Autor: Martín Patino, José María. 
   El voto católico y el voto de los católicos     
 
 El Alcázar.    12/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

El voto católico y el voto de los católicos

Estos días asistimos a una serie de intentos de manipulación del voto de los

católicos. Lógicamente, ese voto debería ser católico: y nada más ajeno al voto

católico que el voto manipulado.

Así, por ejemplo, no hace muchos días las monjas de clausura, recibieron una

carta firmada por honorables señoras católicas que pedían el voto de las

religiosas para on determinado partido político, esgrimiendo unos textos de

Pablo VI y hablando en nombre de la fe católica. La carta en cuestión obtuvo

adecuada respuesta por parte de las mismas monjas que ya no parecen resignarse a

seguir siendo consideradas como menores de edad, en la política. En Madrid, la

semana pasada, muchos párrocos, principalmente en las feligresías más

acomodadas, recibieron grandes paquetes de octavillas para repartir entre los

asistentes a la misa del domingo, y así decirle a los católicos que deben

excluir de su voto a casi todos los partidos de centro y de izquierda. Lo más

grave de este anónimo que no lleva pie de imprenta, es su titulación: «El

Episcopado Español declara... (22 de abril de 1977)», para luego no citar ni una

sola frase de la nota de la Comisión Permanente de dicha fecha. Estamos ante una

suplantación de autoridad y. por qué no decirlo, de una impostura de falsos

pastores que tratan de aplicar a su favor textos aislados de la Ociogessima

Aílveniens. Para completar el cuadro hay que aludir también al manifiesto de los

llamados Cristianos por el socialismo, que sin empacho ni cortapisas piden, por

supuesto en nombre del Evangelio, el voto de los católicos para los partidos de

izquierda, incluso marxistas. No vemos por ninguna parte en los autores de tales

declaraciones, ni la sencillez de la paloma, ni la astucia de la serpiente que

recomienda el texto sagrado. Porque la sencillez no se puede identificar con la

ignorancia, ni la astucia con el egoísmo.

En primer lugar hay que decir claramente que un ciudadano do recta conciencia

cristiana debe optar libremente por aquello que cree

JOSÉ MARÍA MARTIN PATINO ( y icario de Pastoral de la archidiócesis de Madrid)

ser mejor para toda la colectividad de la que forma parte. Obviamente tiene que

ser falsa cualquier tipo de oposición o contradicción que algunos intenten hacer

ver entre los derechos de la Iglesia o de los cristianos y la defensa de los

derechos de todos los ciudadanos. Desgraciadamente, la historia política de

nuestro país no nos ayuda mucho a disipar estos recelos. Algunos partidos

confesionales dieron la impresión en el pasado de defender con más vigor y con

más intolerancia los derechos de la Iglesia como «sociedad perfecta» que las

libertades democráticas de todos los hombres, por no hablar de la evidente

inclinación evangélica hacia los socialmente .más débiles. Insensiblemente, por

amor quizás a la institución, se enfrentaba un mundo eclesial, más propiamente

eclesiástico, con el otro mundo de los no creyentes en los terrenos puramente

opinables de la batalla electoral. Ahora, en cambio, hay que reconocer la mesura

con que se evita deliberadamente ese frente de lucha. Pero aparecen esos otros

riesgos de manipulación sutil, buscando el modo de volver a confiscar el voto

católico en encasillamientos partidistas y privándolo así de una de sus

principales características que es su humana libertad.

