Autor: Martín Descalzo, José Luis. 
   Ministros de reconciliación     
 
 ABC.    24/07/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 25. 

MINISTROS DE RECONCILIACIÓN

ESTE verano he sabido aue hace unos meses murió don Facundo. La noticia no

apareció en los periódicos. ¿A quien puede, en definitiva, importarle la muerte

de un viejo cura que «sólo» supo estar cuarenta y cinco años en un pueblecíllo

de quinientos habitantes y que luego se limitó a esperar solitaria la muerte en

una solitaria casa sace dotal?

Y, sin embargo, yo me atrevo a creer que la historia de la reconciliación entre

los españoles no quedará completa si falta en ella el nombre de don Facundo. No

quisiera yo, que fui su confidente en alguna de sus muchas horas de soledad, que

su aventura —su pequeña y enorme aventura, como el lector.verá— quedase olvidada

en medio de esté gracioso tinglado de memorias y contramemorias en el que todos

tratan de demostrar —¡ahora!— lo buenas, comprensivos y democráticos que fueron

a la hora de la gran sangre.

La hora crucial de don Facundo surgió en uno de los primeros días de agosto de

1936. Su pueblecillo había quedado al pairo de la riada de muerte y no había en

él mayor número de viudas de cuantas marca de por sí la negra suerte humana.

Pero el termómetro ascendió vertiginosamente cuando al pueblo llegó un camión de

vengadores»,-Eran casi jovenzuelos y asi traían otra orden y otro poder que el

de sus pistolas. Pero era suficiente para recorrer casa ñor casa recaudando

enemigos de la patria naciente.-

Pronto fueron catorce les hombres que se amontonaban, pálidos y temblorosos,

bajo un. feroz sol de agosto, esperando el «pase o», que tenía como meta final

la cuneta de cualquier carretera.

Era la hora de la siesta y el pueblo dormía. Dormía también don Facundo cuando

fue sacudido por alguien que le anunció el viento de muerte que amenazaba a

catorce de sus : feligreses. Y, dormido aún se precipitó «n la calle con la

sotana a medio abrochar. Habló, discurrió, gritó, intercedió, suplicó, mendigó.

Todas las palabras del cura se estrellaban en la decisión de los «salvadores».

Aquellos catorce hombres habían cometido el terrible delito de ser socialistas

o, quizá más exactamente, de haberle creado problemas al cacique local. Era ¡a

hora de la «gran justicia».

Pero don Facundo entendía mucho" de la gran misericordia (que luego venía a

coincidir con la simple justicia) •• y no estaba decidido a rendirse: se plantó

de rodillas delante del camión asesino y gritó que ñaue le arrancaría de allí si

aquellas hombres no eran liberados. Tendrían que pasar sobre su cadáver. Lo dijo

hasta con esta´ rotunda frase que, por una vez, .no era retórica.

la decisión del cura hizo vacilar a los jovenzuelos de las pistolas, que

empezaron a temer que la sangre de un cura terminaría ñor llegar hasta las mesas

de los más altes jerarcas. Y poco después, bajo aquel sol de fuego, el camión se

alejaba vacío de su macabra carga.

Don Facundo, que había pasado más miedo que los catorce amenazados juntos, se

levantó sudoroso y temblando. Y resresó a su siesta, mientras limpiaba de polvo

su sotana y d? sudor su cuello. Dentro del auna llevaba una misteriosa

felicidad. Mas no pudo evitar que subiera a su cabeza y a su boca una frase que

treinta años nías tarde me confesaría a mí como un gran pecado:

—Y lo peor del asunto es que no estaban nada mal elegidos.

Aquellos catorce hombres eran sus «enemigos». Los aue le habían gritado en la

pasada procesión del Corpus. Los que en la taberna del pueblo contaban sobre él

no sé qué sucias historias.

—Pero, claro —añadiría años más tarde don Facundo cerno para disculparse—, -yo

no podía olvidar que, antes que nada, eran mis hijos.

Ahora don Facundo se ha ido. Me dicen que el día de su muerte nadie acompañó su

cuerpo al cementerio.

Gracias a él. hubo catorce tumbas menos en un pueblecillo castellano, pero la

suya no se vio rodeada ni siquiera por sus doblemente «hijos». Estoy seguro de

que don Facundo supo aún disculparles: en definitiva, aquel día de agosto él no

hizo otra cosa que cumplir con su deber.

Al escribir esta histeria sé muy bien que no toda la Iglesia española —¡ay!—

obró como don Facundo. Sé que en nuestra geografía fueron muchos los curas —más

de los que creemos— que actuaron como él. Pero sé también nue hubo listas negras

que se confeccionaron —¡Dios santo! ¡Dios santo!— sobre la base de «los que no

iban a misa». Sé que, en su conjunto, aquella Iglesia española que tan bien supo

morir, supo mucho peor gritar contra las otras muertes: sá que eligió entre

«buenas» y «malos» y que pocas veces se plantó de rodillas ante unos y otros

recordando que, antes que nada, todos eran sus hijos.

