Autor: Fanjul Sedeño, Juan Manuel. 
   Los partidos repartidos     
 
 ABC.    27/04/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

ABC. MIÉRCOLES, 27 DE ABRIL DE 1977.

LOS PARTIDOS «REPARTIDOS»

Por Juan Manuel FANJUL SEDEÑO

DEBEMOS estar alcanzando ya la cota de los ciento cincuenta partidos políticos legalizados, numero

exorbitante en verdad que desorienta y dificulta —cuando no imposibilita— el entendimiento del

electorado y que suele ser utilizado, con harta irresponsabilidad, como arma arrojadiza de vulgar manejo,

por los enemigos de la democracia en ciernes.

Por eso es urgente alguna breve meditación sobre este aluvión político, sus causas, su carácter coyuntural

y las circunstancias que acabarán con el en plazo no muy lejano. Queremos demostrar —hasta donde

seamos capaces— que tal aglomeración no puede ser exhibida como burlesca argumentación del disturbio

que amenaza a la vida democrática española.

Acostumbrados a la monolítica experiencia política de las últimas décadas, ayudada del individualismo

propio de la raza y acuciados muchos políticos jóvenes de un afán —a veces nobilísimo— de

protagonismo, la gran explosión pluralista de 1976 ha llevado a confundir lo parecido con lo idéntico. Así

se han concebido los grupos políticos con exigencia de absoluto mimetismo en la ideología y actitud de

sus miembros, lo que ni siquiera se obtiene en el más reducido círculo de amigos ni en la familia más

unida. Y cuando algún afiliado discrepa aún en meras cuestiones de táctica, o se le margina como a un

reprobo o, convencido de su razón, se retira por propia voluntad para fundar otra agrupación política.

Los partidos se parten y se reparten así hasta esas increíbles cifras, privando al mercado político de la

amplia y consistente estructura de grupos ideológicos extensos y bien entramados que sirvan a la

fundamental tarea de constituir instrumentos de gobierno al servicio de la Corona y del pueblo.

Yo invito a mis lectores a repasar los grandes partidos de Estados Unidos y de la Europa occidental sobre

los que reposan largas etapas de gobierno capaces de generar y desarrollar políticas interiores y exteriores

y programas económico-sociales que fundamentan el bienestar de sus pueblos. ¿Podemos creer que en

esos amplios partidos piensan todos igual en lo sustantivo, en lo táctico y en lo circunstancial como si

fueran autómatas regidos por un mando eléctrico?

En absoluto. Cada partido tiene sus tendencias y sus grupos discrepantes frente a los problemas políticos

de cada momento; cada afiliado puede mantener diferencias con los jefes del partido o con sus dirigentes

parlamentarios en esta cuestión o aquella circunstancia. Pero no por eso se fraccionan en veinte o treinta

partidos que —siguiendo análogas intransigencias— acabarían reparcelándose, a su vez, en otros más.

Recordemos cuántos días llevó la última elección de presidente del Partido Laboralista británico o del

Conservador; pensemos en las difíciles tensiones internas de la Democracia Cristiana italiana, y en los

debates para resolver sobre el mando del Partido Socialista alemán o de los Cristiano-Demócratas. ¡Y qué

decir de ese mundo increíble, confuso y difuso que sigue siendo para mí —abogado— tan ininteligible

como la fisión del átomo y que se conoce con el nombre de elecciones primarias. Parten para la liza varias

candidaturas de cada partido, cargados de particularidades y pasiones. Pero en la convención triunfa uno

sólo; y todo el partido, sin distinciones, se agrupa inmediatamente en torno suyo y se entrega ciegamente

a su campaña.

Los españoles debemos entender cuanto antes que un partido no exige identidades absolutas, sino

lealtades sólidas a unos parámetros políticos, y que si hay —como es lógico que haya— discrepancias o

competencias personales, deben debatirse en su seno hasta conocer el parecer mayoritario. Y luego

respetarlo, seguirlo y hacerlo triunfar.

A pesar de que ya están expuestas en las vitrinas de la lonja política alianzas, federaciones y coaliciones,

no cabe pensar que esa dinámica interna de los partidos va a funcionar normalmente en breve tiempo.

Serán los hombres que accedan al nuevo Parlamento quienes serenen ánimos, impongan costumbres y

derrochen generosidades para ir haciendo el milagro. Ellos y la expresión de voluntad del pueblo español

en las elecciones, darán un considerable tajo al baile de las siglas.

Que no se convierta en burdo argumento antidemocrático este torrente coyuntural y pasajero que, en el

fondo, paga ahora el pecado de haber vivido en el falso entendimiento de que discrepar de la jerarquía,

hasta en un mínimo problema municipal, podía constituir grave acusación de disolvente y recusable

banderismo político.

J. M. P. S.

 

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