Hoy podemos decir, con la doctrina del Vaticano II. que un voto no es

verdaderamente católico si no es radicalmente democrático. Un voto libre desde

la conciencia democrática y para la democracia. Porque la iluminación de la fe y

los criterios expuestos por los obispos, no tratan de mantenerlo amarrado a

puertos oscurantistas, ni de mantener traumas históricos, sino de hacerlo

precisamente más libre y más generoso con los hombres. Todo lo cual supone que

hay que estar dispuestos a reconocer los valores humanos y cristianos allí donde

se den, superando toda clase de fronteras humanas de clase social, región, sexo

y aun confesionalidad religiosa. El cardenal de Barcelona acaba de recordar que

«la única subordinación que el Concilio Vaticano II impone a la técnica, al

trabajo y a toda la actividad humana es su ordenación al bien auténtico del

género humano y que permita... cultivar y realizar plenamente su vocación»

(Gauaium el Spes, n.° 35).

La independencia de la Iglesia respecto al proceso electoral que han reiterado

nuestros obispos, se demuestra en esa actitud de respeto a las legítimas

autonomías del ámbito político, que no es un mundo desconectado de la fe

religiosa, pero sí distinto con leyes y procedimientos no deducibles

directamente del Evangelio. De hecho, no existe ningún partido que pueda ser

canonizado, porque, como nos dicen los obispos, «ningún programa poLitico es

capaz de realizar plena y satisfactoriamente los valores esenciales de la

concepción cristiana de la vida». El estatuto de una ideología, aunque sea

cristiana, no puede situarse en el plano dogmático, sino en el dé la iluminación

relativa de las conciencias o del grupo humano que la crea. Dogmatizar la

ideología es algo así como seguir pensando dentro del sistema precopernicano,

según el cual las creaciones humanas serían lo absoluto frente al Evangelio que

seria lo relativo, empeñándonos en que sea el Evangelio el que dé vueltas en

torno a nuestras propias ideas. La réplica a todo intento de dogmatizar la

política desde la fe es la trivialización de la misma fe.

Los obispos españoles felizmente no han hablado de siglas ni de programas

políticos concretos. No es su tema. Se limitan a proponer acertadamente una

serie de valores que el cristiano tiene que promover y defender. Posiblemente

esos valores no se dan todos juntos, sin mezcla de mal. en ningún partido. Más

difícil aún será que se den jerarquizados según un mismo sistema objetivo. En la

práctica unos tienen que subordinarse a los otros y cuántas veces hasta se

atrepellan, sacrificando en honor de un tipo de libertad otras libertades. Pero

el cristiano tiene que pensar en todos los hombres y elegir para ellos libertad,

moralidad pública, estabilidad de la familia, pleno respeto a la conciencia

religiosa, justicia social, etcétera... Y esto equivale a remitir a la

conciencia cristiana la" elección normalmente de lo menos malo.

Una misma luz puede iluminar, atraer y mover planetas distintos.

Este relativismo político del Cristiano no lleva a ningún tipo de privatización

de la fe, ni al libre examen, ni al absentismo político del ciudadano creyente.

Refuerza, eso sí," su responsabilidad evangélica y le capacita mejor para la

auténtica solidaridad y participación ciudadana. También hay que decir que esa

solidaridad en los trabajos y en la misma lucha política se descubre mucho más

claramente en los niveles más profundos de la revelación cristiana, aunque ésta

exija no pocas veces rupturas con la propia mentalidad y con otras solidaridades

más coyunturales o superficiales.

No faltará quien se asuste ante estas reflexiones y aún quien las tache de

intencionalidad política.

Considero que la libertad es un valor profundamente cristiano, como se demuestra

con una simple lectura de San Pablo; y es posible que las libertad evangélica

sea una de las mejores orientaciones para votar en las próximas elecciones. «No

hemos de tener miedo a la democracia y al futuro —ha recordado también el

cardenal de Barcelona—. Todos tenemos necesidad de recuperar la confianza en

nuestra capacidad de civismo y de convivencia en el pluralismo y el orden». El

voto católico no es el voto del miedo, ni el del trauma histórico. No es un voto

desmemoriado, pero tampoco anclado en el pasado: es un voto de fe en el futuro.

Y ojalá que el voto de los católicos sea nada más y nada menos que eso: un voto

católico.

 

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