Autor: Azaola, José Miguel de. 
   ¿La última oportunidad?     
 
 Diario 16.    22/10/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

Jose Miguel de Azaola

¿La última oportunidad?

«Si nuestra generación tiene hoy la oportunidad de construir, en libertad y en democracia, un Estado a la

vez coherente, sólido, moderno y ampliamente descentralizado, seria imperdonable desaprovecharla

cediendo a las tentaciones del amor propio, del sectarismo partidista, del oportunismo electoralista o la

pasión nacionalista.» Diario 16 5-12-81

La advertencia vale para todos los partidos y para todas las comunidades autónomas, ya existentes o

llamadas a existir dentro de poco; y vale también para, el Gobierno central. Esto equivale a decir que vale

para las Cortes Generales en estas vísperas de discutir y votar el texto definitivo de la LOAPA y demás

normas legales que van, por fin, a encauzar el proceso de remodelación del Estado con arreglo a unos

criterios que todos deben procurar que sean lo más acertados posible.

Intransigencias

Insistir, en estas condiciones, en el mantenimiento intransigente de la integridad de unos textos que

pueden y deben ser revisados para mejor respetar la Constitución y los Estatutos ya vigentes, por un lado;

y enardecer, por otro, a quienes apasionadamente rechazan esos textos, con razón en parte y en parte sin

ella, es acumular dificultades en el camino que lleva a una conciliación indispensable. Indispensable

porque ni quienes, desde el campo de lo democracia liberal, combaten esos textos podrán mantenerse a la

larga sin la colaboración de los partidarios de los mismos, ni podrán éstos gobernar España sin la

colaboración de aquéllos.

Bien sé que es mucho pedir, el pedir que la UCD y o! PSOE |y también Alianza Popular y el PCE) se

convenzan de una vez de que un Estado compuesto por comunidades autónomas no puede funcionar si

está dirigido por partidos centralizados, porque o bien los partidos anularán la autonomía de las

comunidades, o bien serán reemplazados en el ejercido del poder por unas formaciones políticas locales,

incapaces de enfocar los problemas generales en forma tal que dé al Estado la cohesión y la fuerza que

necesita.

Así es la realidad, y esos partidos tendrán que aceptarla o resignarse al fracaso.

Bien sé que es mucho pedir, el pedir que los nacionalismos se desembaracen de unos mitos sumamente

provechosos a la hora de encandilar a las masas, pero sumamente perniciosos a la hora de gobernar y de

llegar a un entendimiento con esos inevitables rivales que, en una democracia liberal, son también

inevitables colaboradores.

Pero si el nacionalismo centrípeto se empeña en considerar cualquier cesión de poder como un ataque a la

unidad de España, y si los nacionalismos centrífugos se niegan a admitir que el interés de España debe ser

el único criterio decisivo a la hora de resolver determinados problemas capitales, unos y otros tendrán que

resignarse a la pérdida de la libertad, al ocaso de la democracia y a seguir peregrinando en incesantes

bandazos, de la tiranía al desorden y del desbarajuste al despotismo.

Para que nadie se escandalice si los catalanes o los vascos decimos somos una nación, hace falta que ni

catalanes ni vascos ni nadie, al decir «somos una nación», queramos decir «no somos España». Si nadie

se rasga en Suiza las vestiduras cuando se llama «Estado a un cantón (cosa que ocurre cada lunes y cada

martes}, es porque a nadie se le ocurre que ese Estado» no es una parte de Suiza, inseparable del resto de

la Confederación.

Los dientes de Garaicoechea

Aún no hace muchos días que el presidente Garaicoechea decía que se daría con un canto en los dientes si

la comunidad que preside tuviera tantas competencias como un Land alemán. Sin abrigar la menor

animosidad contra su dentadura, hay que decir que el camino más derecho para conseguir ese «techo

autonómico» es crear una situación en la cual, y como la cosa más natural del mundo, del mismo modo

que las autoridades de cualquier Land alemán proclaman que su Land es alemán, las de su comunidad

proclamen que es españóla, en vez de decir el Gobierno español» cuando se refieren al de Madrid, como

si el de Vitoria no lo fuera.

Pero sé que esto es, hoy por hoy, mucho pedir, pues supondría para el interesado el sacrificio no ya de su

dentadura, pero si de su presidència. Los nacionalismos son lo que son, y no pueden cambiar como no

pueden cambiar tantas cosas de la noche a la mañana. Lo que si se puede es apelar al sentido de

responsabilidad de los nacionalistas, tanto centrípetos como centrífugos, y recordarles que están

condenados a entenderse, a menos que prefieran estar condenados a ver la ruina simultánea de la

autonomía, de la democracia y de la libertad.

Llegar al entendimiento requerirá gran esfuerzo (sobre todo, de imaginación espíritu de sacrificio y una

fuerte, muy fuerte, voluntad de diálogo.

 

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