Autor: Peces-Barba Martínez, Gregorio. 
   Los salvajes de Luisiana     
 
 El País.    14/08/1981.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

EL PAÍS, viernes 14 de agosto de 1981

OPINION/7

Los salvajes de Luisiana

GREGORIO PECES-BARBA

Muchas veces, cuando observo y reflexiono sobre las actitudes de todos aquellos que pretenden imponer

sus opciones por la violencia, por la fuerza bruta -sean éstas las del independentismo vasco o las del

golpismo fascista de extrema derecha-, hago el esfuerzo de imaginación de ponerme en las

circunstancias de que unos u otros hubiesen ganado. Aparte de la represión, de las venganzas y del

salvajismo que se desatarían, no conozco sus proyectos para construir su modelo y gobernar este país si

triunfasen los golpistas o el País Vasco independiente si triunfasen aquellos separatistas. Nunca nos han

dicho lo que harían en ese caso, y creo que ese silencio permite deducir su incapacidad de construir nada,

de elaborar alternativas. Sólo están por la destrucción y por maldecir lo que existe, pero son incapaces de

crear una luz constructiva de esperanza. El arbitrismo y el vacío son el producto de la oquedad de esas

cabezas.

Y si se ahonda más, se constatará que esa ausencia de planes de futuro es muy consustancial con unas

concepciones que quieren el poder por la fuerza, incapaces de adquirirlo por el sufragio universal, al que,

dicho sea de paso, denuestan y rechazan precisamente porque no les conduce al poder. Su único objetivo

es mandar, aunque para conseguirlo tengan que destruir todo lo positivo que durante siglos ha podido

adquirir una comunidad y un Estado.

Dentro de las dos grandes divisiones que se pueden hacer entre los hombres, los que aspiran a vencer

como sea y tos que aspiran a vencer convenciendo, se encuentran en el primer grupo y su arma principal

es la violencia, la fuerza bruta, el terror, la irracionalidad. No tienen que explicar por qué hacen las cosas

ni por qué sostienen las posiciones que sostienen, simplemente lo hacen porque si. En estos días, EL

PAÍS recogía algunas declaraciones de un personaje significativo de ese sector, y era realmente

sorprendente la pobreza intelectual y la arrogante simpleza de unas palabras que parecían proceder de un

descerebrado. En ese marasmo intelectual y moral se puede explicar mejor su carencia de objetivos o,

mejor dicho, el descaro de su objetivo central: alcanzar el poder como sea. Y, salvadas las distancias de la

perspectiva ideológica en que se sitúan, lo mismo se puede decir de los justificadores intelectuales del

terrorismo separatista. No se encuentra ninguna idea detrás. No les importa la catástrofe, ni el sumir al

País Vasco en la miseria, ni servir de justificación a acciones golpistas o de extrema derecha, en su loco

mesianismo de imposible realización. Son fanáticos armados de unas ideas a cuyo servicio sacrifican

todo, incluso la propia subsistencia viable de su comunidad.

No son mayoría ni lo pueden ser nunca unos y otros, porque si vieran esa posibilidad, probablemente

aceptarían las reglas del juego de la democracia, y si no lo hacen es precisamente porque esas reglas del

juego no son instrumento hábil para sus fines.

Todos, unos y otros, juegan mucho con la ignorancia y con el miedo, por eso es tan importante la

educación para la democracia desde todos los sectores democráticos. Desde lo que representan Maritain,

Fernando de los Ríos o Francisco Giner se han dedicado muchos esfuerzos a alertar sobre el valor de una

pedagogía de la libertad, sobre lo que ayuda el conocimiento de la evolución del mundo moderno, de la

sociedad y del Estado para ser ciudadano normal de un país democrático. El entender el valor de la

tolerancia, del respeto a la conciencia, la idea del imperio de la ley, de la libertad individual y todos los

derechos fundamentales, impide caer en esa tentación del vencer sin convencer, porque se sabe que la

sociedad que llegue a esa situación se destruye en las ruinas de esa violencia suicida. Desde la EGB hasta

la universidad, ese esfuerzo de civilización y de razón debe hacerse porque es un esfuerzo de formación

moral. La racionalidad de la ética va por ese camino para ayudar a que todos los hombres avancen en su

autonomía moral, esa libertas maior de que hablaba ya san Agustín. Por eso el objetivo moral no es ser

bueno o ser malo, como un poco paradójicamente decía Camus, sino ser clarividente, porque con esa

clarividencia se pueden conquistar las mayores cotas de moralidad de que sea capaz el hombre.