Pido perdón por lo que estoy escribiendo. No me siento a la máquina para

condenar a nadie. Sé de sobra que si yo hubiera estado allí también me habría

equivocado. Cuando un problema se plantea mal, todas las soluciones son

equivocadas. Y se plantea, mal todo problema que se analiza con violencias,

odios o ametralladoras.

Cerremos, pues, ese capítulo. Pero no sin dclor y sin propósito de la enmienda.

El dolor trató de expresarlo hace seis años la tan calumniada Asamblea Conjunta

en la. que muchos, sin condenar a nadie, tratamos de expresar la tristeza de que

nuestra Iglesia no siempre hubiera sabido (yo apoyé ese «siempre» pensando en

don. Facundo) «ser ministro de reconciliación en un país dividido por una guerra

entre hermanos».

Pero es preciso también el propósito de la.enmienda. Porque lo que a mí me

preocupa —y por eso escribo estas líneas— es que hoy pueda nuestra Iglesia

olvidarse de su tarea de «ministro de reconciliacion». ¿Lo está siendo?

Si se me perdona la sinceridad diré que encuentro a nuestros obispos demasiado

contentos por haber sido neutrales en las pasadas elecciones y de estarlo siendo

en la actual contienda entre partidos. Esa independencia . se supone. Mas no es

para enorgullecerse tanto de ella. "Nadie se vanagloria de no haber matado a su

padre.

Mas pienso que la Iglesia, después de abandonar, todo rastro de poder político,

después de renunciar a toda fe impuesta por el brazo secular, tiene muchas otras

cosas que hacer. Tiene, nada más y nada menos, que atreverse a ser Iglesia.

Porque, aparte de no cometer errores capitales, ¿en qué sirve hoy nuestra

Iglesia, no sólo a los individuos, sino a la comunidad nacional como tal? ¿Dónde

está su ministerio de reconciliación? Un curioso complejo atenaza hoy a la

Iglesia española. Avergonzada de una acción púbiica que era no pocas veces

acción netamente política, parece apostar hoy por la inacción por miedo a la

politización. Confundió tanto la espada y la cruz, que hoy casi esconde I» cruz

como un delito.

Y, sin embargo, la Iglesia tiene hoy, como Iglesia, un largo ministeno de

reconciliación que realizar, _sin que ello implique el ponerse al servicio de

ninguna de las fuerzas políticas en juego.

Tiene una función en lo económico. No se trata ya de ser morfina resignada para

las justas aspiraciones del pueblo, pero si ruede tratarse de1 ser un ejemplo y

un pregonero de la necesaria austeridad de todos. La Iglesia, con una seria

predicación de la moral económica, puede ayudar a la hacienda nacional más que

toda la reforma, fiscal junta. El día que se niegue la absolución al que exporta

capitales, el día que en el confesonario se pregunte tanto por la declaración de

impuestos como por el sexto mandamiento, el día que, sin demagogia, se exija a

los creyentes la puesta en práctica de la justicia, la economía del país habrá

dado un .paso enorme y los problemas sociales se verán disminuidos.

Y tiene una función reconciliadora en lo cultural y artístico. Inviértase en la

batalla, contra el clasismo educativo tanto calor como se pone en la defensa de

la enseñanza libre y se habrá quitado casi la mitad del calor a ese hierre.

Cuide la Iglesia celosamente su arte, sabiendo i>ué es y qué no es suyo, póngala

rigurosamente al servicio ds todos y ya tendremos buena parte de nuestro arte a

salvo.

Y hasta en lo político. No reconciliará la Iglesia apostando BCT estos o

aquellos, pero sí descubriendo a todos aue el Reino de los cielos empieza en la

justicia de esta tierra; sí haciendo ver que el hombre moderno de la caridad

puede ser en muchos casos el de «honradez»; sí gritando acniella frase del

apóstol Santiago (;y no ds Marx´.}, que pedía que «el que no trabaja que ne

coma».

Sin olvidarse, claro está, dé la reconciliación en lo eclesial. Sea nue&trá

Iglesia-modele de libertad y convivencia;• fírmese no sólo el armisticio, sino

el abrazo entre. conservadores y progresistas; quiera la Iglesia a todos, rece

por tcdes, enseñe que el mañana no ^s venenoso a quienes tienen el corazón

mirando hacia atrás, descubra a los jóvenes que no es necesario pisotear a nadie

para amar el presente. Y atrévase a hablar de Dios sin miedo pera humildemente,

sabiendo que aún no hemos terminado —ni acabaremos nunca— de descubrir el

verdadero.

No basta ser neutrales, está claro. No basta este silencio acobardado. Si

aquella tarde de agosto don Facundo hubiera sido neutral, en un pueblecilla

castellano se habrían abierto aquella noche catorce tumbas prematuras. Eran sus

hijos. No había-neutralidad posible.

Me gestaría ver hoy a nuestra Iglesia arrodillada ante todas las injusticias de

diversos colores. Aun sabiendo que con ella iba a perder todos sus privilegios y

hasta alguno de sus históricos derechos.

Si lo hiciera,-creo que la Historia la comprendería cuando la viera alejarse,

limpiándose el sudor y la sotana, y pensando que lo peor del asunto es que

«mejor estaba antes»,

´. L-. MARTIN DESCALZO

 

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