Autor: Comín, Alfonso . 
   La Iglesia española ante la sociedad democrática     
 
 El País.    13/07/1977.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

El PAIS.miercoles 13 de julio de 1977

OPINIÓN

Monseñor Tarancón Ib decía con motivo de la apertura de la asamblea plenaria del

Episcopado español:

«Hemos podido comprobar con satisfacción que quizá por primera vez en toda la

historia de España la Iglesia no ha estado en el centro de la lucha electoral ni

se ha manifestado aquel anticlericalismo feroz que surgía siempre en las luchas

políticas. Sin duda este ha sido uno de los aspectos positivos de las recientes

elecciones.» Pese a una serie de titubeos Contradictorios que expresaban las

diversas tendencias en el seno de la conferencia episcopal —desde los

partidarios de no inmiscuirse en´ las leyes propias de una sociedad

secularizada, dejando que los cristianos votaran según su recta conciencia, a

quienes hubieran deseado un cierto intervencionismo favorable a posiciones de

centro—, lo cierto es que finalmente la Iglesia jerárquica mantuvo un importante

neutralismo público, evitando tanto el apoyo al partido confesional como la

condena de partido alguno. --Esta actitud ha sido coherente con lo que está

sucediendo en la ´base cristiana decidida a votar con independencia y según su

propia madurez cívica. Las declaraciones intervencionistas de la jerarquía van

perdiendo eficacia en todos los países democráticos. Esta —salvo casos

excepcionales— se va haciendo~más cauta a la vista de fracasos evidentes; por

ejemplo, el referéndum del divorcio en Italia.- El cristiano no se deja ya

manipular fácilmente por pretendidas-Justificaciones doctrinales sobre

cuestiones que´ son de libre opinión.

El pluralismo político de los cristianos está ya ganado en este país, recién

salido del nacional-catolicismo.

Ni siquiera hemos pasado por la vía intermedia del partido confesional como fue.

el caso del MRP en Francia o como lo está siendo prolongadamente —con una crisis

que ahora se acelera— en el caso de Italia. Amplios sectores cristianos han

votado a la izquierda (no sabemos en qué proporción); otros, por supuesto, al

centro y a la derecha. Pero estas últimas ya no monopolizan la fe. No se puede

seguir identificando cristiano con hombre de derechas o de centro. Añadiría que

se da un cierto

TRIBUNA LIBRE

La Iglesia española ante la sociedad democrática

hastío en el uso del adjetivo cristiano como seña de identidad de un partido en

concreto. Las declaraciones de sectores y personalidades progresistas cristianos

señalando su voto a la izquierda han sido numerosas.

En suma, la jerarquía ha levantado acta notarial de realidades profundas

arraigadas en las masas cristianas que, como consecuencia de su participación en

la prolongada lucha contra el franquismo, han evolucionado en un importante

«desplazamiento» de fuerzas hacia opciones socialistas y comunistas de variado

signo.

Pero la jerarquía cometería un grave error dándose por satisfecha con pasar la

página del pluralismo. La nueva inserción de la Iglesia en la sociedad

democrática requiere un afinado sentido evangélico, reconocimiento de las nuevas

realidades culturales, sociales y antropológicas en el seno mismo de la Iglesia,

en su propia pastoral. El cardenal Tarancón se ha referido también a estas

cuestiones de forma genérica. Pero se apuntan algunas referencias preocupantes.

Por ejemplo, la cuestión de la escuela. Sería lamentable que una vez superada la

beligerancia política en el terreno de las siglas se trasladara al de las

llamadas «instituciones cristianas», que pueden acabar recrudeciendo nuevas

«´guerras de religión».

La independencia de la jerarquía eclesiástica respecto al partido confesional no

resuelve todos los problemas. Podemos evolucionar hacia una situación en la que

el stablishment eclesiástico, sin renunciar a la realidad del pluralismo

político de los cristianos, trate de orientarlos hacia posiciones de centro,

hacia «nuevas y sanas formas de colaboración con el poder establecido», una vez

lograda la ineludible separación de Iglesia y Estado. De este modo la Iglesia

prestaría servicio al centrismo en el poder secundando la tentadora vía del

«capitalismo de rostro humano» a la que tan propensa ha sido en losúltimos

tiempos bajo diversas

ALFONSO C.COMIN

formas. La evolución española sería asi semejante aja francesa —orientándose

hacia.formas de «nuevo galicanismo», según la frase acuñada por Alvarez Bolado-

y distante de la italiana articulada en torno al partido confesional.