Por eso no caben en una sociedad democrática la exaltación de la violencia ni de la discriminación por

razón de sexo, raza o religión o cualquier otra condición social. Ni tampoco del odio o de la dialéctica

amigo-enemigo, aunque venga encubierta con formas religiosas, ni la de las fechas que han dividido a los

ciudadanos, sea cual sea su signo. Los que realicen esas actividades, sean de derechas o de izquierdas,

deben caer bajo el ámbito del Código Penal.

También veo que personas mayores, probablemente por defecto de la formación que han recibido en sus

centros respectivos, sean universidades, academias militares, etcétera, tienen un temor al mundo moderno,

son lo que Maritain llamaba antimodernos, no entienden los cambios. En muchos progresos sociales ven

la acción diabólica y a un enemigo abstracto, que no se sabe bien cuál es, infiltrado para destruir el mundo

de los valores tradicionales en que ellos creen. Son probablemente muchos creyentes simples y de buena

fe, que han derogado, de la enseñanza evangélica, la parábola del trigo y de la cizaña y que son incapaces

de entender al mundo moderno. No creo que ellos, si son de buena fe, tengan mucha culpa, pero sí la

tienen esas estructuras deformación que les llevan a ese grado de simplismo intelectual y de temor ante el

progreso, y también aquellos que les mantienen en puestos de mando o de responsabilidad. Y estos

hombres son especialmente sensibles a ese mensaje que procede de los que quieren vencer sin convencer,

mucho más conscientes de sus objetivos. Por eso dirigen sus esfuerzos y su propaganda a aquellos

ámbitos sociales donde pueden tener esa acogida favorable muchas veces, más por ignorancia que por

mala fe.

Entre todos tenemos que hacer ese esfuerzo de conexión y de explicación con cambios radicales en los

planes de formación de los funcionarios civiles y militares, para que piensen por sí mismos y para que

entiendan el mensaje de concordia de los que sólo quieren vencer convenciendo y de acuerdo con las

reglas de juego, y el mensaje mortífero, de destrucción y de muerte, de los que quieren vencer como sea y

sólo con ayuda de la violencia.

Cuando reflexiono sobre estas cosas recuerdo un texto de Montesquieu en El espíritu de las leyes sobre el

despotismo, que era la forma con la que el escritor francés denominaba a estas posiciones que aquí

caracterizamos.

En el libro V empieza el párrafo 13 con esta definición impresionante: "... Cuando los salvajes de

Luisiana quieren fruta, cortan el árbol por su base y cogen la fruta. Ese es el gobierno despótico...". No

creo que exista forma más gráfica de explicar dónde conduce el triunfo de esos partidarios de uno u otro

signo que quieren vencer por la fuerza. Retrocederíamos cien años en la historia de España y cuando al

fin pudiéramos salir del negro túnel al que esa situación nos conduciría, nos encontraríamos con los

mismos problemas que ahora nos esforzamos en resolver agravados por mil. Ya tuvimos en eso, con la

República y el régimen franquista, una experiencia esclarecedora.

Tenemos que cortar el paso a los modernos salvajes de Luisiana que aquí existen, y lo tenemos que hacer

cerrando filas en torno a una creencia muy simple: sólo convenciendo, a través de las reglas del juego de

la Constitución, sólo en la libertad se puede avanzar en paz en una sociedad moderna. Y no se olvide que

la educación es el único camino para alcanzar ese objetivo. Como decía Montesquieu en el prefacio de su

Espíritu de las leyes: "Buscando la formación de los hombres se puede practicar esa virtud general que

comprende el amor de todos...". Eso, hoy, es un objetivo prioritario de la nueva democracia española,

frente a los salvajes de Luisiana.

Gregorio Peces-Barba Martínez profesor de Filosofía del Derecho y diputado del PSOE por Valladolid.

 

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