregoriano. «Qui bene cantat bis orat», decís´ San Agustín, Los capitulares y

los beneficiados cuando entonaban vísperas o completas desafinaban como unos

condenados. Y tenían conciencia de ´ello. La «libertad conciliar» les permite, a

ellos y a los párrocos, lanzarse a la neozarzuela y el; pseudorock, y en ese

ejercicio se sienten, sin duda, más cómodos... Y uno empieza a comprender que la

propuesta Lefébvre, de regresar al latín y al gregoriano, haya sido declinada.

Nuestros curas serán tan «preconciliares» como tememos que son, pero no se

chupan el dedo. Desde el ordinario de Cuenca hasta el último levita, la

perspectiva «trídentina» no ha de gustarles.

¿La «doctrina»? El señor Menéndez Pe-layo puso mucho énfasis —y el señor Unamuno

también, á su modo— en la prodigiosa capacidad de la «raza», para la

elucubración teológica. Era pura mentira. De estos pagos no han salido grandes

teólogos nunca, ni ortodoxos ni he-

terodoxos. Sí unos pocos filósofos y siempre aberrantes. Y sobre todo la gran

masa grafómana de las sotanas y las cogullas se especializó en cánones, en

distingos de moral, en tiquismiquis escolásticos. Pero hasta eso se fue al

carajo. El clero secular y regular hoy, aquí, vegeta en la inopia intelectual

más evidente. Hago un esfuerzo para imaginarme la figura del «teólogo-ortodoxo-

anti-conciliar», y abandono la partida*. Mi paisano, el famoso padre Oltra,

consiliario de croatas armados y de guerrilleros de Cristo Rey, nunca mostró

aficiones .teoréticas. Rey,. nunca .mostró aficiones teoréticas. ¿Don Venancio

Marcos? La Administración franquista durante años afligió a la ciudadanía con

las «"harías radiofónicas» de este individuo. Ya hizo todo´ el mal que podía

hacer con la complicidad de los Ministerios. No es un teólogo. Ni el Consejo

Superior de Investigaciones Científicas, que, gracias a Calvo Serer —uno tiene

unos paisanos c¡ue ¡ya, ya!—, consideró que la Teología era una ciencia, levantó

un gato por el rabo. Los teólogos de la posguerra no han rebasado las fronteras

del triduo y la novena. Quiza lo más. aproximado a un teólogo que sj haya

producido bajo el franquismo es el profesor Zubiri, y nadie se acuerda de este

insigne teorizante.

Efectivamente, dadas las , «condiciones objetivas» de la piel de toro, la idea

del arzobispo Lefébvre no tenía nada que hacer. Y soló, repito, por las minucias

de estos «obstáculos menores». De culto y clero.

Es una observación^

Por Joan FUSTER

 

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