Creo que el artículo de Martin Patino publicado recientemente en EL PAÍS y en La

Vanguardia Española, titulado «Réquiem por un poder político de la iglesia

española», justifica estos temores. Sin entrar ahora en un análisis de la suma

de sutilidades y de preocupantes perspectivas que abre —espero referirme a él

con calma más adelante—, deseo señalar simplemente el escaso nivel autocrítico

que refleja y los síntomas de «nuevo galicanismo», tal como acabo de indicar. Si

el aparato de la Iglesia se pone al servicio de la «operación centro» —como

parece desprenderse del «discurso Patino» y de otros datos que sería enojoso

enumerar— para garantizar futuras zonas de influencia y mantener privilegios

eclesiales (especialmente en lo que se refiere a la escuela), se, acaba

reconstruyendo una nueva confusión fe-política por vías quizá menos_visibles,

pero nomenos graves. Nadie, en la izquierda, niega los derechos de la Iglesia y

de losi cristianos como los de cualquier persona: lo que contestamos es la

pervivencia de privilegios que acaban encadenando a la misma Iglesia a políticas

finalmente antievangélicas La influencia cultural cristiana que preocupa a

Martín Patino no se alcanza por la vía de las «garantías administrativas», sino

a través de una dialéctica viva, en medio de un gran debate de ideas, abierto y

leal, sin´ningún tipo de privilegios administrativos para ninguna creencia o

filosofía ni para ningún partido político.

«La izquierda política está ya desafiando a la Iglesia ante esta prueba de su

capacidad de presencia democrática. Pero esa misma izquierda, desbordada quizá

por su propia ideología, tiene también el peligro de manipular la libertad y aun

la misma cultura para sus fines políticos», dice Martín Patino. En efecto, nadie

está exento de peligros. Pero en lodo caso, la izquierda —prácticamente en

bloque— ha luchado durante cuarenta años contra el franquismo en todos los

planos; también y arduamente en el cultural, en el de la conquista de las

libertades democráticas. En los últimos años la Iglesia jerárquica ha tenido

actuaciones de´distanciamiento del franquismo. Pero, ¡con cuánta tibieza, por lo

que se refiere a la cúspide! En el campo cultural su defensa de la libertad de

expresión para todos los ciudadanos no ha alcanzado jamás tas cotas con las que

pertinazmente ha defendido las privilegiadas posiciones alcanzadas con la

victoria franquista. ¿Cuándo, por ejemplo, la Iglesia jerárquica española ha

defendido en la práctica —más allá de los pronunciamientos genéricos— el derecho

de expresarse al intelectual marxista, creyente o ateo, en igualdad de

condiciones? ¿Acaso en un planteamiento más general, ha defendido la igualdad de

derechos de todas las cultura^, de acuerdo con el espíritu de la declaración

sobre libertad´ religiosa y del esquema XIII del Concilio Vaticano II? Temó que

sin darse cuenta quizá Martín Patino ha tocado el réquiem por un poder político

de la Iglesia española, pero.que al mismo tiempo está tocando a rebato por otra

forma de poder resultado de inercias históricas y de meras readaptaciones

pragmáticas a la sociedad democrática.

:

Considero que la jerarquía deberá agudizar, pues, su sentido autocrítico. Así,

cuando monseñor Tarancón .alude al «anticlericalismo feroz», debería preguntarse

al mismo tiempo por qué surgía ese anticlericalismo y recordar la parte de

responsabilidad que correspondía a la Iglesia: caciquismo clerical —no

totalmente erradicado de algunas zonas más atrasadas—, vinculación con las

grandes fuerzas políticas del capital, defensa de sus propios privilegios,

etcétera..., y reconocer al mismo tiempo la gran aportación que han hecho los

partidos de izquierda para que se respete la función de la Iglesia en una

sociedad secularizada. Este espíritu autocrítico facilitaría una^ mejor

comprensión de las nuevas realidades, fomentando la osmosis con profundos

valores del hombre que proceden de movimientos nacidos al margen de la Iglesia,

particularmente todos aquellos que incluimos en las aportaciones del socialismo,

asi como algunos aspectos del espíritu libertario propio de la mejor tradición

anarquista.

En su declaración de 2 de febrero pasado la comisión permanente precisaba que la

Iglesia no podía ser neutral ante la defensa de los valores del hombre y que su

misión pastoral le exige, entre otras responsabilidades, la de «apoyar a los más

pobres, débiles y marginados». Es un bello enunciado de propósitos. Hoy todos

sabemos quiénes son los pobres y los marginados. Si damos el paso de ese

lenguaje genérico que puede remitir las responsabilidades a la estratosfera de

las figuras míticas, afirmaremos en lenguaje de uso común, el lenguaje de las

clases sociales, que los pobres son la clase obrera, el .campesinado bajo —

proletariado agrícola, pequeños propietarios, etcétera— y otros sectores

trabajadores de la sociedad.

Las luchas sociales:forman parte esencial de la sociedad democrática que se abre

ante nosotros. La fidelidad evangélica de la Iglesia exige una gran sensibilidad

para no caer en el apoyo al centrismo de formulación tecnocrática. eludiendo

asila gran oportunidad de acercarse con un nuevo rostro a las clases sociales

donde crece la gran esperanza de ta Humanidad. Si la Iglesia jerárquica se pone

u su escucha y abandona ese aire perpetuamente aleccionador, si se pone a la

escucha del mundo, tal como solicitaba el papa Juan XXIII, quizá ella misma

redescubra palabras escritas por Jesús sobre la arena y que el viento del

constantinismo borró con demasiada celeridad.

 

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